Excesos de una cuarentena excesiva

Los excesos en la implementación de la cuarentena parecen estar convirtiéndose en algo cotidiano, que se agrava ante la falta de reglas claras y constitucionales.

Por Javier Boher
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Esta vez la nota debe arrancar con una aclaración. Nadie en su sano juicio puede poner a la salud de todos por debajo de otras cuestiones. Individualmente, eso puede cambiar, porque cada uno sabe con cuánta vida irá pagando el vivir la vida.

Sin embargo, la salud va más allá de un virus que sigue siendo una amenaza para todo el colectivo nacional desde hace dos meses. La cuarentena no frena a las otras enfermedades, disminuye los controles de algunas personas con tratamiento, reduce la vacunación infantil o las consultas por algunos dolores que se ningunean y terminan matando.

La cuarentena produce angustia (aunque en la conferencia de prensa para el Estado de Buenos Aires se olvidaron de los que la sufrimos en el territorio de la Confederación), por no poder estar con los seres queridos, no saber de qué se va a vivir en el futuro ni cómo se puede hacer las cosas “bien” para recuperar la vida pasada, en lugar de soñar con una “nueva normalidad” que suena tan anormal que asusta.

Sin embargo, hay otro tipo de salud que también está en juego en esta cuarentena excesivamente larga. Esa salud es la de las instituciones, que parecen haber sido olvidadas por aquellos que las enarbolan sólo como enunciado para resguardarse ante las críticas. La práctica, lamentablemente, deja a la vista que algunos no les tienen mucho aprecio.

El jurista Roberto Gargarella advirtió, en una entrevista para el diario La Gaceta, sobre los riesgos de esta cuarentena “floja de papeles”. Aunque no ha sido decretado el Estado de Sitio, en la práctica los derechos y libertades de los ciudadanos argentinos están atados a los decretos presidenciales y a la voluntad de los mandatarios provinciales y municipales, que imponen su visión del mundo ante la inacción de los otros dos poderes de la República. A su entender, hay un Estado de Sitio de facto que es incompatible con nuestro orden constitucional.

Esa situación ha empezado a dejar cada vez más en evidencia las fallas de los gobiernos que se sienten más cómodos nadando en aguas turbias que expuestos en aguas cristalinas. El endiosamiento de las instituciones de policía -sin reglamentos claros o avalados en los excesos- ha empezado a generar situaciones que no han sido debidamente expuestas a la luz pública.

Este fin de semana hubo dos casos importantes. Por un lado, la protesta de los empleados municipales de Pico Truncado, Santa Cruz, por los despidos ordenados por el intendente. Tras la represión policial se reportaron tres desaparecidos, en una ciudad no mayor que Río Ceballos.

Por otro lado, el caso de Luis Espinosa, en Tucumán. Tierra del tenebroso Malevo Ferreyra y escenario del Operativo Independencia, algunas prácticas se resisten a ser abandonadas. Espinosa fue “chupado” por la policía en un operativo para detener a gente que estaba violando la cuarentena (que no era el caso de la víctima, que estaba volviendo de cobrar la pensión de su madre).

Unos días después, tras la presión social y el trabajo de la periodista Mariana Romero, la cosa se empezó a mover. Finalmente el cuerpo de Espinosa apareció en Catamarca, a más de 100km y a 150 metros de profundidad en un acantilado en el que quisieron esconder su crimen.

Esos casos se sumaron a otros conocidos en estos dos meses de insano confinamiento. En los inicios de la cuarentena, en San Luis apareció ahorcada en su celda una mujer que -según sus familiares- había sido interceptada por la policía mientras iba a hacer las compras. Algo parecido pasó en Santiago del Estero, donde un hombre fue detenido, torturado y vejado tras haber sido detenido camino a comprar milanesas para los hijos. Menos suerte tuvo el adolescente que, también en Santiago, fue brutalmente golpeado, hasta que terminó perdiendo la vida en la terapia de un hospital. Todos dicen estar haciendo respetar la ley, esa que emana de un decreto presidencial y las reglamentaciones de los poderes locales.

Por último, lo que se ve en provincia de Buenos Aires, donde hay una política activa de confinamiento mediante el establecimiento de un cerco militar. No hay dudas de que el aislamiento de los focos es una política válida en estos tiempos, aunque los modos transmitan mayormente el miedo de las autoridades de que eso se desparrame antes que la voluntad de trabajar de acuerdo a una política de salud seria.

En último lugar, pero no menos importante, la situación de Córdoba. Aquí es donde una justicia perezosa, en feria permanente, privilegiada por la intangibilidad de sus ingresos, que hace paro en defensa de sus prerrogativas elitistas, decidió imputar a dos médicos que ejercieron su trabajo de acuerdo a los protocolos existentes al momento, dejando hasta ahora libres de toda sospecha a los numerosos actores que tienen que ver con ese brote de Saldán.

Esa misma justicia es la que también imputó a tres comerciantes que decidieron ejercer su derecho constitucional a protestar siguiendo las mismas prácticas de higiene que los políticos que parecen estar permanentemente al margen de las normas. No sería de extrañar que, en su extralimitación habitual, decidan imputar a los médicos y ciudadanos que se manifestaron pacíficamente el lunes, en un acto de civilidad que nada tiene que ver con la barbarie sindical tradicional de los gremios que vandalizan regularmente el centro de la ciudad.

La cuarentena parece haberse convertido en una excusa perfecta para que los poderes de turno justifiquen los excesos de quienes deben hacer cumplir las normas, convirtiendo -de manera perversa- a las víctimas en los malos, en sujetos que se oponen a respetar los designios de un poder de facto indignamente endiosado por mentes que solo conocen de servilismo.

No sólo se trata de cuidar la salud de argentinos imaginarios que viven en el éter discursivo. También hay que cuidar la salud de las instituciones, esas que resguardan los derechos y libertades de los argentinos de carne y hueso que sufren las consecuencias de una cuarentena sin reglas claras.