La primera derrota del SUOEM en 36 años

El SUOEM era un gremio invicto. Su última derrota databa en 1984, cuando el entonces intendente Ramón Bautista Mestre se negó a renovar los contratos de los empleados efectivizados durante la gestión del intendente de facto Eduardo Cafferata, dando origen a una extendida una huelga de hambre en la explanada del Palacio 6 de julio

Por Pablo Esteban Dávila

El SUOEM era un gremio invicto. Su última derrota databa en 1984, cuando el entonces intendente Ramón Bautista Mestre se negó a renovar los contratos de los empleados efectivizados durante la gestión del intendente de facto Eduardo Cafferata, dando origen a una extendida una huelga de hambre en la explanada del Palacio 6 de julio. Al final, los municipales tuvieron que ceder. Mestre completó dos mandatos pletóricos de obra pública y orden administrativo.

Después de aquel revés en los albores de la democracia, todas fueron rosas. El sindicato supo arrancarle al propio Mestre un estatuto al final de su segunda gestión que, pruebas a la vista, a la postre padecieron sus sucesores. Ya en plena convertibilidad, cuando la estabilidad de precios era la norma en la economía argentina, se las arreglaron para que Rubén Américo Martí les otorgase dos incrementos salariales con graves consecuencias, adelante, sobre la estructura de costos del municipio.

Posteriormente, y ya durante la administración de Germán Kammerath, el SUOEM se lanzó de lleno a hacer política. Con franco desprecio hacia la voluntad popular que lo había depositado en el Departamento Ejecutivo, sus militantes organizaron una revocatoria con el único fin de eyectar al liberal de la intendencia. Aunque casi lo logran, la cantidad de irregularidades que se constataron en el proceso revocatorio -especialmente, la escandalosa falsificación de firmas de los que supuestamente pretendían que Kammerath abandonara su mandato- determinó que la Corte Suprema de Justicia de la Nación anulase todo el procedimiento.

La algarada contra Kammerath coincidió con el ascenso al estrellato político de Luis Juez, el fiscal anticorrupción de José Manuel de la Sota. Empeñado en descubrir (e inventar, preferentemente) corruptos, Juez supo ver en el SUOEM un aliado imprescindible para llegar a la intendencia, cosa que efectivamente logró en las elecciones de 2003. Fue el apogeo de Rubén Daniele y de sus afiliados. En los cuatro años de la gestión del Partido Nuevo, Juez nombró 5.000 parientes y amigos de los principales cuadros sindicales, agravando las inconsistencias financieras del municipio. Nunca tuvo un conflicto con el gremio: cedió siempre, prolija y gustosamente, a cada una de sus demandas.

Le cupo a Daniel Giacomino tomar nota de las gravísimas consecuencias de las políticas implementadas por su amigo y predecesor. En menos de un año, Giacomino rompió lanzas con Juez y se dedicó a tratar de recortar el poder del SUOEM, sin lograr prácticamente nada. Abandonado por los concejales del Frente Cívico y casi sin auxilios reales por parte de la Nación, más allá de su confesa condición de “soldado” de Cristina Fernández de Kirchner, su gestión estuvo signada por la crisis. Sólo el respaldo del gobernador Juan Schiaretti hizo que pudiera zafar de consecuencias más gravosas.

Con Ramón Javier Mestre, en el poder desde 2011 hasta el año finales del año pasado, el sindicato mantuvo una relación tensa, de mutua desconfianza. Sin embargo, Mestre se las arregló para sobrellevar la relación de una forma bastante digna, aunque es preciso destacar que, durante sus dos mandatos, los municipales lograron incrementos salariales que, en general, fueron mayores que la inflación.

Mestre comprendió que la sociedad no respaldaría un conflicto prolongado con el SUOEM a pesar del odio que los vecinos dicen sentir hacia el sindicato y sus conductores. Tanto Kammerath como Giacomino confiaron en que la opinión pública tendría la fuerza suficiente como para frenar los excesos gremiales. Se equivocaron. En cambio, el radical se limitó a jubilar a Daniele por decreto y divertirse con la posterior comedia de enredos de sus seguidores, pero no pudo avanzar sobre la racionalización del gasto municipal; tales fueron sus módicas aspiraciones frente a este inveterado problema.

