Good bye, Macri!

Los violentos episodios de abusos policiales en todo el territorio nacional no han encontrado el mismo repudio de los organismos de Derechos Humanos que en tiempos del gobierno anterior.

Por Javier Boher
[email protected]

Allá por 2003, cuando Argentina todavía trataba de encontrar su rumbo tras la crisis de representación de 2001 y tras una elección presidencial inusual, en la siempre estable Alemania se estrenaba “Good bye, Lenin!”, una película que retrataba la salida del comunismo de principios de los ’90.

La historia versa sobre una militante comunista que queda en coma antes del colapso de su país, Alemania Oriental, y despierta luego de la unificación tras casi cuatro décadas de ser dos estados separados.

A lo largo de la cinta, su hijo hará todo lo posible para que la señora no sufra un shock por los profundos cambios que atravesó la sociedad y la política alemana por aquellos años.

Aunque quizás el guionista deja entrever algo de nostalgia por un pasado idealizado, el producto es maravilloso. Se pueden apreciar el amor de la familia, el peso de la dimensión política en la conformación de la personalidad y el papel del poder y el Estado en la posibilidad de desarrollo de un proyecto de vida a largo plazo.

Argentina

Los sucesos de las últimas semanas a lo largo y a lo ancho del país (con poderes locales cometiendo abusos y excesos de todo tipo hacia la población en general) no han encontrado el mismo repudio de parte de muchos actores sociales y políticos del país.

El último evento de una gravedad inusitada -en un continuo de excesos que hemos visto a lo largo de la cuarentena- se produjo en la provincia de Chaco. Tal como se viralizó en los últimos días, la policía del ex Jefe se Gabinete y actual gobernador, Jorge Capitanich, violentó sin orden de allanamiento el domicilio de una familia, golpeando y abusando de sus ocupantes.

En medio de una ola de protestas globales contra el racismo en Estados Unidos, la progresía local supo guardar un conveniente silencio ante esos atropellos perpetrados por fuerzas que responden a dirigentes “del palo”, que los empuja a valorar de distinta manera la dureza con la que golpean los palos de las fuerzas de seguridad.

Tras cuatro años de muchísima actividad denunciando a una dictadura que pretendía que los manteros dejen la vía pública, que los piqueteros desalojen terrenos usurpados o que la gente pague el verdadero costo de los servicios, hoy parecen estar de lo más desorientados, por el shock del cambio de sistemas como el que vivió la madre del protagonista en el filme alemán.

La necesidad de que gobierne un Macri, un De la Rúa, un Alfonsín o cualquier otro político no peronista se evidencia en la imposibilidad de algunos organismos de Derechos Humanos de pronunciarse sobre los sistemáticos abusos que cometen los brazos locales del poder político.

Hace apenas una semana se conoció un estudio realizado por ocho universidades nacionales que alerta sobre el aumento del racismo hacia los pueblos originarios en nuestra sociedad, que refleja que en la periferia hay cosas que no cambian cuando se va un gobierno y llega otro.

Todos podemos recordar la sobreactuación alrededor del caso Maldonado, con marchas, carteles y pedidos al gobierno de turno. Muchos reclamaban por los derechos ancestrales del pueblo mapuche, mientras compartían whipalas en sus redes sociales y reivindicaban la lucha de los pueblos que siempre estuvieron en los márgenes.

Hoy parecen no haberse dado cuenta de que son precisamente esos mismos los que sufren la violencia institucional, siendo el de Chaco un caso paradigmático, con los Qom recibiendo el peso de las consecuencias del coronavirus y la indiferencia de la clase dirigente.

Está situación empuja a varios a achacar los efectos negativos de un sistema desigual y feudal que se impone en las provincias marginales a “deudas de la democracia”, una conveniente figura para no hacerse cargo de lo que le toca a cada uno.

No parece importar que el peronismo ha gobernado el país (y la mayoría de las provincias) la mayor parte del tiempo desde 1983. No importa si de los últimos 25 años gobernó 17. La culpa, se sabe, es del gobierno anterior, tal como afirmó el secretario de Derechos Humanos Horacio Pietragalla.

Para toda la progresía que está atada y no se quiere hacer cargo de estos abusos del poder político en territorios que solo conocen por el relato idealizado de los canales de la televisión abierta, quizás se podría aplicar aquella receta de la película. ¿Por qué no probar con hacer se cuenta que el gobierno de Mauricio Macri no se terminó el diez de diciembre de 2019?.

Quizás con esa triquiñuela se puede conseguir que marchen por lo que pasa a 900km de Buenos Aires y no por el asesinato de un “afroamericano” a 9500km de la misma urbe. Todos deberíamos hacer se cuenta que gobierna la ceocracia neoliberal para que lo más ilustre del progresismo local se anime a hacerse cargo del sistema que defiende, en lugar de echarnos la culpa a todos los que apostamos por una democracia de verdad, que no tenga deudas para con ninguno de sus ciudadanos.