La tuberculosis no sabe de ídolos y fue impiadosa con ´Torito´

Crónica de la Peste

Por Cirilo de Pinto
Félix Daniel Frascara fue uno de los grandes periodistas de la revista El Grafico, cuando la mítica publicación deportiva empezaba a convertirse en un medio imprescindible. Muchas de sus crónicas fueron dedicadas al boxeo y cuando se apagó la vida del ´Torito de Mataderos´ dijo: “murió el amigo de todos” y apeló al tango de Enrique Cadícamo ´la luz de un fósforo´. Así de encendida, de impactante y breve, fue la vida de Justo Suárez, el primer ídolo del boxeo argentino.
En menos de tres décadas de paso por este mundo nació y murió pobre. Como casi todos los boxeadores. Comenzó de niño juntando grasa en el matadero, luego ascendió a lustrabotas, canillita y más tarde levantó reses en un frigorífico. Alguien le vio condiciones para las piñas y así se transformó en boxeador. Dicen que la primera vez que dejó su barrio de Mataderos para ir al centro, fue a someterse a una prueba en el gimnasio de boxeo que funcionaba clandestinamente en el local L´Aiglon, en la calle Florida. No hay que olvidarse que el deporte de los puños estaba prohibido en Buenos Aires.
Más allá de victorias y derrotas, consiguió el amor de la gente por su estilo sobre el ring, su sonrisa inconfundible, su carisma, su sencillez. El boxeo comenzó siendo un deporte cajetilla, ya sea por la figura del gran padre que tuvo este deporte, Luis Ángel Firpo, o por referentes de la alta sociedad de aquellos días como Jorge Newbery. Y fue Suárez uno de los que comenzó a hacerlo masivo y lo acercó a las clases humildes. ´Torito´ no convocaba público. Él directamente movilizaba multitudes desde los barrios, que llegaban a los estadios de a pie, en bicicleta, en transporte público o amontonados en camiones.
Su vida tuvo tantos ribetes que fue inmotalizado en el tango ´Muñeco al Suelo´escrito por Venancio Clauso, estrenado nada menos que por la orquesta de Francisco Canaro y la voz de Charlo. Ni que hablar del cuento de Julio Cortazar: ´Torito´. El escritor de Rayuela amaba el boxeo y Suárez también era su ídolo.
Su figura y las sensaciones que causaba iban más allá de las barriadas porteñas. La prensa, en especial las transmisiones radiales de sus combates, difundieron su nombre y su campaña a todo el país. Una cálida tarde de otoño en Mendoza, el maestro Francisco ´Paco´ Bermúdez contó una una vivencia de sus años mozos vinculada al ´Torito´. El gran entrenador de Nicolino Locche y Cirilo Gil hizo memoria y relató: “Cuando Justo Suárez estaba en pleno apogeo vino a Mendoza traído por la Bodega Giol para hacer dos exhibiciones, una en la localidad de San Martín y otra en la ciudad. En esta última tuve la suerte de ser uno de los cuatro boxeadores elegidos que cruzó guantes esa noche con Suárez en el Teatro Independencia. Qué imán tenía el ´Torito´ para convocar multitudes, con su sonrisa espontánea y su gran carisma. Él y Locche fueron los únicos ídolos absolutos dentro del boxeo argentino”. Justo Suárez llegaba a toda la sociedad argentina de aquellos días. Atravesaba todas las clases sociales.
En los albores del pugilismo nacional y hasta la década de los ´90, consagrarse campeón argentino de boxeo era algo así como recibirse de médico o abogado. Era sencillamente graduarse, además de entrar en la historia. Hoy abundan los cinturones de todo tipo. Por eso hubo una pelea muy singular. Fue la que protagonizó el ídolo de Mataderos frente al ´Bull Dog Platense´ Julio Mocoroa, el 27 de marzo de 1930, que convocó 60 mil personas, la máxima multitud que el pugilismo reunió en un combate en suelo argentino. Fue en el viejo estadio de River Plate, aquel que se ubicaba sobre la avenida Figueroa Alcorta,  en el predio donde hoy está el edificio de la TV Pública. Se ponía en juego el título Argentino de los ligeros que Justo ganaría por puntos, por lo que la gran mayoría de los espectadores regresó feliz a sus hogares. El combate tenía un constraste de estilos y perfiles. Por un lado la humildad proveniente de un barrio populoso que representaba Suárez y por el otro un Mococora ligado a la vida universitaria, era estudiante de famarcia, y por quien tuvo admiracion otro escritor, Ernesto Sabato, a quien conoció en la Universidad de La Plata.
