Vista por un fraile franciscano en 1750 (Tercera Parte)

Próximos a dejar la provincia de Córdoba, Fray Pedro José de Parras y los otros viajeros atraviesan la pampa de buen humor, trocando el temor a los indios por bromas y diversiones que explotaban los miedos propios y ajenos.

Por Víctor Ramés
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Padres franciscanos misioneros en América, s. XVIII.

La parte que falta del camino de pampa cordobesa resulta rica en el relato en sucedidos y anécdotas. Para empezar, Fray Parras y sus acompañantes son testigos de una broma dirigida a aleccionar a uno de los religiosos, quien repetía un comportamiento que se volvió una molestia. Había escrito el padre Parras que en aquel viaje “lo pasábamos alegremente en cualquier paraje donde nos demorábamos”, lo que coincide con este caso que al autor del libro que citamos le parece “un bellísimo chiste”, en el que se involucran los peones criollos.
“El día 18 por la mañana, salimos algo tarde y paramos en un bosque sobre el mismo río en paraje bien peligroso de indios infieles. (…) Venía en nuestra comitiva el custodio de la provincia, que cada instante se separaba de la tropa y quedaba atrás, otras veces se adelantaba, particularmente donde él tenía noticia que había algún rancho, aunque estuviese muy desviado del camino, no dejaba de reconocerlo, por lo que pasaban seis y siete horas sin que lo viésemos, y hubo noche que por no hallarnos estuvo solo por el campo y sobre el gravísimo peligro a que se exponía, seguíase el inconveniente de que para alcanzarnos maltrataba los caballos.
Habiendo pues determinado escarmentarlo, después de haber pasado este día, se dispuso que se desnudasen algunos de los peones de la tropa, y tomando lanzas, bolas y macanas, que son las armas de que usan por este paraje, se pusiesen en lugar oculto y cerca del camino, por donde había de pasar dicho padre, que no sabía dónde nosotros habíamos parado a sestear, pues aunque estábamos cerca del camino, estábamos en la raya del río, cubiertos de un espesísimo bosque. Cuando ya los peones descubrieron al padre salieron de diversas partes y a gran distancia, como a cortarle el camino; iban con exorbitante griterío, y tocaban unas cornetillas que usan los indios cuando dan sus asaltos. Todavía estaban muy lejos, cuando ya el padre comenzó a titubear y a asustarse. Iba a la sazón, montado en una mula blanca, y por consiguiente imposibilitado para la fuga, por ser la mula bestia improporcionada para carrera larga y precipitada, conque tuvo a bien de pararse a medio camino y ocuparse en hacer actos de contrición, y éstos mal formados, y que más parecían actos maquinales que humanos.
Cuando ya los mozos se acercaron a él, y los vio enteramente desnudos, pintado el cuerpo y embarrada la cara, como los indios usan, estuvo para caer de la mula por causa del temblor que lo ocupó, hasta que por fin los mozos le hablaron y los conoció, teniendo éstos la gran fortuna de hallarle enteramente desarmado, que de no, creo que después de conocidos, embiste con ellos.”

Un espíritu jovial se hace sentir en los párrafos, cuando un peligro real y que podía realmente ocurrir, se convierte en la ficción de un ataque indio, para meterle un susto al padre custodio. De un tinte muy parecido es el hecho siguiente del que, con picardía, sacó ventaja el padre Parras. Habían andado hasta la estancia de Ruiz Díaz, donde se juntan el Río Tercero y el Cuarto, y toman el nombre de Carcarañá. Allí se demoraron en el paisaje y luego siguieron avanzando, aunque era de noche y bastante oscura. En ese mismo paraje, refiere Parras, “tuvimos el mayor susto que se nos presentó en todo el viaje”. De nuevo, el temor a los indios se hace presente:
“Serían las once de la noche, cuando a distancia de medio cuarto de legua, vimos fuego, y cuando sintieron en él el ruido de nuestros caballos, se ocultó dicho fuego repentinamente.
Lo vimos desviado del camino y en lugar muy peligroso; y esto de haberse ocultado nos hizo consentir en que indefectiblemente eran indios infieles.”

Al detenerse, acobardado el grupo, Parras envía por su cuenta, a un “mozo de mi satisfacción” a explorar de qué podía tratarse aquello. El enviado fue y regresó y le dijo discretamente al cura que “eran cinco carretas que bajaban a Buenos Aires, cargadas de suela y cueros”. Entonces Parras decide guardarse la primicia y aprovechar para hacer una farsa de valentía, ayudada con unos tragos de vino:
“A mí me pareció lance proporcionado para acreditarme de valiente, asegurado de que, no sólo no había riesgo, sino confiado en que eran las cinco carretas, y así les dije que antes de dar mi dictamen tomásemos todos un poco de vino; ya ellos extrañaron la frescura, pero no se les fue el miedo. Habiendo bebido lindamente, les dije que el mayor peligro estaba en la fuga; porque en ella conocerían muy bien los indios nuestra cobardía; que ocultarnos en el río no era buen medio, porque no pudiendo ocultarse los caballos, era forzoso que al hacerse de día, fuésemos invadidos, y así que yo era de dictamen que continuásemos el camino, expuestos a todo riesgo, y que para ese fin se me entregase una sola escopeta que venía en la comitiva, y que con ella les haría tener a los indios un poco de respeto, y como por todos caminos estaba el cuento malo, convinieron por fin en lo que yo determiné. Púseme delante de todos; manifesté grandísimo valor; los animaba sin recelo alguno, y hacía burla de la pusilanimidad que los tenía medio muertos; y en verdad que, confesando lo que siento, creo que no había otro más cobarde que yo. En fin, cuando ya muy de cerca, divisamos el fogón medio apagado, y algunos bultos, se les habló y no respondieron, porque los carreteros tenían otro tanto miedo. A mí me decían que no me acercase tan aprisa, a lo que respondí que estaba deseoso de despedazar un millón de indios, y así dije con voz más esforzada, que respondieran cualesquiera que fuesen, porque si no destrozaría media docena del primer trabucazo. Luego los pobres hombres se explicaron y respiraron todos. Se hizo muy buena cena y en toda ella se celebró mi valentía y ánimo, y todavía están en la buena fe de que soy un hombre alentado.”

Antes de abandonar el territorio de Córdoba, en la Cruz Alta, los franciscanos cantaron un responso en las ruinas de lo que fuera una capilla, y luego continuaron viaje, cruzando la frontera hacia tierra santafecina.