Virtualizar las vivencias

En la previa de la nueva normalidad, cuando el disfrute de festivales online es el único permitido, el libre uso de esa variante choca contra la necesidad de recaudar dinero para organizar una propuesta como el Cosquín Rock, cuya edición online se anuncia para agosto.

Por J.C. Maraddón

Con más de 100 días de cuarentena sobre nuestras espaldas, a la fuerza nos hemos vuelto expertos en el nuevo tipo de esparcimiento que se nos ofrece a quienes debemos permanecer en nuestras casas, salvo que tengamos alguna urgencia o que trabajemos en tareas esenciales. Sobre todo para quienes cuentan con el privilegio de una buena conexión a internet, las opciones de consumo hogareño son por demás variadas, y van desde la adictiva interacción en las redes sociales hasta las plataformas de streaming que ponen a disposición de sus usuarios un catálogo de contenidos audiovisuales o material sonoro como para entretenerse un rato largo.
Pero tanto una cosa como la otra ya existían antes de la pandemia y lo que ha sucedido ahora es que se ha exacerbado su utilización, en la que la mayoría de la gente ya estaba familiarizada. Y además, en cuanto a proveedores como Netflix o Spotify, lo que han logrado es concentrar las funciones que antes cumplían los videoclubes, la televisión y las disquerías. Es decir, no han inventado una necesidad, sino que han facilitado el acceso de la gente a esos productos y, de paso, han conseguido monopolizar el segmento de la economía que se ocupaba de los momentos de ocio.
También se insinuaba antes de marzo, aunque todavía de modo incipiente, un interés por copar el mercado de las emisiones en directo, como sustituto de la antigua costumbre de asistir a espectáculos en vivo. Aunque desde hace tiempo se estila la televisación de eventos deportivos o ceremonias de premiación , la posibilidad de presenciar online determinados festivales o shows musicales era una alternativa en crecimiento, que de ninguna manera competía con la experiencia de hacerse presente en esos lugares y palpitar el acontecimiento in situ, como testigos directos de un hecho artístico irrepetible.
Con el aislamiento social, eso que apenas asomaba en el horizonte se volvió una necesidad imperiosa, sobre todo para productores y actores culturales que, ante el impedimento de organizar encuentros con público frente al escenario, se aferraron al recurso de las transmisiones live como quien sorbe de un vaso de agua en el desierto. Ya sea de manera gratuita, a la gorra o mediante el pago de una entrada virtual, estas convocatorias han proliferado en los últimos tres meses y conforman un panorama por demás extenso. Emisiones desde el extranjero, desde distintos lugares del país y desde Córdoba, conviven en una agenda que se renueva día tras día.
En un mundo sin pandemia, quienes no ingresaban al predio del Cosquín Rock podían contentarse con el premio consuelo de verlo por streaming, al igual que sucede con muchos otros festivales alrededor del planeta. Pero en la previa de la nueva normalidad, cuando ese canal es el único permitido, el libre uso de esa variante choca contra la necesidad de recaudar dinero para organizar una propuesta de semejante magnitud. Y, por eso, el anuncio de un Cosquín Rock Online para los días 8 y 9 de agosto, vino acompañado por la noticia de la venta de entradas y abonos a un costo módico, pero costo al fin.
Unos 60 intérpretes oriundos de doce países participarán del evento, explorando una veta determinada por la urgencia de poner en marcha una maquinaria que, de no ser por esta clase de iniciativas, vaya a saber cuándo podría ser activada otra vez. Habrá que ver cómo se las arregla un festival como este, que desde hace tiempo se había convertido en un parque temático rockero, para mantener viva la llama de su vigencia, privado por las actuales normativas de brindar ese componente vivencial que venía siendo su principal atractivo.