Desde su comienzo en los cuadrilátero tuvo como conductor al ´Gordo´  Diego Franco, pero cuando las luces del éxito comenzaron a hacer foco en ´Torito´, aparecieron dos empresarios muy fuertes que por esos días levantaban una gran obra: la construcción del Luna Park. Nada menos. José Lectoure e Ismael Pace estaban convencidos de que Buenos Aires debía tener un gran estadio, al igual que Nueva York contaba con el Madison Square Garden. Lo consiguieron y Suárez se dio el gusto de combatir allí, cuando todavía no estaba techado. En una noche de boxeo en el ´Galpón´ de Corrientes y Bouchard, ya muchos años después, el jurado de boxeo porteño Francisco Oscar Seleme, recordaba que había visto pelear a Suárez en el Luna bajo las estrellas. “La recaudación de esa pelea permitió juntar el dinero para pagar la obra de techado del estadio que faltaba. El techo se hizo pero cuentan las malas lenguas que la empresa contructora jamás cobró por el trabajo realizado…”.
Lectoure-Pace tomaron la posta en la conducción de Suárez hacia el país del norte. Le prometieron llevarlo a la disputa del título mundial liviano. El boxeador aceptó. Llegó la consagración nacional ante Mocoroa, otros triunfos en el país y ya era momento de salir por nuevos y mejores rivales al exterior. Se vinieron dos etapas de combates en Estados Unidos, la primera con cinco victorias al hilo, y la segunda con una derrota dura y un pálido empate.
En el 1929, quizá el mejor año en la historia profesional de Suárez, contaba con una popularidad increíble, había sido cinco veces tapa de El Gráfico, y embolsado cientos de miles de pesos, contrastando con la crisis económica mundial que también afectaba a la Argentina. La recesión iniciada en los Estados Unidos impactó en los mercados mundiales. El radical Hipólito Yrigoyen que transitaba el primer año de su segunda presidencia debió lidiar con esa dura coyuntura. Su poder se fue devaluando, su figura ridiculizada, hasta que en 1930 el país soportaría el primer golpe de estado causado por militares con la colaboración de sectores civiles, que pusieron a José Félix Uriburu al mando del país.
El primer presidente de facto argentino buscaba darse un baño de popularidad y por ese motivo eligió ir a ver una pelea de Justo Suárez, acompañado de los príncipes de Inglaterra, Eduardo de Winsor y Jorge de Kent (padre de la Reina Isabel II), que realizaban una visita oficial al país. Fue la noche en que el muchacho de Mataderos venció al chileno Estanisláo Loayza. Fue nocaut en el tercer round en la vieja cancha de River. Se trataba del segundo combate que realizaba ´Torito´ en el país, tras sus cinco victorias consecutivas conseguidas en Nueva York, entre julio y octubre de 1930.
Aplanar la curva
Hasta que llegó la horma para su zapato en el punto más alto de su carrera. Tomando un concepto que repiten una y mil veces los infectólogos de todo el mundo en estos días de coronavirus, Billy Petrolle, en el ring del Madison, comenzaría a aplanar la curva no solo de la carrera profesional sino de la vida de Justo Suárez. Petrolle, un duro púgil apodado ´el Expreso de Fargo´, fue demasiado para el porteño que solo aguantaría hasta el noveno round, habiendo caído incluso en el primero. Dos meses despues hizo otra pelea ante un ignoto probador y apenas empató. El proyecto de Lectoure-Pace con Suárez en Estados Unidos estaba terminado. Ya era inalcanzable una chance por el título mundial ante Al Singer.