Con Llaryora no se esperaban mayores novedades y, de hecho, el peronista se abstuvo en sus primeros sesenta días de gestión de clarificar sus intenciones. Pero el Coronavirus modificó abruptamente el escenario. Para el municipio, en adelante, sólo importaron dos cosas: que el gobernador, otrora el gran valedor de los intendentes capitalinos, no enviaría un peso más y que, ahora, el sanfrancisqueño debería valérselas por sí mismo.

Justo es decirlo, el intendente decidió tomar el toro por las astas a pesar de no tenerlas todas consigo. En un audaz golpe de mano pergeñado con el viceintendente Daniel Passerini, el viernes el Concejo Deliberante votó una ordenanza por la cual se redujo por ordenanza la jornada laboral de los empleados municipales que, en adelante, trabajarán sólo 6 horas. Esto equivale a un ahorro de entre el 10 y el 14% en los gastos municipales; una pequeña fortuna, dadas las circunstancias.

El SUOEM acusó el golpe. Durante el debate sólo pudo reunir a un centenar de dirigentes frente al Consejo que fueron rápidamente imputados por violar la cuarentena. Aunque sus autoridades prometen judicializar el asunto, les esperan días complicados, tanto en el fuero penal como en el laboral. Es posible que, esta vez, la justicia sea menos contemplativa con ellos. Es difícil pensar que algún juez pueda darles la razón a gente que cobra el triple del promedio de los salarios del sector privado, con o sin recorte de horas.

Puede que la estrategia del Ejecutivo haya sido improvisada sobre la marcha pero, en retrospectiva, parece una operación digna de grandes empresas. Llaryora y Passerini jugaron fuerte, sin esperar el apoyo de nadie, excepto del gobernador. Tuvieron bien presente que, al principio de los conflictos laborales, tanto los vecinos como la prensa juzgan razonables los afanes de las autoridades pero, a medida que las refriegas se intensifican, cobran más relevancia los reclamos de que se terminen cuanto antes los desórdenes antes que el apoyo a las políticas que les dieron origen. La experiencia indica que los grandes medios de comunicación son los que defeccionan con mayor ligereza frente a las sinrazones gremiales.

En este sentido, el peronismo es el partido que más rápido aprende de las lecciones anteriores y de la cortedad de los respaldos sociales o periodísticos. Tómese, por contrapartida, el penoso espectáculo de la oposición (muchos de cuyos integrantes fueron gobierno municipal hasta diciembre pasado) votando en contra del recorte por auténticas tonterías reglamentarias. ¿Porqué el radicalismo no aprovechó la coyuntura para cobrárselas a quienes tanto hicieron para complicar las gestiones mestristas? ¿Es que nadie es capaz de apreciar las cosas con la perspectiva adecuada?

Incluso Rodrigo de Loredo, quizá el cuadro radical con mayores expectativas, cayó en la trampa del corto plazo. Aunque se especulaba con que apoyaría la iniciativa oficialista (es una forma de blindarse contra futuras desmesuras del SUOEM) el apriete de su propio partido y el riesgo de transformarse en un outsider involuntario lo hicieron cambiar de opinión. Más allá de su buena imagen, sabe que debe contar con una estructura de apoyo si quiere llegar a la intendencia y, por ahora, no tiene otra a mano que la de la UCR. Se trató de una retirada táctica que, en el fondo, habla más de sus correligionarios que de él mismo.

El SUOEM era un gremio invicto. Lo fue hasta el viernes, cuando el peronismo le hizo morder el polvo por primera vez en 36 años y frente a la pusilanimidad opositora. Llaryora sacó chapa de conductor frente a propios y extraños, en tanto que Passerini demostró un manejo apropiado del bloque mayoritario y de los tiempos necesario dentro de una crisis sin precedente. El propio Daniele, que imaginaba regresar a la conducción gremial casi como un Napoleón recién desembarcado desde la isla de Elba, enfrenta ahora un desafío para el que no estaba preparado. Para colmo, con una hora menos de trabajo, en plena cuarentena y enrolado dentro de los grupos de riesgo.