Sexismo, en primera persona

La semana pasada, la cantante Billie Eilish sacudió la abulia de Youtube al publicar un video donde, bajo el título de “Not My Responsibility” (No es mi responsabilidad), denuncia el estigma imperante alrededor de la imagen femenina en la industria del entretenimiento.

Por J.C. Maraddón

Durante la época de apogeo de la música pop en el siglo veinte, a los intérpretes de ese estilo se les pedía que tuvieran gancho comercial, sex appeal y una capacidad inagotable de hacer declaraciones y desarrollar actividades que tuviesen eco en la prensa. Al repasar esa larga lista de ídolos aparecidos en esos años, encontraremos que estas características se reiteran. Y eso, está claro, responde a un protocolo de castings muy estricto por parte de las empresas discográficas, que trabajaban intensamente para detectar esta clase de referentes que pudiesen equilibrar los elementos necesarios para alcanzar el estrellato y luego sostenerlo.

Entre otras cosas, tenían que desatar polémicas pero sin llegar al desborde y debían mantener un alto perfil, aunque lejos de las posturas radicalizadas. Si era necesario, se limaban sus aristas más ríspidas, hasta obtener un producto pasteurizado que pudiera gustar a todos los públicos, cualquiera fuese su condición. Como resultado, emergía una figura de personalidad atractiva y envolvente, que poseía un cuidado magnetismo y una habilidad palpable para entrar y salir indemne en las zonas de peligro, como las cuestiones vinculadas a la sexualidad, a la política o a los aspectos más oscuros dentro del negocio del espectáculo.

Del otro lado, se situaba otra clase de artistas, más asimilables a la tipología que se había hecho común en los años sesenta, cuando la cultura rock radicalizó su rebeldía. Músicos comprometidos con la realidad, con las luchas de su época, que no tenían empacho en bajar línea y arriesgar lo poco o mucho que hubiesen conseguido en su carrera, con tal de respaldar el ideario al que adherían. Bob Dylan, John Lennon y Patti Smith son tres muestras obvias de este perfil creativo, que encarnaba el prototipo del héroe romántico lanzado contra la corriente por su fidelidad a una ética irrenunciable.

En los años ochenta, talentos como los de Laurie Anderson o Peter Gabriel representaban el ideal de la independencia artística y de la música “con mensaje”, frente a una avalancha de astros del pop que parecían fabricados en serie en una cinta de producción. La línea divisoria entre unos y otros estaba muy bien demarcada, excepto en algunos casos puntuales como el de Madonna, quien desarrolló al extremo su toque provocador y, cuando ya se asentó en la cima del éxito, dio rienda suelta a sus caprichos e hizo de su audacia la mercancía perfecta para cierto grupo de consumidores.

En los albores de la tercera década del siglo veintiuno, los polos de la corrección y de la incorrección política se han invertido. Y los adalides del pop actual se ven entonces compelidos a expresarse sobre asuntos de los que algunas décadas atrás nadie le hubiese pedido opinión a un cantante de moda. En eso, tal vez una de las abanderadas, a pesar de su juventud, es Billie Eilish, quien desde un abordaje alternativo, ha obtenido una rotunda consagración y se ha ganado la admiración de sus contemporáneos, al promover una estética alejada de los viejos paradigmas.

La semana pasada, no dudó en elevar su propia vara en este sentido: publicó en Youtube un video donde, bajo el título de “Not My Responsibility” (No es mi responsabilidad), denuncia el sexismo imperante alrededor de la imagen femenina en la industria del entretenimiento. La pieza audiovisual iba a ser proyectada durante los shows de una gira que debió postergarse en razón de la pandemia. Tras su liberación en la web, millones de personas se han visto sacudidas por ese alegato en primera persona de una chica de 18 años que, gracias a su talento, está hoy en el podio de la música internacional.