Nada parecido

El trío Sur Oculto subió el viernes pasado a las plataformas digitales su cuarto disco, en el que sigue ensayando esos arrestos instrumentales divergentes de las modas que, desde hace al menos dos décadas, lo sostienen como uno de los grupos más mentados del rock cordobés.

Por J.C. Maraddón

Desde que la música entró de lleno en su etapa industrial, nos hemos acostumbrado a que los estilos se imponen sincrónicamente en todas partes, como modas destinadas a permanecer a la manera de los clásicos o a caducar sin remedio una vez que se ha apagado la llama de su vigencia. Alguien tiene éxito los países centrales con un disco o una canción que suena de determinada manera y, de forma espontánea, empiezan a brotar por aquí y por allá los émulos de ese invento, que han sido cautivados por la novedad y pretenden incorporarse a la tendencia imperante.

Este proceso, que se da de un modo sistemático y que presenta flujos y reflujos a lo largo del tiempo, cuenta con algunas excepciones que dan la nota. Porque el planeta es inmenso y, tal vez, algo que prende velozmente en un sitio tarda en ser incorporado en otro. O porque algún suceso extraño hace que en cierta región se desarrollen impulsos creativos que no siguen la corriente masiva, sino que se posicionan en un estadio distinto al que transita el resto del concierto internacional. Y esos fenómenos son los que terminan instalando una sonoridad divergente, condenada a llamar la atención.

Por ejemplo, en la Argentina la música punk fue adoptada como una variante del rock nacional cuando aquel género de paternidad compartida entre Estados Unidos e Inglaterra, había entrado en su fase declinatoria en esos países donde había transcurrido su apogeo. La censura dictatorial a las ediciones discográficas impidió acceder de manera simultánea a los lanzamientos más representativos de la punkitud, que en estas latitudes tuvo sus primeros escarceos recién a comienzos de los años ochenta y que para consolidar una escena con todas las de la ley tuvo que esperar hasta fines de esa década, cuando a escala global ya había pasado al olvido.

Córdoba, que por ser tan mediterránea ve fortalecido su carácter insular, se ha caracterizado por manejarse dentro de términos muy particulares en cuanto a las vertientes rockeras que abordan sus artistas. En muchas ocasiones, ha habido una coincidencia entre lo que se escucha en los shows de los intérpretes locales y lo que marca la veleta del panorama en las principales metrópolis del mundo. Pero existe una infinidad de casos en los que han brotado experiencias inclasificables según los parámetros externos, que han tenido notoria repercusión entre los propios y que han sorprendido a los extraños.

En la década del dos mil, se dio la feliz casualidad de que varios de esos proyectos autónomos coincidieron en ocupar los escenarios de la ciudad, sin reparar en categorías ni imposiciones temporales. Sur Oculto, Tomates Asesinos, Tórax y La Desatanudos, por nombrar sólo algunos, se animaron a esquivar los moldes y levantaron las banderas de la libertad absoluta, a sabiendas de que esa falta de apego por las coordenadas del mercado podía complicarles su trayecto. Pero, más allá de cuán lejos llegaron en su carrera, han dejado una impronta imborrable y han abierto un camino que otros también se atrevieron a transitar.

Con el bajista Sebastián Teves como único sobreviviente de la formación original, el tecladista Andrés Arias (ex Tórax) y el baterista Emanuel Borgna, Sur Oculto subió el viernes pasado a las plataformas digitales su cuarto disco, en el que sigue ensayando esos arrestos instrumentales que, desde hace al menos dos décadas, lo sostiene como uno de los tríos más mentados del rock cordobés. En tanto otros eligen tocar con viento a favor, Sur Oculto persiste en su premisa: reclutar esos oídos que desean ser atravesados por un aluvión musical que no se parece a nada de lo que florece en la coyuntura de la actualidad.