Las tonterías for export de Alberto Fernández

Es un error metodológico inferir resultados definitivos sobre un problema que evoluciona cotidianamente y sobre el que todavía no existen certezas definitivas, al menos desde una perspectiva científica.

Por Pablo Esteban Dávila

El kirchnerismo sigue sin entender que las relaciones internaciones son demasiado importantes como para dejarlas libradas al azar o, lo que es peor, a la política doméstica. Desde 2004, y con la salvedad del interregno macrista, la Argentina tiene un severo déficit en la materia. Ni Néstor ni Cristina Kirchner acertaron en la formulación de una adecuada política exterior y, por lo que se advierte de momento, tampoco Alberto Fernández.

En las conferencias de prensa montadas a los efectos de informar las decisiones sobre la cuarentena, el presidente insiste en comparar la evolución de la pandemia con otros países. En su exposición del 10 de abril lo hizo con Chile, en tanto que, en la del viernes pasado, la emprendió contra Suecia. En ambos casos, los cotejos le trajeron problemas gratuitos, perfectamente evitables.

Se trata, en el fondo, de un problema ideológico que contamina el pensamiento del mandatario argentino. Él cree que las cuarentenas estrictas son implementadas por administraciones que, entre la economía y la vida, optan por la segunda, mientras que la versiones más light o flexibles son propias de regímenes que privilegian al mercado por sobre la salud pública. Su mentora, la actual vicepresidenta, es todavía más radical respecto a la supuesta dicotomía.

Por tal motivo, el presidente no quiere ni escuchar a nadie que le señale los peligros de mantener a la economía en coma inducido, tal como ha venido sucediendo hasta ahora debido a las decisiones implementadas desde la Casa Rosada. “Son mentirosos” -los descalifica sin más. Por carácter transitivo, este adjetivo debe ser aplicado a los gobiernos de otros países que han optado por una vía diferente a la suya.

Cuando Fernández confrontó la cifra de contagios locales con Chile, desde el palacio de La Moneda se le hizo llegar un informe oficial que aseguraba que “que es lógico que (aquel país) tenga más casos de Covid-19 debido a que la cantidad de test de esa enfermedad son más masivos” que los realizados en Argentina, insinuando, entrelíneas, las molestias del caso. Posteriormente, el argentino se comprometió a trabajar en conjunto con su par trasandino, insistiendo que “no quería polemizar” por estos temas. No obstante su rusticidad, el episodio podría haber sido disculpado como un error no forzado, propio de una administración que enfrenta un desafío mayúsculo a poco de comenzar su mandato.

Sin embargo, lo sucedido con Suecia ya no puede ser dispensado con similar indulgencia. Fernández acometió contra el modelo implementado por Estocolmo como si fuera la quintaescencia de la indiferencia humana, comparándolo desfavorablemente con la cuarentena de Noruega, con menor cantidad de muertes por Covid-19 que su vecino.

Este es claramente un error diplomático, especialmente en un mundo en donde todo se sabe al instante. Pero también es un error metodológico inferir resultados definitivos sobre un problema que evoluciona cotidianamente y sobre el que todavía no existen certezas definitivas, al menos desde una perspectiva científica. Esta fue, en esencia, la flemática respuesta del gobierno del primer ministro Stefan Löfven ante las peyorativas referencias de Fernández.

El texto es impecable. “En esta situación” -concluye un comunicado distribuido por la legación sueca en Buenos Aires- “es difícil hacer comparaciones directas entre las medidas de contención que han adoptado diferentes países. Suecia tiene tasas de mortalidad por Covid-19 más altas que algunos otros países que han impuesto la cuarentena, y más bajas que otros que también han impuesto la cuarentena. Esta es una nueva enfermedad y pasará tiempo antes de que sepamos qué modelos funcionan mejor (…). ¿Hace falta mayor lección de sentido común y de humildad frente a lo desconocido? La sobriedad elegida por los aludidos pone en evidencia la grosería presidencial y que hace gala de una elegancia minimalista, casi como la de los muebles de Ikea, también de procedencia escandinava.

Es evidente que la administración del Frente de Todos no comprende como funciona el mundo. Aunque sin la tosquedad de Donald Trump ni las torpezas de Jair Bolsonaro, Fernández cae en el viejo error argentino de creer que nuestro país es señero en el concierto internacional. Esto, claramente, no sólo que es incorrecto sino que, además, agrega una nota de candidez al manejo que la Casa Rosada hace de las relaciones con el resto de las naciones.

A los yerros señalados debe sumarse la esquizoide política seguida hasta el momento respecto del Mercosur o la frialdad (a todas luces inapropiada) dispensada en los últimos meses hacia Brasilia y Montevideo, capitales manejadas por líderes que, con todo derecho, tienen pensamientos diferentes a los que postula el argentino. La emocionalidad ideológica no es buena consejera cuando se trata de los intereses nacionales, especialmente en un momento en que se necesita del concurso de países y acreedores externos para evitar un nuevo y costoso default.

Es indudable que a Fernández le cuesta aprender los límites geográficos que separan las cuestiones internas de las relaciones internacionales. Debe hacerse notar, a su favor, que no fue el depositario de una buena educación que al respeto, sus predecesores K le prodigaron. Es posible recordar de las patéticas imágenes de Néstor paseando en plena selva colombiana con Hugo Chávez buscando infructuosamente a las FARC y desairando a Bogotá, opuesta a cualquier mediación bolivariana. O los desaciertos de Cristina, invariablemente supeditada a Caracas o a regímenes dudosamente democráticos, pero siempre suficientemente alejada de las grandes potencias occidentales. El propio Fernández fue protagonista, cuando fungió como Jefe de Gabinete, de uno de los principales papelones diplomáticos de la historia criolla, como lo fue el enfrentamiento con el Uruguay por la pastera Botnia en 2005. La inefable Romina Picolotti fue designada, por su sugerencia, secretaria de Medio Ambiente gracias a su actuación como abogada los piqueteros que entonces cortaban el puente internacional con Fray Bentos.

Son tonterías for export que, lejos de alentar correcciones de estilo, mueven al pesimismo, como asimismo lo hace la inacción del canciller Felipe Solá, quien todavía no acierta a definir la estrategia de la cartera a su cargo. Son demasiados interrogantes para una época que, si algo la caracteriza, es la globalización de los problemas y las oportunidades. Si el gobierno insiste en mirarse el ombligo, generando malentendidos a todas luces innecesarios con otras naciones, la Argentina continuará en la senda de su irrelevancia mundial, que tantos estragos ha producido en su prestigio.