El Club Independentista

El exgobernador de Mendoza Alfredo Cornejo sacudió ayer al mundo político con declaraciones descarnadas.

Por Pablo Esteban Dávila

El exgobernador de Mendoza Alfredo Cornejo sacudió ayer al mundo político con declaraciones descarnadas. Dijo que su provincia “tiene todo para vivir como un país independiente, pero no lo tiene hoy. Hoy necesita de la Argentina y la Argentina la perjudica en la calificación de riesgo, en el acceso de crédito internacional, para traer inversiones, etc. (y que por ello) hay que empezar a pensar seriamente” la idea de la autonomía. Lejos de generar rechazos masivos, debe decirse que el actual diputado nacional de Juntos por el Cambio recibió la comprensión de buena parte de la opinión pública.

El hartazgo de Cornejo para con la Nación tiene raíces profundas y se origina por la suspensión anunciada del proyecto Portezuelo del Viento. Se trata de la mayor obra de ingeniería realizada en aquella provincia, consistente en la construcción de un dique sobre las aguas del río Grande, en el departamento de Malargüe. Había sido planificada en 1969 y, tras años de discusiones con las otras provincias de la cuenca (La Pampa, Río Negro y Buenos Aires), finalmente aprobada durante el gobierno de Mauricio Macri. El acuerdo fue por 1.023 millones de dólares que la Nación pagaría a lo largo de cinco años y en 21 cuotas. Pero ahora, con Alberto Fernández en la presidencia, el resto de las provincias afectadas -todas peronistas- lograron detenerla una vez más justo cuando debía iniciarse el proceso de licitación.

Aunque Portezuelo del Viento es un símbolo de los escollos puestos al progreso mendocino, debe recordarse que aquella provincia ha sido, además, históricamente perjudicada por las políticas de promoción industrial que beneficiaron a sus vecinas. Muchas empresas, que podrían haber optado por radicarse en su hermosa geografía, prefirieron hacerlo en San Luis debido a los suculentos beneficios impositivos que allí recibían. Aunque estos regímenes forman parte del pasado, ningún mendocino de ley olvida aquella competencia desleal. En 2013, las desacertadas políticas cambiarias del kirchnerismo hicieron que el yacimiento de potasio Río Colorado que pretendía explotar la brasileña Vale do Rio Doce (también en Malargüe) se desactivase, perdiéndose inversiones por más de 6.000 millones de dólares.

Por otra parte, debe recordarse que Mendoza tiene una impronta política y social que le es propia. Junto con Tucumán y su caña de azúcar, fue una de las dos provincias que supo construir una alternativa propia al modelo agroexportador de finales del siglo XIX. La industria vitivinícola, que la hizo famosa en el país y conocida en todo el mundo, le garantizó una sustentabilidad diferenciada e independiente de los destinos de la pampa húmeda. Además, la forzó a luchar contra el desierto con la ayuda de un reducido caudal hidrológico, algo que sus habitantes destacan orgullosamente. Si bien han ganado esta partida, la aridez del suelo que circunda a sus viñedos y frutales es un recordatorio que, sin el esfuerzo del hombre, aquel entorno no se hubiera transformado en un vergel por obra de la buena suerte.

El enojo de Cornejo evoca asimismo una recordada frase del fallecido José Manuel de la Sota quién, en las difíciles circunstancias del levantamiento policial de diciembre de 2013, aseguró que “pareciera ser que los cordobeses tenemos que quemar nuestros DNI porque algunos no nos consideran parte de la República Argentina”, en alusión al gobierno nacional. El entonces gobernador había reclamado, en vano, que el ministerio del Interior enviara a la Gendarmería para contener los saqueos que se producían en la ciudad capital. Cristina Fernández había vetado cualquier ayuda y apostaba a que los desmanes liquidasen políticamente a De la Sota, uno de sus más férreos opositores.

