No todo lo que viene de afuera es bueno

Como tantas veces, la tentación de controlar a la gente es más fuerte que la de dejarla elegir. Quizás afuera las app como CuidAr andan, pero en este país es muy difícil.

Por Javier Boher
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Amamos lo que viene de afuera. No sabemos bien de qué se trata, pero por las dudas compramos. Pasa con la ropa, el calzado o la electrónica. Pero también con las políticas públicas.

Después de que largó este bicho por el extremo oriente, todos empezaron a ver qué hacían los países afectados para tratar de aprender algunas herramientas para hacerle frente a lo desconocido. Así fue como compramos la cuarentena, un elegantísimo producto que -según algunos cálculos optimistas- haría caer el PBI del segundo trimestre alrededor de un 7% interanual. ¡Gracias a Dios que veníamos con recesión, porque sino el parate se notaría más!.

Así llegaron también los barbijos, esa excentricidad china que se convirtió en compañero obligado para ir a la verdulería, al súper o a la estación de servicios. Al principio nadie creía que sirviera, pero finalmente terminó pegando, como la joggineta. Es feo y caluroso como borceguí industrial barato, pero al igual que en ese caso, cumple con su función más allá de otras cuestiones.

El último grito de la moda, el más difícil de aceptar, es el de las aplicaciones de seguimiento. ¡Qué maravilla tecnológica esa de saber todo el tiempo adónde estás!. Es casi como una tobillera electrónica de esas que no les quisieron poner a los presos que largaron hace dos semanas. Sería el curioso caso de creer en la buena voluntad de los delincuentes pero no en la de los trabajadores. Sublime.

Acá vuelve el mismo debate de siempre, ese sobre libertad y seguridad, un dilema que preocupa a occidente desde que el liberalismo planteó que cada uno haga lo que quiera mientras las cosas funcionen. Ahora que se puso de moda echarle la culpa de la pandemia a la globalización y la democracia, aparecen los vivos a querer menos libertad con la excusa de la seguridad.

Por eso en su alocución de la semana pasada el presidente volvió a mencionar a la app CuidAr, que pasó de ser un test rápido digital en busca de síntomas optativo a una aplicación obligatoria de rastreo de personas y permiso laboral. Aunque esto último de la obligatoriedad se matizó en las últimas horas, la sola idea de que rl gobierno pueda tener acceso a nuestra ubicación de manera permanente no suena de lo más confiable.

Obviamente que hay gente que cree que esto está bien, que en China (dónde hace más de 70 años hay dictadura) funciona diez puntos, que en Corea del Sur (una democracia de menos de 40 años) nadie se queja y que en Japón (que vivió aislado en el feudalismo por 250 años, seguido de casi 100 años bajo una monarquía y solo los últimos 75 de democracia) la gente acepta que el gobierno se le meta en el celular. Lo simpático es que muchos de los que defienden esta situación hace no tanto tiempo se oponían a que la policía te pida el DNI en el colectivo. ¡Qué tiempos aquellos!.

La aplicación parte de una concepción vigilante de la política -tan típica de nuestro país- y de una concepción benigna de la tecnología. Obviamente que esta última por sí misma es neutral (siendo generosos), pero el tema es quién la usa, para qué la usa y cuándo la usa. No es lo mismo darle nuestra información de manera voluntaria a una empresa como las de redes sociales, que a un Leviatán que tiene a gente armada controlando las calles o que puede cambiar las leyes del país.

De este modo, el gobierno nos pide que les entreguemos compulsivamente nuestra información (vale la pena recordar el revuelo cuando Emilio Basavilbaso, ex titular de Anses, pidió unificar datos con AFIP, algo hasta ahora prohibido) y que confiemos en su palabra de que sólo será para datos estadísticos y anónimos que usará el ministerio de Salud, como si fuese tan fácil olvidarse que en esta tierra a un Ministro de Defensa se le perdió un misil y a una de Seguridad le robaron la base de datos de agentes infiltrados en organizaciones criminales.

Pese a todo lo antedicho, lo más importante es que no se lo puede auditar, porque el código fuente es secreto. No sólo eso: los términos y condiciones dicen que no se puede hacer ingeniería inversa para saber cómo funciona ni comunicar lo que se descubra. Eso suena muy tranquilizador… para el que diseñó la aplicación (que dicho sea de paso, fue uno de los “unicornios” informáticos del país).

Debemos ser justos: hoy la gente de Juntos por el Cambio pide informes, pero bajo premisas similares nos quiso enchufar el voto electrónico o las cámaras de seguridad, extendiendo además el sistema de información biométrica. Se justificaban, como los que gobiernan ahora, con eso de ¿qué tenés que ocultar?. No deberían enojarse si reciben un “¿Yo? Lo que quiera” como respuesta.

Finalmente, algo no menos importante. ¿Qué pasaría con los que no quieran tener celular?¿Y los que lo pierdan?¿Y los que no tienen o no lo saben usar?. Hay tantas cosas para resolver antes de adoptar una moda tan autoritaria como esa, que casi no vale la pena detenerse a demostrarles que no combina con los ropajes que ya usa la sociedad argentina.