La cuarentena y la sociedad primitiva

Aunque vilipendiada por los ignorantes, la sociología tiene algo para decir sobre la sociedad de esta cuarentena eterna que nos toca vivir.

Por Javier Boher
[email protected]

La sociología es una disciplina con algo de mala prensa en un país que mayormente se va volcando a posturas anticientíficas. Si los físicos o matemáticos deben lidiar con creacionistas o terraplanistas, los de ciencias sociales ciertamente la tienen más complicada: en un país de opinólogos, pocos creen que valga la pena estudiar los procesos sociales.

Cooptada por gran parte del kirchnerismo que medra en los ámbitos académicos, la sociología fue convirtiéndose en una ciencia despreciada por los opositores al kirchnerismo. Es relativamente comprensible, ya que son pocos son los sociólogos que han sabido rendirle culto al pensamiento crítico por sobre las convicciones políticas a lo largo de estos años.

Justo a dos días de conmemorarse el Día del Sociólogo (recordando a la primera cátedra de la materia en el país, abierta en 1899) viene bien recordar a uno de los padres fundadores de la disciplina, el francés Èmile Durkheim, quién estableció los fundamentos científicos para el estudio de la sociedad.

El coronavirus y la cuarentena perpetua nos han dado tiempo de sobra para reflexionar sobre la sociedad, la política, la economía o nuestra vida. Mucho tiempo encerrados en casa, compartiendo con la familia, trabajando a la distancia (o con la imposibilidad de trabajar) se mezclaron con un discurso en blanco y negro sobre la vida y la muerte, con numerosas personas deseosas por ejercer la delación para congraciarse con el poder de turno, autoconvenciéndose de que le hacen un bien al colectivo.

Durkheim, Marx, Weber y el resto de los primeros sociólogos trataron de explicar las profundas transformaciones del siglo XIX, que vio el alumbramiento de la sociedad industrial como sustituta de la sociedad agraria. Todos fueron hombres de su tiempo, compartiendo -con los matices propios de sus posicionamientos teóricos- la idea de que había una diferenciación entre las sociedades modernas y las sociedades tradicionales (aunque queda más lindo llamarlas “primitivas”, pese a que la corrección política no juegue de ese lado).

Durkheim esbozó un perfil para cada una. La sociedad moderna era más abierta, con una moral más libre, con un individualismo producto de la mayor especialización del trabajo (que contribuía al desarrollo personal) y un derecho restitutivo, en el que el responsable de un daño o desviación debía subsanar los males ocasionados por su accionar.

Las sociedades tradicionales, por su parte, se caracterizaban por una baja división del trabajo y una moral más cerrada que se resguardaba con un derecho represivo: el daño no era al individuo, sino a toda la comunidad.

Así, lo que mantiene unidas a las sociedades modernas es la “solidaridad orgánica”, o los lazos invisibles entre gente que no se conoce y que -sin embargo- trabaja haciendo su tarea específica sin saber que así contribuye al bienestar de la sociedad. Como contrapartida, las sociedades primitivas están unidas por la “solidaridad mecánica”, una fuerza que reside en el temor a contradecir a la comunidad, que es la que provee de todo lo necesario para existir.

La Argentina de la pandemia encaja a la perfección en esa categoría de sociedad primitiva, en la que se pide (y se refuerza) una concepción unitaria o monolítica sobre lo que se necesita para ser argentino y cuidar a la sociedad. Sólo se puede defender la salud si se acepta la visión de los infectólogos temerosos y oficialistas.

Vecinos que llaman a la policía porque ven que hay alguien de visita, comerciantes que llaman a la policía porque hay un cliente sin barbijo, policías que quieren impedir que la gente haga actividad física respetando la distancia prudencial. Todo eso es parte de una concepción primitiva de la sociedad, en la que las normas no parecen ser de común acuerdo (contemplando la diversidad y logrando la protección de todos a través del reconocimiento de la misma) sino más bien una imposición unilateral de una comunidad que no reconoce la posibilidad del disenso.

Que todos le debamos rendir culto al estado o al gobierno es una concepción premoderna del funcionamiento social, que intenta forzar una moral rígida y universal para todos los que conformamos la sociedad argentina, esa en la que cada vez hay menos diversidad (al menos de opiniones).

Durkheim es un clásico de la sociología, no sólo por su valor como pionero de la disciplina, sino también por su vigencia insospechadas en temas sobre los que no se tomó el trabajo de reflexionar.

La Argentina post Coronavirus puede retomar la senda de la solidaridad orgánica, en la que la cooperación entre diferentes -pero complementarios- mantenga unida a la sociedad, aunque también puede elegir replegarse sobre la concepción maniquea de los defensores de la rígida moral sanitarista e infectológica, que se sienten mucho más cómodos obligando a todos a aceptar una única visión de las cosas. Esa solidaridad mecánica (la de tener que ser “solidarios” para no sufrir las consecuencias o la exclusión de la sociedad que se integra) es la que hoy parece ser la concepción que moviliza a los que toman decisiones para gestionar las consecuencias de esta pandemia.