Aquel lamento delasotista era el corolario de años de discriminación prodigada sin tapujos desde la Casa Rosada. Cristina nunca olvidó la militancia cordobesa a favor del sector agropecuario durante los aciagos momentos de la Resolución 125, ni que sus electores votasen obstinadamente en contra de cualquier candidato nacional & popular. Al final de su mandato pudo inclusive horrorizarse de como aquella porfía le daba la presidencia a Mauricio Macri en lo que, interpretaba, era el anómalo retorno del neoliberalismo al poder.

Si bien ningún dirigente de importancia enarboló aquí la idea de la independencia como lo hizo Cornejo, lo cierto es que la más reciente cultura política mediterránea ha hecho una especie de culto laico a la idea. Durante las PASO (quizá el peor momento del macrismo) y en las elecciones de octubre pasado, proliferaron los memes y las declaraciones que exaltaban el particularismo electoral cordobés por sobre el comportamiento del resto de la Argentina. Por otra parte, el dinamismo de su sector privado ha servido como un contrafuego a los masivos planes de ayuda social con los que la Nación ha sabido colonizar a otros distritos con desocupación y empleo público endémicos.

Las explicaciones de esta rebeldía, y también de la mendocina, no son estrictamente culturales. Tienen que ver, por sobre todo, con la actual estructura fiscal y económica que padece el país. Junto con Santa Fe, Entre Ríos y buena parte de la provincia de Buenos Aires, forman parte de un entramado productivo que está agobiado por el peso del Estado, de su ineficiencia y de sus arbitrariedades. Estas jurisdicciones están cansadas del reparto inequitativo de subsidios a favor del AMBA y de financiar burócratas y planes sociales sin obtener nada a cambio. Tampoco les agrada, en absoluto, que el gobierno nacional se apropie de los excedentes de sus exportadores mediante impuestos distorsivos, cuyo destino no es otro que seguir financiando el populismo en el conurbano bonaerense.

Ni siquiera durante la pandemia en curso estos agravios se han morigerado. El presidente Alberto Fernández ha dejado en claro no solo que no le preocupa gran cosa la obra de Portezuelo del Viento, sino que está dispuesto a confiscar Vicentin en contra de los intereses de Santa Fe o dejar caer a LATAM para fortalecer a Aerolíneas, un eterno baluarte del centralismo argentino. Ni que hablar de la decisión de concentrar el IFE en el AMBA, bajo el pretexto de que el resto de las provincias ya se encuentran en la fase de distanciamiento social y no en la del aislamiento. Sus últimas conferencias de prensa han sido las de un mandatario preocupado exclusivamente por lo que sucede en aquella región.

Las últimas elecciones presidenciales expresaron geográficamente estos agravios. La franja central del país, desde la costa atlántica hasta los Andes, votó por Macri (o contra los K), mientras que el resto lo hizo por Alberto Fernández. Algunos bautizaron como “Centralia” a las regiones díscolas, mientras que otros optaron por el despectivo mote de “Chetoslovakia”. En lo que sí se coincidió pacíficamente fue en llamar “Peronia” al territorio que sufragó por el Frente de Todos, desconociendo que los gobiernos de Santa Fe, Entre Ríos y Córdoba también son auténticamente peronistas.

Este hecho explica la complejidad del problema. Mientras la Casa Rosada insista en mantener un modelo unitario, populista y devoto de los diez millones de electores que pululan en el AMBA, las diatribas de las provincias productivas no harán otra cosa que acrecentarse, fortaleciendo el imaginario del Club Independentista. Sería lamentable que de la superación de las anteriores contradicciones políticas argentina -unitarios versus federales, por ejemplo- naciera una nueva, basada entre los que mantienen al Estado contra los que son mantenidos por este, discrecionalmente y sin ninguna racionalidad. ¿Exageración? Tal vez. Pero nunca debería olvidarse que la mayor democracia de la tierra nació, precisamente, de una revuelta impositiva.