Marinero al trote por pampas y sierras (Primera Parte)

Edward Frederick Knight (1852-1925) fue abogado, navegante, soldado y periodista y escribió una veintena de libros desde diversos paisajes del planeta. Hasta escribió desde los frentes de batalla, lo que le costó perder un brazo en la guerra Anglo-Boer. En 1881 recorrió Córdoba, de paso hacia Tucumán, anotó su viaje y permaneció tres días en la ciudad capital.

Por Víctor Ramés
[email protected]

Edward Knight cuando era el joven e intrépido navegante que vino a Sudamérica.

Uno de los tantos libros que dio a la imprenta Edward F. Knight se titula The cruise of the Falcon (El crucero del Falcon), en dos volúmenes, donde refiere su viaje a Sudamérica en un yate de 30 toneladas que zarpó de Southampton en agosto de 1880. El viaje por mar y río llevó a sus tripulantes hasta Buenos Aires y luego dio paso a la marcha por tierra hasta Tucumán, a fines de febrero y marzo de 1881, cuando su autor tenía 29 años. El libro se publicó en Londres en 1897.

Knight era abogado, fue soldado, periodista y corresponsal de guerra, y fue autor de un conocido manual de navegación, Sailing, en 1889. Su amor por la náutica fue el impulso que lo trajo a Sudamérica a borde de su yate Falcon, una embarcación de recreo con la cual hizo varias travesías. A fines de 1880 arribó a los puertos del Plata, Montevideo y Buenos Aires, con el propósito de navegar los ríos Paraná y Uruguay en el Falcon, cosa que haría algunos meses después de su viaje por tierra al Noroeste argentino.

La excursión a través de la pampa hacia el oeste comenzó luego de llegar en tren hasta Cañada de Gómez, para de allí seguir a caballo hasta Tucumán.

“De Buenos Aires a Tucumán por este camino de tropillas muy sinuoso, hay 1119 millas inglesas de acuerdo con un libro de ruta de las viejas postas argentinas que me prestó un amigo. Siguiendo esa ruta podíamos ver una buena parte del país y atravesar una variedad de escenarios. Fue curioso observar los cambios graduales de la vegetación a medida que avanzábamos hacia el norte, a la tropical provincia de Tucumán que se encuentra ocho grados más cerca del Ecuador que Buenos Aires.”

El viaje hasta Córdoba les llevó una cabalgata de seis días. Su primera parada fue la estación de Ballesteros, unos 30 kilómetros antes de Fraile Muerto (Bell Ville). El jefe de la estación era un inglés, Mr. Coleson, quien los recibió con gran hospitalidad. Al proseguir el camino, Knight sintió que se internaba en un territorio salvaje, muy distante de la civilización.

“Nos alejábamos gradualmente de la región de los extranjeros, aunque algunos estancieros británicos se podían encontrar pasando Fraile Muerto, y nos hallábamos a punto de cambiar las confortables fincas y maneras civilizadas de los gringos por los sin duda a su modo hospitalarios, aunque más primitivos hogares y modales de los antiguos colonos andaluces.”

Cuando llegaron a Fraile Muerto se festejaba el carnaval en el pueblo cordobés. Así lo describió Knight:

“Baldazos de agua eran arrojados libremente a los que pasaban y cada quien andaba armado con su inevitable pomito que arrojaba agua florida. Las pequeñas pícaras de ojos oscuros se la tomaron con los navegantes del Falcon, mojándolos con agua fría con esos instrumentos detestables. La noche fue de parranda y se oía a través de la puerta abierta el tañido de la guitarra, mientras al menos doce bailes se llevaban a cabo en diversos lugares de la ciudad; de verdad, había tantos bailes como casas, ya que todos los estancieros, rancheros y gauchos de cuatro leguas a la redonda se habían dado cita en Fraile Muerto para la ocasión. Por toda partes las risueñas muchachas campesinas se entregaban al espíritu de las danzas nativas, salvajes y hermosas. Las carreras de caballos, las peleas de gallos y el baile son las únicas diversiones de la Pampa, y la última es la única que el bello sexo puede compartir con el sexo fuerte.”

Los viajeros también presenciaron allí un desfile de varias carretas de bueyes adornadas con papeles y flores, una de las cuales transportaba tocando a una pequeña orquesta popular de músicos vestidos con túnicas amarillas, que le recordaron a Knight la vestimenta de las víctimas de la Inquisición. En otra carreta había “chinitas” vestidas en uniforme rojo y negro, perfumadas de agua florida. Mientras tanto, dos paisanos arrojaban a derecha e izquierda un chorro de agua que brotaba de una máquina hidráulica como un carro de bomberos. Esto era tomado con toda naturalidad por la concurrencia.

Era comienzos de marzo cuando los viajeros dejaron Fraile Muerto, buscando como próxima parada la población de Villa María. Se cruzarán con una procesión.

“Justo antes de entrar en el territorio de Villa María, que habíamos elegido como el destino de nuestro viaje del segundo día, atravesamos un hermoso desierto de malas hierbas, de tres metros de altura, completamente nuevo para nosotros, exuberante, de muchos aromas y flores, y ruidoso con cantos de pájaros y estridencia de cigarras. Al atravesar esto, de repente dimos con una escena extraña, digna del pincel de un Long. Oscura entre nosotros y la puesta de sol dorada, venía hacia nosotros a través de la variada vegetación una tropa de unas treinta mujeres, mestizas oscuras e indias, caminando en procesión lenta y solemne. Llevaban los hombros y el pelo oscuro cubiertos con el chal negro del país e iban descalzas. Ante ellas caminaban cuatro jóvenes que llevaban erguida una pequeña imagen pintada llamativamente sobre una camilla. Este era un santo celebrado, que ahora iba en camino a visitar a un santo vecino. A todos los nativos les gusta, cuando es posible, tener un pequeño santo de madera propio en su rancho. Se cree que estos santos son de disposición sociable y les gusta encontrarse a veces entre ellos. Entonces San Martín, en el rancho de López, es llevado a visitar a Santa Rosa, en el rancho de González; una excusa para beber mucha caña y apostar. Algunos de estos santos generan devoción por las curas milagrosas que realizan. Tal santo, por ejemplo, es excelente para curar el reumatismo. Cuando es el caso, a menudo esto es algo bueno para su dueño, que lo deja salir para bien de los enfermos al menos una vez al día. Un hombre incluso puede empeñar a su santo a veces; pero esto es desafortunado, ya que es sabido que el santo niega sus virtudes después de haber sido tratado así. Los sacerdotes no alientan mucho este sistema de santos privados –supongo que les gusta tener el monopolio de ellos–, ni interceder ante los santos a favor de los enfermos.”