Otra batalla numismática: el Carrillogate

Otra vez a debatir sobre los billetes, una excentricidad propia de un país que hace culto a la inestabilidad.

Por Javier Boher
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Ya es casi imposible seguir cronicando sobre lo mismo una y otra vez. La batalla por la numismática es una más dentro de la insólita cantidad de cuestiones politizables por los fanáticos de oponerse a todo lo que proponen los otros. Una cosa es ser opositor; otra muy distinta, ser un denso.

El fin de semana hubo algo de revisionismo histórico cuando el diario La Nación dio a conocer uno de los diseños propuestos para el billete de $5000. Tras algunos rumores y una desmentida en boca del presidente, desde el rotativo decidieron exhibir algunas de las pruebas que tenían sobre la cuestión. De acuerdo a lo publicado, el billete ya estaría incluso en producción.

La cuestión por el pasado y la política se tornó central al revelarse las efigies elegidas para aumentar la cantidad de papel moneda en circulación. Cecilia Grierson, Ramón Carrillo y el Instituto Malbrán. Los densos de la hiperpolitización no iban a demorar en salir a cuestionar todo.

Sobre Cecilia Grierson no hay mucho para cuestionar. Primera mujer médica en el país, fue un ejemplo para el incipiente movimiento feminista que bregaba por la igualdad de derechos. Su figura fue una guía para muchas mujeres que salieron a buscar la igualdad sin pedir permiso, eligiendo la tenacidad y la resiliencia antes que la victimización permanente por la opresión que ejerce sobre su género la letra O.

El Hospital Malbrán fue inaugurado bajo la primera presidencia de Yrigoyen, fruto del país que pensó la oligarquía cientificista que tanto detesta el kirchnerismo duro (aunque su práctica y apertura política se le parezcan bastante). Es uno de los símbolos de la medicina argentina, con grandes figuras que pasaron por entre sus filas. Golpeado por su papel en los primeros días de esta crisis (que hablan más de la política que conduce la salud que de la salud que puede garantizar el instituto) su lugar -como el de Grierson- no fue mayormente objetado.

La última presencia, sin embargo, fue la que pateó el avispero de gente cansada de la cuarentena y con acceso full time a Twitter. Allí fue donde se jugó un durísimo partido entre adoradores y detractores de Ramón Carrillo, piedra basal del sistema de salud pública de Argentina.

Ministro de Salud de los dos primeros gobiernos del General Perón, revolucionó la estructura de la prestación de salud en el país, ampliando la cobertura muy por encima de lo que existía hasta entonces. No se puede negar la magnitud de su obra, que sin lugar a dudas seguimos explotando -en un amplio sentido de la palabra- hasta el día de hoy.

La principal acusación que sufrió Carrillo fue la de nazi, grosero epíteto que se usa para descalificar prácticamente a cualquiera. Hay que tener cuidado de no gastarlo, porque cuando aparecen de vuelta los nazis verdaderos, ya no va a haber forma de denominarlos (como pasa en Estados Unidos con la “Alt Right”, la extrema derecha a la que no llaman con su nombre real).

Sin fungir como defensor de Carrillo, en ese momento el nazismo era un discurso de fuerza a nivel global. Hasta los comunistas eran nazis en los inicios de la Segunda Guerra Mundial. Era como defender hoy, por ejemplo, a la dictadura China.

Los supuestos eugenésicos y supremacistas eran parte del discurso científico del siglo XX, alcanzando incluso a José Ingenieros, pensador asociado a la izquierda que, sin embargo, escribió sobre la superioridad de la raza blanca argentina.

No hay que confundirse: en plena guerra ya se sabía que ser nazi estaba mal, pero fue una vez que el régimen estaba derrotado que se conocieron sus barbaridades. Eso no aseguró que gente que ya tenía un convencimiento en los postulados enarbolados por el nacionalsocialismo los pusiera en cuestión hasta deconstruirlos, como se ha puesto de moda decir ahora. Nunca hay que olvidarse que la mayor reunión pública en apoyo del nazismo fuera de Alemania fue en Buenos Aires, bajo la protección y el auspicio de la dictadura de la que formó parte Juan Domingo Perón y desde la que construyó su liderazgo.

Cada persona es fruto de su tiempo. Así, Roca no hizo la campaña del desierto por gusto, como un psicópata que disfruta asesinar indios, ni Carrillo intentó curar la homosexualidad por hobby, sino por un genuino interés de la ciencia de aquel tiempo. Hoy sabemos que estuvo mal y no reivindicamos esa parte para nada rescatable.

Lo que poco recuerdan los que defienden al gran sanitarista, es que fue cercado progresivamente por el ala más corrupta del peronismo, cercenando de a poco su poder en pos de obtener beneficios a través de la corrupción en el sistema de salud pública, nada a lo que no se hayan acostumbrado hasta el día de hoy. Terminó exiliado en tiempos de la Revolución Libertadora, pero su ocaso había empezado ya en tiempos del peronismo.

El debate sobre Carrillo sí o Carrillo no es exagerado. Sí parece que, ante la oportunidad de poner a una mujer en el billete, se debería priorizar al género que corre en desventaja (y además con una figura con laureles más que suficientes).

Lo que no debe perderse de foco en esta absurda discusión sobre lo que se le estamos a los billetes es que, de salir hoy a circulación, el billete de mayor denominación valdría -al tipo de cambio paralelo- aproximadamente un tercio de lo que valía hace dos décadas, pese a que es nominalmente 50 veces mayor. ¿Podrán Carrillo o Grierson -desde su billete y aprovechando su profesión- curar a la convaleciente moneda argentina?. Crucemos los dedos.