Las mutaciones del COVID en Córdoba

Desde comienzos de junio el COE no ha dejado de hacer anuncios tendientes a reactivar la economía, con la novedad de que ha tenido al gobernador como su principal vocero. Luego de su voluntario confinamiento público, Schiaretti se ha decidido encabezar la nueva política, poniéndole el pecho a las balas.

Por Pablo Esteban Dávila

El gobernador Juan Schiaretti anunció ayer una nueva tanda de flexibilizaciones para la ciudad de Córdoba que, en los hechos, la equipara con las zonas blancas del resto de la provincia. La decisión contrasta fuertemente con las restricciones reintroducidas en el AMBA luego de tímidas liberalizaciones.

La decisión de insistir en esta senda transforma a Córdoba en una de las provincias que avanza con mayor convicción hacia la normalidad a pesar de que, como es público, continúa habiendo contagios y algunos fallecimientos por culpa del coronavirus. Todo indica que el COE, lejos de impresionarse con estas cifras, parece aceptar algunos daños colaterales a condición de mantener el impulso flexibilizador.

Es obvio que, detrás de estos afanes, se esconden razones tanto sanitarias como políticas. El gobernador ha tomado nota de que es muy fácil entrar en cuarentena, pero que es tremendamente difícil salir de ella. El discurso presidencial condiciona también la apertura, toda vez que equipara la vida al aislamiento, algo que ralentiza los propósitos que, en sentido contrario, tienen otros mandatarios. Schiaretti juega fuerte porque asume que, más allá del acertado manejo de la crisis que se viene haciendo localmente, sería imposible retrotraer las cosas tal como se ha decidido en la ciudad de Buenos Aires y su conurbano.

Sin embargo, no fue este el criterio originario en el Centro Cívico. Podría afirmarse que el Covid-19, a tono con su comportamiento viral, ha mutado políticamente en Córdoba desde el pasado 20 de marzo hasta la fecha. Estas mutaciones son fácilmente reconocibles.

En un primer momento, el gobernador y su gabinete acataron las directrices presidenciales de aislamiento social preventivo y obligatorio sin chistar. Justo es decirlo que también lo hizo la sociedad en su conjunto. Durante los primeros 30 días de cuarentena nadie se atrevió a cuestionarla.

Luego del primer mes comenzaron a sentirse sus severas consecuencias económicas, especialmente en la provincia. Observando la catastrófica caída en los recursos propios, el gobernador decidió que la pandemia podría ayudarlo a meter tijera en gastos que, de otro modo, no podrían ser recortados. La reforma jubilatoria aprobada en el 20 de mayo es un ejemplo del tipo de iniciativas incoadas bajo la coartada de la peste.

Respecto al liderazgo frente a la crisis, no hay dudas que el actor principal en la primera fase del aislamiento fue Alberto Fernández. Prudentemente, Schiaretti se apartó de la escena pública sin que nadie lo notara, como también lo hicieron sus colegas. Pero, en el segundo tercio de la cuarentena, su ausencia se hizo muy visible, con perdón del oxímoron.

Estos fueron sus peores momentos dentro de este contexto. Mientras que otras provincias ensayaban diferentes clases de liberalizaciones, Córdoba se mantenía fiel al confinamiento. El ministro de Salud, Diego Cardozo, hacía las veces de policía malo, explicando los motivos por los que no se podían seguir los ejemplos de Mendoza o de Jujuy, distritos que marchaban en vanguardia. Mientras tanto, crecían las sospechas de que el Panal mantenía el estatus quo para evitar las presiones en la calle de los estatales, tanto provinciales como municipales, que habían sufrido diferentes grados de racionalizaciones en el período.

Otros actores estaban igualmente soliviantados. Los comerciantes del área central tenían su particular agenda de reclamos por una situación que los estaba llevando a la quiebra. Altamente presionado, y siempre con Schiaretti en modo silencio, el COE dispuso la reapertura comercial con horarios restringidos el 18 de mayo. Pero el experimento duró poco: un supuesto brote en la zona del Mercado Norte hizo que se anunciara la vuelta atrás a los pocos días.

Las protestas no se hicieron esperar y fueron importantes, especialmente porque provenían de personas mansas, habituadas a pagar impuestos y cumplir las normas. El mensaje fue que resistirían las restricciones y que volverían a abrir aunque se los prohibiesen. Fue el punto de quiebre en la estrategia de aguantar y esperar que desarrollaba el gobierno.

A partir de allí sobrevino la mutación que se observa por estas semanas. Desde comienzos de junio el COE no ha dejado de hacer anuncios tendientes a reactivar la economía, con la novedad de que ha tenido al gobernador como su principal vocero. Luego de su voluntario confinamiento público, Schiaretti se ha decidido encabezar la nueva política, poniéndole el pecho a las balas.

Es notable, en este sentido, que ahora sea Córdoba la jurisdicción que más avanza, aunque lo haga desde atrás. El asunto tiene su mérito porque, a diferencia de otras más chicas, la provincia tiene muchos habitantes y es una clara receptora de corrientes migratorias, amén de un vigoroso sector privado. El virus, al menos desde la perspectiva epidemiológica, tiene mayores posibilidades aquí que, por ejemplo, en San Luis o Chubut.

Es probable que haya colaborado en esta mutación una situación sanitaria relativamente controlada. Los recientes brotes en Villa Dolores o en Villa El Libertador fueron rápidamente aislados y -por ahora- no han pasado a mayores. Además, las camas en terapia intensiva destinadas a este tipo de pacientes permanecen desocupadas, proporcionando un margen de maniobra importante para que el COE continúe con las buenas nuevas.

Algunos observadores están tentados a decir que el coronavirus se hizo peronista, al menos, el de la variante mediterránea. Sirvió para hacer el trabajo sucio de los ajustes en el sector público y, cuando el humor social se complicó, su tasa de contagios (y su letalidad) se revelaron como razonables, permitiendo que el gobernador reapareciera activamente como un defensor de la reapertura, en contraste con el triunvirato integrado por el presidente de la Nación, Axel Kicillof y Horacio Rodríguez Larreta. El cordobesismo no ha muerto y, por lo visto, el Covid-19 no lo tiene entre sus víctimas. Al menos por ahora.