Vista por un fraile franciscano en 1750 (Primera Parte)

Fray Pedro José de Parras fue un misionero aragonés que residió en dos períodos en el Plata, y primero conoció y más tarde vivió también en la ciudad de Córdoba. Escribió sobre esta en su “Diario y derrotero de sus viajes 1749-1753”.

Por Víctor Ramés
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El hábito franciscano durante el siglo XIII.

Córdoba ha sido lugar de paso, aunque también de estadías, para una larga lista de padres y misioneros europeos de las diversas congregaciones, que circularon durante el período de la conquista y la colonización. Algunos de ellos dejaron testimonio de su contacto con la “ciudad de los templos”, innegable centro de religiosidad católica del sur de Sudamérica. Tal es el caso de Fray Pedro José de Parras, sacerdote franciscano nacido en Zaragoza a fines del siglo XVII quien no solo visitó Córdoba, sino que en un período siguiente se instaló aquí por varios años.

Parras llegó por primera vez al Río de la Plata en 1749, junto a otros seis franciscanos, y desempeñó diversas responsabilidades en la orden en Buenos Aires, como las de visitador general, comisario del Santo Oficio, examinador sinodal y teniente-vicario general. Luego volvió a España, en 1768, por algunos años, y en 1776 se encontraba de regresó en América, ocasión en que fue nombrado rector de la Universidad de Córdoba, a cargo de la orden franciscana. Y le tocó acatar, poco después, una real orden por la que se separaba a los franciscanos de la Universidad, en 1778. Siendo un hombre de letras, escribió y publicó su Diario y derrotero de sus viajes 1749-1753, donde refirió su primera experiencia de viaje hacia el interior, rumbo a la ciudad de Córdoba. Cuando, más tarde, ya residía en esta capital, Parras atravesaría un largo conflicto judicial en torno a la publicación de otra obra suya, a la que hizo imprimir en la vieja imprenta jesuítica de Córdoba, que él mismo descubrió arrumbada en un sótano en 1779.

Los párrafos citados abajo corresponden a 1750-51, y están tomados de su “Diario y derrotero”. Vemos al narrador ya en camino, viniendo de Santa Fe y aproximándose por etapas a la capital, que era el objeto del viaje, con algunas paradas. En el trasfondo del relato aparece la amenaza de los indios, y el arribo a las puertas de la ciudad.
“El día siguiente, que fue el 28, al amanecer, llegaron veinte soldados que el maestro de campo de Córdoba dispuso saliesen a encontrarnos, porque ya tenía noticia de que habíamos salido de Santa Fe, y quiso hacernos este obsequio; y después de haber almorzado muy bien, anduvimos cuatro leguas hasta mediodía y paramos en las Víboras, donde comimos y descansamos toda la siesta, y por la tarde llegamos a un presidio llamado el Tío, de donde salió a recibirnos el maestro de campo con todos los demás soldados que allí había, que serían por todos unos cuarenta. Nos hospedamos en el mismo fuerte, que está construido con muy buena idea y foso, que aunque todo él es de tapia, pero es competente para la defensa de los indios, cuyas armas no son proporcionadas para batir ningún género de muralla por débil que sea. Pasa por inmediato a la fortaleza el Río de Córdoba, que juntándose poco más abajo con el de Santiago, se sumen ambos en un arenal, componiendo un gran pantano que llaman la Mar Chiquita.
Habiendo pues descansado a satisfacción, ya sin recelo ni cuidado de indios, continuamos la marcha por la mañana y anduvimos seis leguas, hasta mediodía, parando a comer en la margen de un pequeño arroyo de cuyo nombre no me acuerdo, y por la tarde fuimos en compañía al Río Segundo, que tiene una de las mejores aguas que he bebido en mi vida. El día 30 por la mañana fuimos a la Plaza de Armas, distante nueve leguas de dicha estancia, donde el maestro de campo tiene su ordinaria habitación. Descansamos aquí todo el día y el 31: hallamos por la mañana un coche que venía a encontrarnos y en él fuimos a una bellísima estancia de un vecino de Córdoba llamado Villamonte, con muchos cuartos y preciosa capilla y nos detuvimos en ella hasta después de haber dicho misa el día de finados, que luego salimos para Córdoba, donde entramos el día 3 por la mañana.”

Parras parece menos interesado por la ciudad a la que entra, que por conocer y obtener información sobre sus paisanos de Zaragoza y otros aragoneses que se encuentran en Córdoba.
“Es esta ciudad no muy grande, pero de bastante autoridad. Reside en ella el obispo del Tucumán y un teniente rey de esta provincia. Tiene muy buena iglesia catedral con prebendados; seis conventos, los cuatro de religiosos mercedarios, dominicos, jesuitas y franciscanos, y dos conventos de monjas dominicas y carmelitas. Hay Universidad, que está toda ella a cargo de la Compañía, cuyo colegio es el principal de la provincia. En él hallé cinco aragoneses; uno acababa de ser catedrático de prima, que a la sazón era procurador general de provincia, llamado el padre Antonio Miranda, hombre doctísimo, muy religioso y de admirables circunstancias; los demás eran cuatro hermanos estudiantes, Verón, García, Ruiz y Durán, e hijos de Codos, Villalengua, la Cañada y Monterde. Los visité varias veces, y el padre Miranda me honró con notable familiaridad. Este padre es de tierra de Barbastro, pero no tengo presente su patria. Vi todo el colegio y noviciado, que es obra singularísima, y también la iglesia, cuya bóveda es de madera y lo más de ella está dorada.”

Entonces, un párrafo breve deja ver un poco más de la ciudad, aunque la nostalgia aragonesa vuelve a ganar el relato:
“La ciudad está en un vallecito pequeño y redondo, báñala un río que llaman de Córdoba, medianamente caudaloso. Está rodeada de montes, y a vista de ella hay unas sierras bastante elevadas, de donde nacen algunas fuentes y arroyos, y hay algunos peñascos y bastantes piedras, cosa que no se halla en todo el camino hasta Buenos Aires, ni tampoco en la carrera del Paraguay, que tiene cuatrocientas leguas.
El convento nuestro de esta ciudad es el más antiguo que tiene esta provincia, el de mejor formación y el más regular. A fines del siglo pasado vino una misión de Aragón, y probó muy bien: no he podido averiguar los nombres y apellidos de los sujetos; sólo se sabe el del padre fray Joseph Velilla, cuya memoria será perpetua por su distinguida opinión de santidad. Murió siendo guardián de Córdoba.”