Desde Argentina al espacio

¿Cómo sería nuestro intento por llegar al espacio?

Por Javier Boher
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¡Buen día, amigo lector! 73 días de cuarentena. Creo que ya no quedan más chistes para hacer. Sobre nada. ¿Cómo vamos a hacer para reírnos si ya llevamos dos meses y medio viendo exactamente las mismas caras?. Tenemos menos material que TN cuando pone la placa de urgente.

Por suerte el encierro nos permitió ver al gran Elon Musk lograr su cometido de mandar una nave al espacio. No es algo que no se haya hecho nunca, pero que un hijo de inmigrantes en “el imperio” haya podido fundar una empresa que ponga a dos tipos en órbita no es moco e’ pavo: acá hay algunos que se emocionan porque los chicos hacen 40km a lomo de tatú carreta para ir a la escuela, o porque un tipo que cobró un plan social vende chori de menudo de pollo desde el baúl de un Fiat 600.

¿Inmigrantes? “Venden droga”, diría el joven Pichetto. “Les demos planes”, diría cualquier encargado de acción social del kirchnerismo. “Pongamos el lomo”, dicen ellos.

Arrancó el mañana

Esta hazaña de la ingeniería emocionó a todos los que se preguntan por qué va a ser de la raza humana en el futuro. Obviamente que en esta bendita tierra hay muchos pidiendo que se vuelva a fabricar el SIAM Di Tella o celebrando que la gente pueda comprar garrafas baratas en lugar de tener gas o luz de red, así que a esos no los contamos en el lote de los que piensan en un país tecnológico. Ahora bien, ¿cómo sería la cosa si fuese un intento de mandar una nave al espacio?.

Suena lindo pensar en cómo manejarían nuestros políticos un programa de ese estilo. No faltarían las menciones a Ronald Richter -pionero de la energía nuclear en el país- ni a Kurt Tank -el cráneo detrás del Pulqui, nuestro avión supersónico-. Sin embargo, todos sabemos que el verdadero símbolo de la industria aeroespacial Argentina es el Sultán de Anillaco, Carlos Saúl I, que nos hizo soñar con vuelos espaciales por la estratósfera para llegar hasta Japón en una hora. ¿Ciencia? Eso se lo dejemos a los que viajan al espacio. Nosotros nos conformemos con el cuento.

No es fácil pensar en la nave criolla, que sería una joya de la ingeniería del rebusque por presupuestos que quedan desactualizados por la inflación o porque las trabas a la importación nos traen problemas para incorporar componentes tecnológicos foráneos. Nada de andar trayendo computadoras o propulsores de afuera: acá queremos vivir con lo nuestro, así que ¡al espacio vamos a llegar con lo nuestro!.

El cohete

Imagine, amigo lector, toda la fábrica de aviones de Córdoba destinada a armar el cohete. Seguramente no faltaría el ingeniero que adapte un motor borgward de algún viejo Rastrojero diesel, que reutilice viejas matrices de Falcon, le chante los transistores de una Spica para conectarse con la base en camino a Falda del Carmen y lo pinte con la pintura que le sobró a la militancia porque no hubo balotaje.

Eso sí, acá nadie se salva de la burocracia. Imagine a los muchachos tratando de homologar las partes, haciendo la verificación de las butacas, coimeando a un escribano de algún registro periférico para que le haga pasar el 08, poniéndose al día con los trescientos formularios de AFIP y solicitando el libre deuda en todos los niveles del Estado. Van a ir los pilotos a sacar el Carnet de astronauta, sólo para que les digan que no hay sistema y que deben una multa de la caminera por no haberle puesto jabón para vidrios al sapito del auto.

Obviamente que en todo el camino va a haber decenas de funcionarios queriendo cobrar peaje por cada firma que haya que poner, engrosando la planilla de costos. Como además está complicado freír empanadas mientras se orbita la tierra más rápido que como cambian de bando el petiso chamullero y el tigrense taimado, si o si le van a pedir la comida a alguien que sepa del tema. Arroyo dice que tiene unos proveedores muy confiables.

Una vez que ya todo esté ensamblado y pegado con poxilina, lo usarían para contarle a todo el mundo las maravillas de la ciencia y técnica argentina. Es difícil imaginarse que no esté 24/7 en esa reedición de Sucesos Argentinos que es la TDA. ¡Qué lindo ver a Zamba correteando por abajo del cohete!.

Sería lindo que nuestros científicos se dedicaran a cosas como estás. No creo que falten ni capacidad ni ganas, ojo. Lo que falta es sentido común para financiar la ciencia, prefiriendo pagar investigaciones sobre la construcción de la masculinidad en los álbumes de figuritas de fútbol durante el neoliberalismo o el rol de los cocineros de guiso de mondongo durante la dictadura. ¿Se imagina la manifestación de los muchachos de las facultades de sociales reclamando por la desigualdad en el acceso a la tecnología aeroespacial? A esta altura, no podemos esperar menos.

Finalmente, lo más importante: ¿qué nombre le ponemos?. Esto es clave, porque si hay algo que al peronismo le gusta más que el poder, es el poder ponerle nombres a las cosas. El afán nominativo es admirable. Pregúntele a Malena Galmarini, que se birló una máquina que se llamaba Elisa (como la primera ingeniera civil de Sudamérica) para ponerle Eva. ¡Ni que fuese José Manuel con el Palacio Ferreyra!.

Con aquel antecedente de traer a los científicos nazis que abrieron el camino, el cohete debería ser “Juan Domingo Perón”, aunque sabemos que su cohete no tenía nafta. También podría ser “Néstor Carlos Kirchner”, atento a que ya han bautizado así hasta algún bebedero en una plaza de Lules. Esa puede ser complicada, porque está ocupado orbitando en el Arsat, contemplando su patria. Seguramente, caeríamos en esas cosas como “Cóndor”, ni por el bicho que vuela los Andes sino por el operativo de secuestro del avión para llegar a Malvinas.

¡Se nos hizo largo como la cuarentena, amigo lector! Yo no dejo de soñar en que algún día veamos esas cosas. Eso sí, pierdo un poco las esperanzas cuando caigo en la cuenta de lo que dijo mi amigo Pablo al ver a todos los técnicos celebrando el despegue: así celebraban los técnicos del congreso cuando lograron sesionar por zoom.

Quizás debamos poner los pies en la tierra y pensar en llegar con el Regatta a Mina Clavero antes que con el Cóndor al espacio. Disfrute la ¿última? semana de cuarentena.