Amor y locura

Al cumplirse 20 años de su muerte, cabe recordar que Rodrigo Bueno era un habitué de los reductos rockeros de la ciudad a comienzos de los noventa y que siempre tuvo una impronta que excedía la de un cantante de provincia, más allá de su indisimulable estirpe cuartetera.

Por J.C. Maraddón
jcmaraddon@diarioalfil.com.ar

rodrigoUna de las quejas históricas de algunos rockeros cordobeses ha sido que la música de cuarteto se ha apropiado del circuito y que no deja lugar a que los otros géneros le hagan sombra. En vez de preguntarse por las causas más profundas de este fenómeno, le endilgan a ese estilo popular la culpa de que el rocanrol local haya debido peregrinar durante años en el circuito underground, mientras los cuarteteros llenaban los clubes varios días a la semana, sonaban en las radios y alcanzaban picos de ventas de sus discos, que además eran lanzados en un frenético ritmo de dos por año.

Como si se tratara de una competencia, abrieron así una brecha que al rock cordobés no le reportó ningún beneficio: según ese argumento, no existía ninguna falla propia, porque la razón del infortunio residía en una causa ajena a sus propias responsabilidades. La falacia de este razonamiento se patentizó cuando finalmente hubo nombres de la escena rockera cordobesa que lograron trascendencia nacional (e incluso internacional), gracias a sus méritos creativos y profesionales. Quedó en claro que no venía de afuera el veto a la posibilidad de trascender, sino que respondía a factores que quizás tenían que ver con la comodidad de aferrarse al gueto.

Desde el cuarteto, en cambio, siempre se miró al rock como un aliado. De allí provinieron muchos de los músicos que se integraron en las orquestas y de allí salieron instrumentos como la guitarra eléctrica y la batería que se sumaron al esquema básico de acordeón, piano, contrabajo y violín. Cuando el rock nacional copó el gusto masivo en los ochenta, en los bailes se escucharon muy buenas adaptaciones de sus temas más conocidos. Y en esos mismos años la Mona Jiménez no tuvo problemas para tocar en Cemento, el templo del rocanrol porteño, ni para cantar “Quién se ha tomado todo el vino”, que en su formato original era un blues.

Pero lo que con mayor eficiencia supieron tomar del rock los referentes cuarteteros, fueron los elementos constituyentes de la puesta en escena de los conciertos y la actitud tan típica de las rock stars. No pocos de los cantantes del tunga tunga se habían iniciado como intérpretes de rock y por eso conocían a la perfección las particularidades de esos astros que construían un personaje carismático y lo sostenían tanto arriba como abajo del escenario. El propio Jiménez es un ejemplo de esa mixtura y en su autobiografía asegura que antes de iniciar su carrera junto a Berna, escuchaba a los Beatles.

Pero, sin duda, quien llevó más lejos esa postura como artista ha sido Rodrigo Bueno, de cuya muerte se cumplen hoy veinte años. El Potro, habitué de los reductos rockeros de la ciudad a comienzos de los noventa, siempre tuvo una impronta que excedía la de un cantante de provincia. Su desenfado y su magnetismo eran asimilables a los de un héroe del rocanrol, más allá de que su repertorio se nutría de sonidos que no tenían nada que ver con ese estilo. Y desde esa plataforma, llevó el cuarteto hasta lo más alto de la consideración general.

Justo cuando, según dicen quienes lo conocieron de cerca, Rodrigo intentaba apartarse del circuito de la bailanta para relanzarse en otro registro, un accidente automovilístico cuyos detalles nunca pudieron ser aclarados del todo, le arrebató la vida a los 27 años, casualmente la edad fatal dentro de la iconografía rockera. En todo caso, la lección aprendida indica que ciertas etiquetas no se corresponden por completo con la obra que pretenden encasillar. Porque la música no es un producto como cualquier otro y, tanto para su producción como para su consumo, exige “amor y locura” más que el apego a un canon.