Grabois quiere un COMECON

El proyecto del piquetero Juan Grabois para crear un Plan Marshall criollo post pandemia recuerda más a su contraparte soviética, el COMECON.

Por Javier Boher
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La historia está ahí, siempre. Los hechos no pueden cambiar, aunque sí lo haga su interpretación. A medida que pasa el tiempo vamos conociendo más datos que pueden hacer que aquello que aprendimos de una forma se demuestre radicalmente distinto.

Pese a eso, algunas cosas no pueden cambiar. No se puede negar que los aviones de la Armada bombardearon la plaza en el ’55 o que los militares del ’76 aplicaron un plan sistemático de torturas. Sería de necios tratar de negar que las organizaciones guerrilleras de esa misma época cometían asesinatos políticos o ponían bombas, como también sería ridículo negar que en los ’90 aumentaron la pobreza y la desocupación. Los hechos son esos y no se pueden negar.

Por tal motivo, cuando ayer se conoció la noticia del “Plan Marshall” de Juan Grabois para reactivar la economía argentina, la sensación no puede ser menos que algo entre la risa y la lástima ante el profundo desconocimiento de la historia por parte de alguien que quiere inscribir su nombre en la misma.

La Segunda Guerra Mundial había dejado al continente europeo en ruinas. Tras librarse de la tiranía nazi, ese territorio destruido sería disputado por dos modelos, la democracia liberal y capitalista norteamericana (que estaba atravesando un proceso de estado benefactor que duraría hasta los ’80) contra el comunismo totalitario del estalinismo soviético, que hizo de la delación, el espionaje interno y el colectivismo forzado su bandera de desarrollo.

En ese contexto de emergencia de dos nuevas potencias (que reemplazarían a unas agotadas Francia, Alemania y Reino Unido) el territorio europeo era un botín que nadie se quería perder. Así fue como la norteamericanos lanzaron el Plan Marshall, un paquete de ayuda gigantesco con el que no solo pretendían recuperar la infraestructura europea, sino también ganar aliados en la defensa de la libertad contra el totalitarismo soviético. El otro bando, por su parte, lanzó el COMECON, la contraparte comunista para consolidar su hegemonía a lo largo del bloque oriental, contra la depravación del inescrupuloso capitalismo occidental.

La propuesta del monaguillo preferido del Papa Francisco va más en la línea del COMECON que del Plan Marshall, atento esgrime consignas y postulados de manifiesta armonía con el ideario marxista de los soviéticos antes que con el canon liberal de los norteamericanos.

En el plan que elevó al presidente (que haría bien en rechazarlo) se pronuncia por una serie de medidas que suenan maravillosamente bien en la teoría, pero que en la práctica de un estado en el que la corrupción es moneda corriente en distintos ámbitos de la vida terminaría por destruir el aparato productivo nacional. A 71 años de la Constitución peronista de 1949, Grabois decide honrarla con un proyecto que va en franca oposición a la de 1853.

Tal como lo presentó el periodista Adrián Simioni a raíz de otras propuestas y políticas similares, esto sería una privatización de pátina socialista, pero privatización al fin. Un estado que yo no sabe manejar ni los más mínimos resortes burocráticos debería confiar (siempre según el proyecto del líder piquetero) en la buena voluntad de organizaciones sociales que pasarían a manejar recursos recaudados por el Estado. Siempre según el proyecto, cada organización (grupo piquetero, iglesia, ONG, sindicatos) pasaría a manejar núcleos de unos 50 millones de pesos, una cifra nada despreciable (atento que además el Estado pagaría sueldos de $10.000 por cada 15 horas semanales trabajadas).

Aunque lo que motiva (teóricamente) a Grabois es una buena causa, hay que agarrar con pinzas las propuestas de los que viven como gerentes de la pobreza. Nadie duda de que de esta crisis se sale con vivienda digna, tierra para los campesinos y trabajo en blanco para los sectores populares. Sin embargo, la experiencia dicta que la gestión de fondos públicos por parte de organizaciones piqueteras no consigue esos resultados, sino que dota de una épica de lucha a la precarización laboral y busca generar aceptación de las malas condiciones de vida en los asentamientos populares a través del refuerzo de una identidad pobrista.

La historia es innegable, aunque pueda reinterpretarse. Tal vez Grabois se puso selectivo y eligió el nombre de Plan Marshall por ser sinónimo de reconstrucción y aumento de la calidad de vida a través de una inyección terrible de dinero, aunque en realidad su cabeza esté seteada para pensar en los términos del frustrado COMECON, que hundió al bloque oriental en una experiencia autoritaria en el que se alcanzaron aceptables estándares de vida a costa de las libertades fundamentales de las que pudieron gozar sus vecinos occidentales.