Cortando silos se tensa la cuerda

La irracionalidad de los ataques a productores no augura un futuro promisorio para la resolución del conflicto.

Por Javier Boher
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¿Por qué no se hacen conocidos al público masivo los ataques a los silobolsa que llevan ya un tiempo en marcha?. Ciertamente algunos saben de qué se trata, pero pocos parecen reparar en su gravedad.

Ya son más de diez años desde aquel conflicto por la Resolución 125, que significó el inicio de una oposición real al gobierno de Cristina Kirchner. De alguna manera, allí se estaba desarrollando el germen de lo que maduraría un par de años después para empujar a Mauricio Macri por la puerta de Balcarce 50 para que se siente en el Sillón de Rivadavia.

Desde entonces, campo y kirchnerismo fueron antónimos y antagonistas, quizás por esa convicción de este último de ser una reedición del peronismo clásico. El campo pasó a ser, como entonces, la fuente de recursos de los que había que apropiarse para gobernar.

A diferencia de aquellos años, hoy el campo está más cerca de las decisiones, no pensando en aristócratas de la Sociedad Rural porteña, sino por productores al tanto de lo que pasa en la capital y en el mundo. En ese sentido, una Junta Nacional de Granos para mentirle al productor sobre cuánto vale su producción no podría existir en estos tiempos de hiperconexión.

Tal vez por desconocimiento, el kirchnerismo ha optado por avanzar contra el campo, como si la soberanía alimentaria pudiera salir de hortelanos periurbanos que pretenden hacer crecer el cabo que les queda después de rallar la zanahoria.

La rotura de los silobolsas es una muestra más de la irracionalidad detrás de una forma de construcción política, que no cree en la negociación y prefiere volcarse al enfrentamiento. “Si en el campo está la oposición, hay que hacerlo quebrar”.

Los productores rurales conocen de imprevistos. Años de sequía que son sucedidos por años de inundaciones. Granizos que destruyen lotes enteros o cambio de reglas a la hora de vender la cosecha. Sin embargo, el productor se levanta todos los días a hacer lo que sabe: producir alimento.

La verdadera soberanía alimentaria empieza por cuidar a los productores que pretenden disfrutar los frutos de su esfuerzo, no por defender el trabajo precarizado en explotaciones familiares de baja tecnificación y productividad. No se puede alimentar a 45 millones de personas con tracción a sangre y saberes ancestrales, por más lindo que suene en el universo romántico de las facultades de humanidades.

La provincia de Córdoba es el corazón agropecuario del país; aquí el campo es parte indisoluble de la economía e identidad cordobesas. Quizás por eso el antikirchnerismo esté tan arraigado.

Los ataques a los productores sólo pueden entenderse como provenientes de gente que no entiende cómo funcionan las cosas. ¿De dónde creerán que salen los recursos para pagar planes sociales?¿Cómo creen que se pagan los subsidios al transporte?¿Quién piensan que financia los beneficios a las industrias?.

El silencio de los políticos no puede augurar nada promisorio, atento a que los productores sabrán hacia dónde y de qué manera canalizar su descontento.

Allí sería importante que aparecieran el estado y sus leyes para evitar excesos, aunque no cabe esperar mucho de los mismos si vemos cómo no resuelven los actos vandálicos con los que están tensando la cuerda.