Ahora viene lo más difícil: sostener la decisión

Llaryora se juega ahora el necesario empoderamiento del intendente. Las urnas le dieron el cargo; él tiene que ganar autoridad. Tiene los astros alineados: apoyo cívico que se lo puede marcar cualquier encuesta y respaldo del gobierno provincial. No de la chequera, sí de sus espaldas. Ninguno de los intendentes desde 1999 ha contado con la cobertura de la Provincia. Llaryora la tiene y ahora tiene que poner él lo que hay que poner.

Por Gabriel Osman

FOTO: Paul Amiune

En la cultura del Colegio Militar de la Nación impera una consigna: “Desenvainar con razón; envainar con honor”. El lenguaje castrense, para bien de la sociedad civil y los propios militares, dejó de estar de moda hace décadas. Demodé y lo que fuera, la frase está llena de sabiduría. También para la política y aplica en el caso que por estos días tiene candente vigencia en la ciudad, el cruce que enfrenta al sindicato municipal y los vecinos de Córdoba, intermediados para el caso por el intendente Llaryora.

La decisión, ya ordenanza, de una quita del 10% de los sueldos de los empleados municipales y la posibilidad de reorganizar una planta de empleados que en muchas dependencias se parece una pirámide invertida -muchos jefes y pocos empleados-, aún no está completa: falta sostener la medida ante los seguros embates del belicoso Suoem.

La última derrota plena del prepotente sindicato tiene más de tres décadas. Fue cuando Ramón Bautista Mestre sostuvo la medida de no efectivizar las postreras designaciones del último intendente de facto, Eduardo Cafferata. Fueron los primeros seis meses del ya lejano 1984, cuando el mejor jefe comunal que haya tenido la Municipalidad desde la recuperación de la democracia, se bancó el campamento que montó el Suoem en la explanada del Palacio 6 de Julio.

Pero desde entonces y salvo algunas pequeñas escaramuzas, el gremio marcó en sus cachas los nombres de todos los intendentes, incluido el propio Mestre (p). Este jerarquizó salarialmente a todos los agentes municipales y les terminó legando a sus sucesores un auténtico presente griego, el Estatuto del Empleado Municipal, que en el sector público opera como los convenios colectivos de los privados. Es muy oneroso para las arcas comunales y más aún para una planta sublevada, de bajísima calidad, de alta inasistencia e improductiva. Claro que aquel intendente ejecutó gran parte de su excelente obra pública por administración. Era cara pero productiva; hoy es muy cara y parasita los recursos presupuestarios.

Nadie se ha salvado del sindicato más impopular de Córdoba. Ni Rubén Martí, a quien le sacaron un aumento en plena convertibilidad, es decir, pasando por sobre la ley que mantuvo congelados precios y salarios durante una década.

Lo que vino después fue un espanto. Llegó al poder un intendente sin poder, Germán Kammerath, que apenas pagó sueldos y cambió algunas lamparitas. El gremio lo puso al borde de la destitución y solo le faltó vejarlo en la vía pública. Tuvo la complacencia mediática y, ciertamente, mejor no ponerle nombres. Todo el relato cerraba: era riojano y menemista y su gestión en la Secretaría de Comunicaciones de la Nación había sido judicializada.

A Luis Juez no hizo falta mojarle la oreja porque el gremio -que ya le había hecho la campaña sobre el cuerpo de Kammerath- le concedió, en declaraciones públicas, el título de verdadero secretario general del Suoem. Nombró 4.500 empleados, la mitad de ellos familiares y conmilitones del sindicato, al mejor estilo de lo que en la letra le concede EPEC a Luz y Fuerza.

Sus víctimas más recientes son Daniel Giacomino, a quien le cobraron sus amagues de achicamiento de horas extras, prolongaciones de jornada, bonificaciones y otros emolumentos, con la cristalería completa de la Municipalidad y otras humillaciones.

La victoria simbólica de Ramón Javier Mestre fue la jubilación del capo sindical Rubén Daniele que, en realidad, todavía no se ha consumado. Por lo demás, no pudo concretar tampoco la restitución del principio de autoridad del gobierno, un requisito estrictamente funcional en cualquier administración.

Llaryora se juega ahora ese necesario empoderamiento del intendente. Las urnas le dieron el cargo; él tiene que ganar autoridad. Tiene los astros alineados: apoyo cívico que se lo puede marcar cualquier encuesta y respaldo del gobierno provincial. No de la chequera, sí de sus espaldas. Su trabajo apenas empieza porque todavía debe romper el círculo rojo de los tres sindicatos que medran en el presupuesto: el Suoem, por supuesto, pero también Surrbac y Uta. Ninguno de los intendentes desde 1999 ha contado con la cobertura de la Provincia. Llaryora la tiene y ahora tiene que poner él lo que hay que poner.