Contraataque de Nigeria

En el puñado de singles que ha subido Spotify la cantante Tems, nacida en la ciudad de Lagos, hay algo que la hace diferente al resto de las intérpretes actuales de rhythm & blues, algo que la pone en un rango vocal menos apegado al slang suburbano y más cercano a las escalas de la world music.

Por J.C. Maraddón

Aunque suene repetido, siempre es bueno recordar que un altísimo porcentaje de la música que escuchamos, inclusive ritmos que se inscriben en nuestro folklore, como la chacarera o la milonga, tienen un remoto origen en África y un recorrido que arranca con los esclavos que llegaron al continente americano. El candombe del Río de la Plata, el samba brasileño, la cumbia colombiana, el blues estadounidense y la inmensa paleta musical caribeña comparten esa misma raíz, que a partir de la difusión planetaria de esos géneros terminó fundiéndose con folklores locales de Europa y Asia, hasta definir un perfil sonoro universal que se advierte a primera escucha.

Muy poderoso debe haber sido ese soplo rítmico africano para haberse impuesto por sobre otras músicas que ya tenían un enorme arraigo cuando entraron en contacto con él. En especial, porque quienes lograron esa supremacía no estaban en condiciones de ejercer su poder sobre el resto, sino todo lo contrario. Carecían de derechos y estaban condenados a trabajar para sus amos hasta el límite de sus fuerzas. Eran comprados y vendidos como si fuesen mercaderías. Y, sin embargo, su musicalidad atravesó todas las barreras, rompió las cadenas y liberó una energía que varias centurias después sigue en ebullición.

En tanto el siglo veinte estuvo atravesado por estilos afroamericanos como el jazz, el rhythm and blues, el soul y el hip hop, lo que va del siglo veintiuno ha mostrado que esa vertiente es una cantera inagotable de la que con una constancia inusitada surgen una tras otra las nuevas joyas que nos deslumbran al escucharlas. Que así como pueden desatar emociones de tristeza y melancolía, también pueden animar fiestas y bailes con sus síncopas, que heredan de los tambores de las tribus su clima ritual, siempre contagioso a la hora de que los cuerpos se entreguen a la danza.

Tanto dio vueltas por el globo ese tam tam, que envuelto en el paquete de la civilización occidental, alguna vez volvió al África, donde se lo recicló y se lo despachó de nuevo hacia Europa y América. El llamado afrobeat fue, allá por los años setenta, uno de los primeros exponentes de esa retroalimentación, que representó la asimilación por parte de músicos africanos de aquello que en ultramar se había construido a partir del legado de las víctimas de la esclavitud. Desde entonces, este tipo de intercambios no ha cesado, al punto que ya casi no se puede diferenciar de dónde viene una cosa y de dónde la otra.

Por eso, al leer en una publicación musical de Estados Unidos la recomendación sobre una nueva cantante llamada Tems y al escuchar sus canciones, luego de regocijarnos con su exquisita interpretación, podríamos anotarla a la par de otras grandes vocalistas contemporáneas del r&b, como SZA. Pero hay en ella, en el puñado de singles que ha subido Spotify, algo que la hace diferente, que la pone en un rango vocal menos apegado al slang suburbano y más cercano a las escalas de la denominada world music.

Y es que Tems nació y creció, en Lagos, Nigeria, para después trasladarse a Johannesburgo, Sudáfrica, donde realizó estudios universitarios. De pequeña, manifestó su gran pasión por la música. Y tanto en su niñez como ahora mismo, su mayor influencia ha sido… Beyoncé. Así, de esos vaivenes de un lado al otro del Atlántico, de pronto aparece una cantante africana que admira a una diva estadounidense, pero que a la vez define su propia perspectiva artística como “independiente” y “alternativa”, aunque la prensa especializada la destaque como alguien a quien se debe prestar atención y sus temas estén en todas las plataformas digitales.