En 1931 fue a la redacción de un diario por una nota y quedó impactado por los ojos claros de una telefonista. Poco tiempo después Pilar Bravo se transformaría en su esposa. También en esos tiempos, los casamientos de las celebridades se veían altamente refejados en los medios de comunicación. Eso ocurrió con el matrimonio Suárez-Bravo.
Justo comenzó a perder el foco en su carrera boxística. Había ganado mucho dinero, era muy popular pero se agregaba una novedad a su vida: lidiaba demasiado con su madre Luisa Sbárbaro y con su esposa Pilar. Incluso las llevó a los Estados Unidos para el segundo periplo boxístico. Según el entonces entrenador Enrique Sobral, les alquiló un departamento en Nueva York y él aceptó después de un tiempo quedarse concentrado con el resto del equipo en otro punto de la ciudad. Pero no dormía y se la pasaba hablando por teléfono. “Su mente estaba más en su esposa que en la pelea”, reflejó Sobral por aquellos días. Tampoco le vamos a echar la culpa a Pilar, pero así de distraído lo encontró el combate con Petrole. Tras esa derrota, comenzó su final.
Al traspié en los Estados Unidos le llegaría el desembarco de la tuberculosis.
Lectoure-Pace harían foco ahora en la inauguración del Luna Park que se había levantado en gran parte por las recaudaciones que habían obtenido gracias al boxeo y a la popularidad de Suárez. El 12 de marzo de 1932 se puso en juego en el flamante estadio el título Argentino ligero entre Suárez y Vïctor Peralta, un eximio boxeador que cuatro años antes había sido medallista olímpico en los Juegos de Amsterdam (plata en peso pluma).
Aún hoy, casi un siglo después, se recuerda esa noche de boxeo como una de las más triste. Una multitud fue a ver a ´Torito´ más allá de su derrota en los Estados Unidos. El estadio enmudeció ante la gran actuación de Peralta que ganó por nocaut en el décimo round. La afición se retiró en silencio por la caída del ídolo. Peralta jamás fue perdonado por esa victoria. ¿Qué culpa tenía? Igual fue sentenciado popularmente.
Justo Suárez tuvo el año siguiente su único hijo, Enrique Justo. Un año después Pilar y su niño se fueron por mejor vida a París para regresar un cuarto de siglo después, cuando de ´Torito´ solo quedaba la leyenda. Mientras tanto, Suárez se quedó solo, con el dinero ganado escurriéndose entre sus dedos y con la fama que empezaba a apagarse.
Tras esa derrota ante Peralta le detectaron tuberculosis. Como muchos argentinos, Suárez fue enviado a Córdoba. Pasó primero por la atención en el hospital Rawson y luego terminó internado en Cosquín. Cuentan que algunas noches durmió en una modesta casilla en el Parque Sarmiento. Allí vivía una de sus hermanas, que estaba casada con un muchacho que tenía como tarea hacer funcionar y mantener el estado de la Rueda de Eiffel, esa que hoy luce inmóvil y pintada de negro.
Pero sus días finalizaron en el Valle de Punilla, abatido por la tuberculosis. Un tiempo antes de morir, el boxeador se cruzó en La Falda con otro perodista de El Gráfico. Ricardo Lorenzo ´Borocotó´. ´Borocotó´ padre, el auténtico, con quien compartió un día de sol paseando por las sierras cordobesas. ´Torito´ le decía que nunca había fumado, que siempre hizo una vida sana y que no entendía porque a él lo acosaba esa peste incurable. Solo encontraba como razón posible a tantos viajes de ida y vuelta de Buenos Aires a los Estados Unidos para pelear, y los cambios repentinos de clima.
El 10 de agosto de 1938 se fue de este mundo. Su cuerpo sin vida fue trasladado por tren a Buenos Aires y en la estación Federico Lacroce, en el porteño barrio de Chacarita, lo esperó uno de los cortejos fúnebres mas multitudinarios que se recuerden en el país.

Todo abundó en la vida de Justo Suárez. La pobreza y el dinero, el olvido y la fama, la soledad y los grandes titulares. Lo único que no abundó fue la poca cantidad de años que pudo vivir: apenas 29.