Vista por un fraile franciscano en 1750 (Segunda Parte)

Pedro José de Parras visitó Córdoba en diversas oportunidades. Aquí asistimos a su primera vez, rápida y breve, relatada en el libro “Diario y derrotero de sus viajes 1749-1753”. La vista de la ciudad no parece haber sido trascendente para él, luego el relato lo sigue en el camino de vuelta a Buenos Aires.

Por Víctor Ramés
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Padre franciscano pintado por Rembrandt, siglo XVII.

El misionero franciscano Pedro José de Parras residió en el Río de la Plata en dos ocasiones. Sobre su primer viaje, entre 1749 y 1768, las biografías recitan los cargos que cumplió en la orden como definidor en 1750, juez de recursos en 1751 en la provincia franciscana de Buenos Aires y visitador de la custodia del Paraguay en 1752. Habiendo regresado hace años a España, Parras decide volver a América en 1776, año de creación del virreinato del Río de la Plata, como teniente-vicario general de una expedición militar contra los portugueses del Brasil. En esa segunda ocasión se instalaría en Córdoba y llegaría, incluso, a ser rector de la universidad.

Las páginas de las que se vale esta nota corresponden a su primer viaje y se sitúan en los años cincuenta del siglo XVIII. El fraile aragonés recorría los últimos días de su visita a Córdoba, ciudad donde había encontrado a religiosos paisanos suyos, de Zaragoza.
“Desde el día 3 de setiembre hasta el 9 de diciembre, me detuve en esta ciudad, ocupado ya en la visita del convento y ya en otras ocupaciones ocurridas, particularmente en la de dar expediente a varias consultas que a pedimento del señor Obispo trabajé, a quien debí especialísimas finezas, como a todos los más distinguidos de esta ciudad, que ciertamente son muy obsequiosos y muy afectos al hábito de San Francisco.”

El viajero emprende el camino de regreso a Buenos Aires. Se lo sigue en unos párrafos aún en suelo cordobés, mientras se aleja de la capital provincial.
“Llegado el día 9 de diciembre salimos para Buenos Aires y llegamos este primer día al Río Segundo, que nace en las sierras que están al oeste de Córdoba, y corre casi derechamente de sur a norte. Eran las nueve de la mañana, cuando llegamos a una ermita de Nuestra Señora del Pilar, que está en este paraje y es iglesia parroquial, fundada por unos zaragozanos, descendientes, según supe, de los condes de Sobradiel, que se avecindaron en Córdoba, y ahora mismo permanecen algunos de esta familia en demasiada pobreza. En la costa, pues, de este río, que está vestida de muchos árboles y excelentes bosques, paramos todo lo restante del día 9 y hasta el día 11 por la mañana, esperando que llegasen los caballos que estaban en una estancia distante veinte leguas.”

El autor del “diario y derrotero” ofrece aquí un buen pantallazo sobre esa travesía y da noticia del resto de los viajeros.
“Veníamos ocho religiosos de comisión, agregados a una tropa de carretas y dos carretones de provincia, en que traíamos las providencias necesarias de víveres, etc. Lo pasábamos alegremente en cualquier paraje donde nos demorábamos, y más en este del Río Segundo, que está poblado de diversas casas de campo, donde hay ganados mayores y menores, aves y frutas con abundancia. Por la tarde nos bañábamos en el río, que tiene bellísima agua y la mejor que hay en esta jurisdicción de Córdoba.”

Cuando finalmente llegaron los caballos que esperaban y pudieron vadear el río, prosiguieron -no sin inconvenientes- el viaje. Aquí el fraile hace una referencia a las carretas de bueyes, y juzga muy confortable su compartimiento para largos viajes.
“El día 11 por la mañana, pasamos el río, que a la sazón podía vadearse muy bien, y luego tuvimos que parar todo este día y el siguiente, porque, habiéndose descuidado el mozo que guardaba los bueyes, se le volvieron a Córdoba la noche del día 10, y fue necesario buscarlos, porque de otra manera no podían conducirse los carretones.
Estos carretones son a manera de los carros de España, pero sin comparación mayores, y la caja viene a ser un cuarto portátil de madera, con buena bóveda, con puerta y ventana y capacidad para poner un catre, quedando lugar para otras muchas providencias, de modo que en él se hace viaje con grandísima comodidad, se lee, se escribe y se hace todo cuanto es necesario, y muchos tienen su balcón en la popa, donde pueden ponerse dos, cada uno en su silla: sin embargo de que el movimiento es molesto, porque toda esta máquina descansa sobre el eje.”

En Impira, pueblito próximo a Río Segundo, los viajeros deben detenerse, ya que Parras recibe allí “unos pliegos de Buenos Aires” que debe responder de inmediato. Luego retoman el viaje y hacen unas siete leguas hasta la Cañada del Gobernador, paraje del que alaba su belleza, proyectándola incluso al futuro, uno en el cual ya hubiese cesado el hostigamiento de los pueblos nativos.
“Hallamos una tropa de cincuenta carretas que venía de Buenos Aires, y habiendo descansado un rato, pasamos el día 15 por la mañana, dos leguas que hay de la dicha cañada hasta el Totoralejo, de donde por la tarde nos adelantamos con el toldo al Río Tercero; y aunque los carretones llegaron el día 16 por la mañana, nos detuvimos no obstante todo el día, para componer una rueda que estaba descompuesta. Es éste un paraje deliciosísimo, por los bellísimos bosques de que está vestida la costa, y ahora veinte años estaba toda ella pobladísima de buenas estancias y creo que no tiene todo el reino del Perú mejor paraje para cría de ganados; mas hoy no se ven sino arruinados edificios, por las continuas y cruelísimas invasiones con que los indios han devastado estas campañas, sin embargo de que ya se ve una u otra estancia y creo que en breve tiempo volverá a poblarse, no obstante que el peligro es sumo, y deberán siempre vivir con grandísimo temor. Cinco leguas de este paso, hay una estancia que llaman de Roldán, adonde fuimos el día 16.”

La siguiente parada es un nombre siempre presente en las crónicas de las postas cordobesas: Fraile Muerto. En el período en que pasa el padre Parras, el lugar había sido asolado por las etnias próximas.
“Día 17, fuimos al paraje que llaman el Fraile Muerto, donde también se veían muchos edificios destruidos por las invasiones de los infieles, y todavía están bastante altas las paredes de la iglesia, en la que rezamos un responso, y pasamos a hacer noche a la estancia de don Jerónimo Quinteros, que dista cinco leguas de la de Roldán y una del Fraile Muerto.”