Un año, un siglo

La reelección de Schiaretti fue también una buena noticia para Macri aunque, como cortesía hacia sus aliados mediterráneos, la festejase en sordina. El cordobés había sido un aliado estratégico para su gobierno e interlocutor confiable con los gobernadores peronistas.

Pablo Esteban Dávila

Entre las efemérides políticas de ayer hubo una que no podía pasar inadvertida: el triunfo de Juan Schiaretti en las últimas elecciones provinciales. El almanaque señala que ha transcurrido sólo un año del acontecimiento, pero, para los tiempos políticos, se antoja casi un siglo.
Por entonces todo el mundo descartaba, tanto en Córdoba como en el resto del país, que el gobernador se impondría con comodidad, pero nadie imaginaba que por una diferencia de más de 35 puntos sobre Mario Negri, el representante del presidente Mauricio Macri. La magnitud del triunfo hizo que Schiaretti se consolidara en el escenario nacional y que todas las miradas se dirigiesen a él. Aunque impedido de postularse a la presidencia (su electorado local nunca le hubiera perdonado una aventura semejante luego de haberlo reelecto), en general se descontaba que sería el armador del Peronismo Federal y que jugaría fuerte en las generales de octubre.
No obstante de que hoy pudiera parecer una entelequia, por entonces se vaticinaba que el peronismo no K tenía un gran futuro. Convergían en tal espacio Schiaretti, el salteño Juan Manuel Urtubey, el senador Miguel Angel Pichetto y Sergio Massa, antiguo aliado de José Manuel de la Sota. El exministro Roberto Lavagna parecía, asimismo, ser de la partida, pero sus erráticas movidas lo convertían en un alfil impredecible y vanidoso.
La estrategia de los federales era simple y bien podría haber resultado. Utilizarían las PASO para dirimir sus candidaturas (pese a que Lavagna reclamaba ser ungido presidente por aclamación) y competirían mano a mano con Macri y Cristina, ambos ya lanzados a la carrera por la Casa Rosada. Cualquiera de sus referentes tenía chapa nacional y una imagen razonable; el experimento estaba a un tris de consolidarse.
La reelección de Schiaretti fue también una buena noticia para Macri aunque, como cortesía hacia sus aliados mediterráneos, la festejase en sordina. El cordobés había sido un aliado estratégico para su gobierno e interlocutor confiable con los gobernadores peronistas. Tras su triunfo, el presidente suponía que sería uno de los factores que debilitarían aun más las posibilidades de la expresidenta para regresar al poder y que, por carácter transitivo, apuntalaría las suyas propias.
Debe recordarse que, por entonces, la principal hipótesis del gobierno de Juntos por el Cambio descansaba en la polarización. Al igual que en 2015, perder contra el kirchnerismo en primera vuelta era una alternativa que se aceptaba sin complejos, porque se estimaba que el asunto revertiría en el balotaje. Amplios sectores de la población todavía detestaban a Cristina y aquel encono era la mejor carta del gobierno nacional, pese a la crisis económica generada por su propia impericia. En tal escenario, un Peronismo Federal robusto sería funcional a los lineamientos trazados por las principales espadas del macrismo.
Pero todos estos planes duraron una semana, más exactamente, cinco días hábiles desde los resultados en Córdoba. El sábado 18 de mayo, la expresidenta anunciaba por Twitter que acompañaría a Alberto Fernández como compañera de fórmula. La jugada resultó magistral. Buena parte del peronismo, aliviado de no tener que cargar con la mochila simbólica del kirchnerismo, se encolumnó rápidamente detrás de Fernández, como si su entronización no se debiera, en verdad, a una solitaria decisión de Cristina. Mágicamente desaparecieron los resquemores y las alas derecha e izquierda del justicialismo prometieron lealtad al improbable candidato. Los federales, tras paladear efímeramente la gloria, se hundieron en el desconcierto.
Similar sensación inundó al oficialismo. Una cosa era Cristina y otra muy distinta el señor Fernández, crítico hasta épocas recientes de las gestiones de aquella. ¿Cómo podrían polarizar en adelante? Sin polarización no había futuro. En las elecciones primarias pudieron observar como lucía el rostro de la desesperación.
Desde que Fernández saltó al ruedo, la coalición apadrinada por el gobernador de Córdoba literalmente estalló. Pichetto devino compañero de fórmula de Macri -una movida que, por cierto, tuvo gran audacia-, Urtubey terminó acompañando al inescrutable Lavagna y Massa, pese a todas sus promesas y juramentos, regresó al Frente de Todos sin ruborizarse. Schiaretti quedó en soledad y, de hecho, se declaró prescindente en la contienda nacional, una decisión que el actual presidente cuestionó duramente al menos un par de veces en su campaña.
Es probable que Cristina nunca haya tenido en mente un modelo de país en sentido estricto, más allá de sus convicciones al estilo de Sierra Maestra o de la portación de un ininteligible romanticismo pseudo revolucionario. Sin embargo, no hay dudas de que sus definiciones por la negativa son potentes y agudas. Renunció a lo que en derecho le correspondía para que Macri no accediera a un nuevo período y para que sus críticos en el peronismo no delinearan la futura agenda de un partido al que siempre menospreció. Además, es imposible descartar que haya supuesto, asimismo, que manejaría al nuevo mandatario desde el Senado, un extremo siempre imaginado pero que, por ahora y debido al coronavirus, no ha podido certificarse de momento con certeza absoluta.
Hoy es casi temerario recordar aquel país político. El kirchnerismo se ha reconfigurado en algo nuevo, mezcla de sus anteriores arrebatos izquierdistas y la visión más prosaica del justicialismo orgánico. Detenta nuevamente el poder y sus diferentes espacios han loteado el aparato del Estado. El liderazgo único, plebiscitario y excluyente, que lo caracterizara desde su irrupción en la política argentina allá por 2003, convive ahora con otro liderazgo de carácter formal, pero que cuenta con el respaldo interesado de todos aquellos que suponen que, sin Fernández, el país volvería nuevamente al enfrentamiento, a la famosa grieta.
Un año que parece un siglo; no hay mucho más que decir. Hasta la famosa frase de Ramon Mestre sobre que “comenzaría de cero” tras su derrota como candidato del radicalismo luce clásica, atemporal, pues todavía no ha comenzado a reconstruir nada pese al tiempo transcurrido. Es un hecho, por lo tanto, que la dinámica política superó la imaginación más creativa que, de haber existido, incluso tendría que haber pasado por la prueba de ficción que suponía el anticiparse a la aparición del Covid-19, un invitado global inexistente hasta finales de 2019. Es la pandemia, precisamente, la que aporta la cuota dramática, distópica, que hace que el pasado reciente sea recordado, simplemente, como “el pasado” a secas, más cerca de Irigoyen que de Alberto Fernández.