Una parodia glam

Sin mayores aspiraciones que desatar la risa en quien le eche un vistazo, el filme “Eurovision Song Contest: The Story of Fire Saga” está disponible desde la semana pasada en el catálogo de Netflix, con protagónico de Will Ferrel y un humor que va de lo ingenuo a lo escatológico.

Por J.C. Maraddón

Los historiadores clásicos del rock consideraron en su momento a la primera mitad de los años setenta como una etapa decadente, que de ninguna manera pudo estar a la altura de la gloriosa década del sesenta que fue la que le dio brillo y contenido al movimiento. Después, el advenimiento del punk y su visceral nihilismo volvieron a imprimirle energía al asunto, pero hubo un lustro allí en el medio que no suele ser muy valorado que digamos, porque se asistió a un derrape generalizado y porque el rock progresivo, que llegó entonces a su cumbre, ha sido luego evaluado como excesivamente pretencioso.

Sin embargo, durante esa etapa se dio a conocer y se expandió por todo el mundo una tendencia englobada por la crítica bajo la categoría de “glam rock”, que se caracterizó más por su exotismo estético que por una homogeneidad sonora. Fenómenos masivos como los de Kiss, Queen, David Bowie, Elton John, T. Rex o Alice Cooper coquetearon con esta moda que imponía mucho brillo, peinados vaporosos, botas de caña alta con tacos y ojos delineados, como parte de un look andrógino que era utilizado para no perder la costumbre rockera de espantar a la burguesía.

Como siempre ocurre, esto que en un principio era provocador, derramó su influencia hacia la música más afín al circuito comercial y fue determinando una imagen estándar a la que muchos se aferraron, cualquiera fuese el género. Eso se percibió, por ejemplo, en quienes concursaban por esos años en el certamen de Eurovision, una competencia musical en la que participan representantes de cada nación europea, quienes aspiran a ser elegidos como los mejores por el jurado y, desde hace unos años, también por el voto de los telespectadores. En 1974, el grupo sueco ABBA triunfó allí con la canción “Waterloo”, en lo que fue el despegue de una carrera meteórica.

Con su look entre hippie y glamoroso, este cuarteto se hacía eco de las modas imperantes en lo visual, adaptándolas a su estilo tan simple como efectivo. Que en Eurovision se colaran los destellos del glam, sirve para dimensionar el arraigo de esa movida. Pero la necesidad de los concursantes de gustar para ganar ha sido siempre el talón de Aquiles de ese festival, que fue vapuleado precisamente por ajustarse a los parámetros del éxito en vez de aspirar al relevamiento de una paleta sonora más amplia y diversa.

Sobre esa recurrencia a lo kitsch que mostraba el glam rock hace medio siglo y sobre la banalidad de un evento artístico tan alienante como Eurovision, Will Ferrel ha construido el personaje de Lars, un islandés ya no muy joven que desde niño soñaba con cantar en esa competición a la que seguía por la tele. Junto a la talentosa Sigrit, conforman un dúo musical (Fire Saga) que es el hazmerreír del pequeño pueblo de pescadores donde viven. En su empeño por materializar una ilusión, Lars completa dos horas de gags desopilantes que van de la ingenuidad a la escatología, como es habitual en Ferrel.

El filme se llama “Eurovision Song Contest: The Story of Fire Saga” y, sin mayores aspiraciones que desatar la risa en quien le eche un vistazo, está disponible desde la semana pasada en el catálogo de Netflix. Ya que la edición 2020 de Eurovision ha sido suspendida por culpa del coronavirus, bien viene esta parodia que se toma en broma esa convocatoria, cuyo espíritu de nacionalismo barato e insustancialidad parecen anclarla en el pasado; lo mismo que el terco aspirante a estrella que interpreta Will Ferrel, obstinado en diseñar y lucir un vestuario glam que acentúa su vocación por el ridículo.