Un viajero nativo de Rhode Island (Tercera parte)

En la última entrega de las notas sobre el viaje de Samuel Greene Arnold, este describe el resto del camino, de Chucul a Río Cuarto, una zona desértica y por fin el arribo a la última posta cordobesa, la de Achiras, rodeada de una muralla donde el viajero volverá a ser testigo de un baile criollo.

Por Víctor Ramés
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Retrato de Samuel Greene Arnold, décadas más tarde de su paso por el sur cordobés.

Habíamos dejado a Greene Arnold en una posta que tal vez fuese Totoral o el Tambito. Allí crece la figura de un personaje de la partida, el gaucho Recuero, siempre empeñado en enamorar a las mozas en cada posta con su guitarra y su canto.

Nos dieron melones y manzanas silvestres y también nos acompañaba una joven muy bonita con quien mantuvo una larga conversación Recuero, que es un verdadero picaflor como lo llaman aquí; tocó la guitarra y la cortejó animadamente durante 2 horas; luego partimos a las 11. La primera región montañosa que he visto desde Montevideo hoy, la Sierra de Córdoba, larga serie de cerros que corren de norte a sur, a una gran distancia al noroeste de nosotros.”

Iban también en la diligencia un señor Bombal que iba a Mendoza, una señora de Barros con su perrito faldero, y un joven de apellido Alsina. En la siguiente posta habría roces entre Greene Arnold y Bombal.

Eran cerca de las 8 de la noche y aún nos faltaban 4 leguas de mal camino para Río Cuarto donde pensábamos detenernos. Siempre llevamos una posta de retraso, lo que es especialmente desafortunado porque Recuero tiene amigos en Río Cuarto que nos hubiesen entretenido esta noche. (…) La Provincia de Córdoba es una de las más grandes y ricas de la Confederación. Tiene 140.000 habitantes. (…) La ciudad de Córdoba tiene 12.000 habitantes. Hoy hicimos 23 leguas. Esta noche tuve una fuerte discusión con Bombal a quien alcancé a oír por casualidad que me llamaban el inglés y lo interpelé sosteniendo mi nacionalidad y reclamando que era más americano que él; Recuero tomó mi parte.”

El viaje siguió el martes 21 de marzo, y por la noche Greene Arnold y Bombal se trenzaban en torno a Juan Manuel de Rosas.

Partimos a las 8 y, en nuestra primera posta, tuvimos una acalorada discusión política. Bombal es rosista aunque algunas opiniones suyas son razonables, pero cuando se vuelve loco se manifiestan, como cuando hoy dijo que nosotros llamábamos a esto una república para irritar a uno, pero aquí sabemos lo que es nuestro gobierno; un fuerte despotismo. Él confía en el prestigio de Rosas, le dije que después vendría Urquiza con opiniones liberales. Recuero es más patriota y desea ver un mejor gobierno aquí, pero si son opositores al gobierno, la gente no dice claro sus opiniones.”

El grupo arribó a su siguiente parada, Río Cuarto, donde Arnold conocería a un “gaucho” escocés.

Cruzamos la barranca seca del Río Cuarto, un arroyo después y entramos a la Villa Concepción del Río Cuarto a las 10. Son 5 leguas. Es una linda ciudad de 2000 habitantes, con casas de barro y techos de pasto seco, calles anchas, una hermosa plaza grande donde vimos los lanceros haciendo ejercicios de a pie; su único uniforme era la gorra colorada, pues la ropa era de todos colores y al estilo oriental que predomina en este país. Hay aquí 500 hombres de caballería. (…) Aquí nos enteramos de más disturbios en Mendoza y de que se esperaban invasiones de los indios en estos lugares. Don Carlos Stuart, un escocés para quien el Dr. Gordon, de Montevideo, me había dado una carta, nos recibió a nuestra llegada en la posta. Ha estado aquí 25 años; es muy gaucho como dijeron mis compañeros respecto a nuestro huésped cerca de Arrecifes. Casi ha olvidado su inglés. Dijo que no podía prever si no habría peligro en el camino; estuvo brusco y cortés; fue con nosotros a ver al juez de paz y a recorrer la ciudad. Compré papel para cigarrillos y también conversé un poco con la gente en la posta. Eran las 11 cuando salimos de Río Cuarto hacia el desierto, como llaman a la gran extensión de territorio desolado y despoblado que se extiende unas 60 millas sin ninguna población. (…) Los peones, por lo menos el viejo Pavón y el joven Santos, se habían emborrachado bastante en el pueblo e íbamos a toda furia; al salir velozmente de la ciudad una multitud nos despidió. Hicimos las 9 leguas en 3 horas.”

Y casi ya sobre la frontera con San Luis, hicieron alto en el último pueblo, cuya gente y la asistencia a un baile le dan una nota de despedida a la provincia de Córdoba, en el diario de Samuel Greene Arnold:

Al crepúsculo llegamos a Achiras, última posta de esta provincia. Es un pueblito de algunos centenares de habitantes, dentro de una pared cuadrada de barro de 10 a 12 pies de altura, con una fila de casas adosadas a la pared y otra fila al interior, formado un cuadrado dentro de otro cuadrado alrededor de una plaza grande. Es el pueblo más miserable que haya visto y me recuerda a algunas pequeñas aldeas sirias o egipcias, tanto por sus materiales, sus paredes, la extraordinaria cantidad de criaturas, la fealdad de las mujeres, como el carácter general sucio y rústico. De las 2 entradas que tiene, una está medio cerrada por estacas y la otra por una carreta; esto es para defenderse de los indios, de quienes se espera todas las noches que ataquen la población. Nuestro coche está afuera del muro. La posta es muy confortable. Dimos la vuelta y paramos en la mejor choza, donde una joven sencilla y de buenas maneras tocó la guitarra y cantó para nosotros; se organizó un baile para la noche adonde han ido los demás compañeros mientras yo escribo. El baile era en casa de la joven que tocó la guitarra: unas 20 personas llenaron el cuarto. El piso de tierra es tosco. Unos hombres tocaban la guitarra, nuestro grupo bailó vals, minué y contradanzas; yo miré y fumé. Había pulgas en cantidad. Las jóvenes son sencillas. Hay distinciones sociales hasta en Achiras; la élite se compone de una media docena que estaban en el baile y la multitud de hoi polloi mira desde afuera. Hay aquí unos mil habitantes, la mayor parte criaturas, y una milicia de 50 hombres. El trompa tocó esta noche para que lo escucháramos le dimos un timbre. Trajeron mantas de lana y tapices para vender, hechos a mano por los indios. Compré una manta en $ 2, para usarla en los Andes; un tapiz o alfombra grande era muy bonito y costaba $ 20. La manta que compre se llama un pesado. Me retiré a las 11 pasadas después de mirar un rato el baile, que duró hasta las 12.”