Marinero al trote por pampas y sierras (Segunda Parte)

Edward F. Knight arribó a la ciudad de Córdoba en una excursión de Buenos Aires a Tucumán, en 1881. Había llegado al puerto en una embarcación privada, el yate de 10 toneladas Falcon, y relata su visita a la Argentina en el libro “The cruise of the Falcon”, cuyo primer tomo apareció en Londres en 1884.

Por Víctor Ramés
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Ilustracion incluida en el libro de Knight: un panorama de la ciudad de Córdoba.

Knight, además de un navegante entusiasta y un abogado que abandonó el ejercicio del derecho para dedicarse al periodismo, fue corresponsal de guerra de los periódicos The Times y The Morning Post, en la década de 1890. Cubrió la expedición francesa contra Madagascar (1894-95) y la guerra en Cuba entre Estados Unidos y España (1898). Y en 1899, Knight estuvo en Sudáfrica durante la batalla de Belmont, episodio de la Segunda Guerra Boer, el 23 de noviembre, en la que recibió una herida que provocó la amputación de su brazo derecho.
Pero eso todavía no había ocurrido en 1881, en que contaba 29 años y divisaba desde las alturas circundantes la ciudad de Córdoba.
“Campos arados y pasturas se extienden hasta la cercanía de una cadena de grandes montañas que se agrandan a medida que avanzábamos. Luego del llano interminable, nos parecían altísimas y es cierto que algunas cumbres de estas sierras pasan de los 2.000 metros de altura. Y al centro de la planicie, en la curva de un ancho río que se perdía a nuestra vista zigzagueando, percibimos la linda ciudad blanca, con muchos domos y capiteles de iglesias, algunos de piedra blanca brillante, otros de mármol, otros reluciendo como oro. Para nosotros, que llegábamos directamente de una agreste travesía, esta vista repentina de Córdoba fue como la de la ciudad encantadora que el peregrino cansado divisa con el corazón henchido y nos transmitía una fragancia del viejo mundo. Sí, ante nosotros se hallaba la mundialmente renombrada Córdoba, la ciudad de los padres jesuitas, la ciudad de las iglesias y el repicar de las campanas, la ciudad santurrona de curas y doctores; el oasis del saber en medio de la incivilización, en cuya antigua universidad varias generaciones de jóvenes adquirieron la filosofía aristotélica y todas las humanidades y, si los reportes son certeros, a librarse de los impulsos inhumanos.”
Tras esa vista de la ciudad brillando abajo, los viajeros (Knight y algunos compañeros suyos del Falcon) emprenden el descenso y el ingreso a la capital de la provincia.
“Desde la altura en que nos encontrábamos el camino se ensanchaba gradualmente hasta convertirse en una senda bastante decente (…) y es que las calles de Córdoba, como en otras ciudades de este país (…) se convierten en rutas durante algunos kilómetros, para luego irse borrando hasta volverse huellas apenas visibles.
No hay suburbios de la ciudad, el campo se extiende hasta el límite de sus calles medievales y en escuadra. Es cierto que afuera se encuentra un basural lleno de desechos, huesos, ladrillos rotos y otros desperdicios, entre los cuales habita, como los chacales, un miserable grupo de habitantes, unos mestizos bajos y de aspecto horrible y repulsivo. Sus sórdidos ranchos de barro se distribuyen por doquier, en esta zona de mala reputación, sin la menor pretensión de orden.
Entramos en la ciudad que aparecía como un lugar agradable y bien puesto a primera vista. Atravesamos calles largas y rectas, con casas que alguna vez fueron blancas, con sus usuales rejas mirando hacia la calle. Agua clara filtrándose en cada alcantarilla. Las calles estaban pavimentadas de piedras y, al escuchar los caballos el ruido de sus propios cascos, se pusieron nerviosos y cuando se tranquilizaron comenzaron a andar con pasos cautelosos y tímidos como si pisasen sobre hierro candente.
Nos dirigimos al Hotel de Europa, que nos había sido recomendado, y enviamos los caballos al establo para que los cuiden durante nuestra estadía en Córdoba, con la instrucción de que se los herrase, otra nueva experiencia para los pobres bestias. El simpático administrador del Europa, quien es alemán, nos hizo sentir muy confortables en su bien manejado hospedaje”.
Edward Knight le dedica el capítulo siguiente, el XII, a la estadía en Córdoba junto a sus acompañantes. Por la mañana, tras un descanso reparador, dan un recorrido por el lugar. Los juicios del autor sobreabundan en su mirada de “blanco europeo superior”.
“La mañana siguiente a nuestra llegada salimos a inspeccionar la ciudad. Nos encontrábamos otra vez en un centro civilizado, ya que los tramways, los bares tipo americanos y los cafés franceses habían llegado con el ferrocarril y sacudían la sensación de opresión y tedio que atraviesa la atmósfera de la lenta y grave ciudad universitaria antigua. Habíamos sido despertados temprano por varios campanazos de las viejas capillas que abundan, así que teníamos un buen rato por delante para explorar las calles y agraciadas cuadras de esta ciudad de curas y mujeres. Porque, en efecto, curas y mujeres aparecen como el grueso de la población de Córdoba. Los frailes tienen aspecto bastante agrio, aunque algunos de los jóvenes clérigos son todos unos señoritos a su manera, y parecen tener un gusto bastante femenino por los encajes y los sombreros. Las mujeres no están dotadas de gran belleza, a excepción, claro, de las de las castas altas -bellezas españolas puras y blancas-, vestidas invariablemente según la última moda parisina. Aunque de estas hay pocas; todas las demás son mestizas, de complexión oscura, sucia y desagradable, que poseen características duras de tipo indio. Realmente la población del lugar no tiene derecho a igualarse con los blancos, en absoluto. Estas gentes no son sino las cruzas de descendientes de indios que fueron domesticados por los Jesuitas. Estas cruzas de españoles con sangre india, en opinión de gente que conozco, han probado ser una gran maldición para estos países, ya que el resultado ha sido un producto inservible que carga la superficie de la tierra. No como en Norte América, donde las razas aborígenes desaparecieron como humo antes del avance del hombre blanco y su civilización; aquí la sangre india se ha mezclado con la de los colonos latinos, imponiéndose sobre ella, en verdad imbuyéndola de su propio barbarismo, de manera que muchas regiones de conquistadores terminaron adoptando sus maneras, sus ropas e incluso el lenguaje de las tribus conquistadas.”