Un exitoso sin fama

Momentos de una espontaneidad explícita a cargo del influyente músico argentino Daniel Melero, desfilan a lo largo de una hora en el filme documental “Retrato incompleto de la canción infinita”, de Roly Rauwolf, que ha sido estrenado por la plataforma puentesdecine.

Por J.C. Maraddón

En una madrugada del invierno de 2015, en la vereda del club Belle Epoque, Daniel Melero se queda ahí, parado, después de dar un concierto, charlando con la gente que espera un taxi, todavía impresionada por el show al que tuvo la oportunidad de asistir. Es uno de los artistas de rock más influyentes en la escena nacional de los últimos 40 años, pero ahí está, como uno más, desgranando sus delirios más lúcidos, conversando con chicos que no habían nacido cuando él ya se empezaba a probar el traje de autor destacado, a quien Soda Stéreo le había versionado el tema “Trátame suavemente”.

Momentos similares a ese, de una espontaneidad explícita, desfilan a lo largo de una hora en el documental “Retrato incompleto de la canción infinita”, de Roly Rauwolf, que ha sido estrenado por la plataforma puentesdecine y que puede ser visto por los usuarios a un costo de $160. “Yo no soy famoso, soy exitoso. Y los exitosos no tenemos fans”, se le escucha decir allí a este músico que asegura no haber estudiado música y que se define como “un bachiller”, título que ostenta con orgullo porque le otorgó un conocimiento generalista que le ha permitido trabajar sobre conceptos y no sobre simples composiciones.

Con semejante background, no le resultó para nada fácil hacerse un lugar en aquel despegue del rock nacional en los ochenta, durante la etapa en que los que se definían como “modernos” habían lanzado su cruzada contra los pioneros que se aferraban a los viejos preceptos. Para la ética hippie que se había petrificado en el ámbito local durante la dictadura, cualquier innovación era sospechosa de complacencia con el sistema y, por lo tanto, no debía ser aceptada como parte del movimiento. Esto desató verdaderas bataholas que casi siempre ocurrían durante los festivales.

El grupo Los Encargados, en el que militaba Melero, tuvo en el BA Rock de 1982 su estreno en este tipo de enfrentamientos. Con una propuesta a la que por entonces se catalogaba como “tecno”, esta banda se ubicaba a la vanguardia de la vanguardia dentro de un panorama donde todavía reinaba el rock progresivo. Por eso, la osadía de una formación que no respetaba la instrumentación tradicional dentro del género estaba condenada a los abucheos y los insultos, cuando no a ser blanco del lanzamiento de proyectiles, un gesto de intolerancia que los enrolados en la nueva ola padecieron en ese periodo.

Tan atrevida era la apuesta sonora y visual de Los Encargados, que cinco años después todavía generaban resistencia entre el público más conservador, como el que asistió en 1987 al Festival de la Falda y los atronó con sus silbidos. Ese encuentro veraniego solía no tener piedad con quienes se salían de la ortodoxia, más allá de que se suponía que el rock era un estilo desprejuiciado y abierto a lo nuevo. Aun en ese contexto bucólico, los episodios de violencia no faltaban y casi siempre se desataban en torno a alguien que asumía la tarea de expandir los límites.

En “Retrato incompleto de la canción infinita”, Daniel Melero repasa esos años tumultuosos y también su acercamiento a Gustavo Cerati, con quien iba a compartir una sociedad creativa a partir de los años noventa. Por supuesto, no está ausente en el documental el padrinazgo que ejerció sobre cierto segmento del Nuevo Rock Argentino, y en especial su vínculo entrañable con Diego Tuñón, tecladista de Babasónicos, una banda que plasmó muchas de aquellas ideas que Melero predicaba y que también se vieron reflejadas en el disco “Dynamo” de Soda Stéreo, donde se advertía cómo, a instancias de Daniel Melero, se acoplaba a la joven movida sónica un grupo que ya llevaba diez años de carrera.