La televisión esencial

Para un usuario activo de las plataformas de streaming, puede que no tenga ningún sentido considerar como imprescindibles algunos ciclos de las TV abierta. Pero quizás haya una audiencia que depende de ese suministro de entretenimiento para contrarrestar la angustia del encierro.

Por J.C. Maraddón

La cuarentena ha trastocado todo de una forma tan abrupta que nos obliga a cuestionarnos muchas cosas que dábamos por supuestas. Y, entre otros conceptos, el que se ha incorporado con fuerza en el lenguaje cotidiano es el de las tareas esenciales, que son aquellas que deben cumplirse sí o sí, más allá de las prescripciones que impone el asilamiento obligatorio. Apenas ingresamos en esta pesadilla de la reclusión, nos desayunamos con este criterio que se aplica aquí, allá y en todas partes, según el cual hay actividades que resultan imprescindibles para la continuidad de la existencia humana, aun en tiempos de pandemia.

Por supuesto, lo que tiene que ver con la alimentación y la salud fue incorporado de lleno bajo ese paraguas, que en cambio no protegió a la educación, ya que el dictado de clases obliga a reuniones de personas incompatibles con las recomendaciones de los sanitaristas y, por ende, se optó por impartir los conocimientos de modo remoto. En el inicio, tampoco ingresó en esta categoría el sistema bancario, al que luego se habilitó ante la imposibilidad de muchos ciudadanos de realizar trámites impostergables a través del home banking, y por la desconfianza que generaba el no muy saludable recurso de los cajeros automáticos.

Pero, de entrada nomás, se declaró la esencialidad de los servicios de comunicación, incluyendo a los medios masivos (gráficos, radiales y audiovisuales), porque se consideró que la tarea que brindan es necesaria para quienes deben permanecer confinados en sus hogares. Esta medida despertó cierto recelo entre los que se vieron obligados a cerrar negocios y quedarse de brazos cruzados, mientras miraban por la tele cómo allí el trabajo seguía su curso como si nada hubiera pasado. En los últimos días, los contagios entre operarios, panelistas y conductores de TV volvieron a poner en foco esta cuestión.

La polémica ha quedado servida y, en lo que existe acuerdo, es que las noticias podrían ser catalogadas como un elemento fundamental en esta situación tan especial que atravesamos, sobre todo porque las redes sociales se encuentran infectadas por el virus de las fake news y cabría esperar que un periodista profesional sea más creíble que un tuitero compulsivo. A lo que apuntan los cuestionamientos es a los programas de juegos y a los que suponen la participación de paneles de invitados, que es donde se han verificado los casos de contagio que han tenido una mayor repercusión mediática.

Sin entrar a debatir sobre las decisiones gubernativas que se tomaron ni a comparar una actividad con otra para medir cuál es más importante, frente a los avatares de la cuarentena que nos han impuesto reducirnos a lo esencial, cabe preguntarse cómo es que el entretenimiento televisivo ha alcanzado esa categoría. Porque veinte años atrás muy poca gente navegaba en internet y hoy, cuando todo requiere de una conexión, la mayoría lo hace. Pero… ¿se puede sobrellevar una vida digna sin un concurso de TV o sin un talk show? No pocos consideran que esos formatos deberían entrar en stand by, como tantas otras cosas.

Por supuesto, para quien es usuario activo de las plataformas de streaming, quizás las propuestas de la televisión abierta hayan quedado un poco demodé y no tenga ningún sentido sostenerlas en este contexto. Pero puede ser que todavía haya un segmento nada despreciable de audiencia que depende de ese suministro de diversión para contrarrestar la angustia del encierro. Que esa cuota sea cubierta con enlatados en vez de producciones en vivo, podría ser una salida en esta encrucijada, que insta a promediar las necesidades generales y, en ese proceso, pierde de vista los reclamos particulares.