El elitismo de Ofelia

Ofelia Fernández deja en claro que la visión elitista y paternalista del kirchnerismo no conoce edades: no importa la juventud del progre, siempre sabrán más de pobres que los mismos pobres.

Por Javier Boher
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Todavía recuerdo una de las primeras vacaciones con amigos. Todavía en el ocaso de la adolescencia partimos a Villa Gesell como tantos otros lo hacen desde hace medio siglo. En ese momento el kirchnerismo era algo novedoso, que estaba transitando su segundo verano. A los de mi generación la crisis del 2001 nos había politizado a la fuerza.

Intercalábamos noches de boliche (cuando había plata) con noches de discusiones sobre cuál es el mejor mundo posible y el camino para alcanzarlo. Influidos por la resistencia al menemismo que expresaron programas televisivos como CQC o Día D, fuimos creyendo que la política buena era la que había quedado trunca por la dictadura. Hijos de los que la vivieron con la edad que nosotros teníamos entonces, el relato prendía fácil.

Todavía recuerdo una discusión en la que (ya renegando del kirchnerismo) le decía a mi interlocutor que el voto que había que ganarse era el de los jóvenes y adolescentes. No era sólo una cuestión de números influidos por la demografía: eran los que no estaban (estábamos) representados. Tiempo después mi compañero de debates terminó enrolado en el kirchnerismo (aunque se manera culposa) y los jóvenes -particularmente los urbanos- se convirtieron en el nicho del voto kirchnerista.

De ese núcleo demográfico-electoral surgió Ofelia Fernández, legisladora porteña. Saltó a la fama hace ya un par de años, en una de las tantas tomas del Colegio Nacional de Buenos Aires. De lengua filosa y respuesta fácil, no demoró en convertirse en un ícono para los más jóvenes, los que todavía creen en la posibilidad de que este sea un mundo mejor.

Ya más entrada en años, sigue representando a esa minoría de jóvenes hiperpolitizados que militan desde la adolescencia temprana y accedieron al voto joven con el cambio de ley que les permite emitir el sufragio desde los 16. A través de las nuevas tecnologías o las redes sociales es la responsable de hacer llegar el mensaje a los que están en la base de la pirámide demográfica.

Pese a su discurso progresista (defendiendo las banderas del movimiento LGBT, la legalización de las drogas o la legalización del aborto) no deja de ser parte de esa elite social y política (que se presume intelectual) de gente que asiste o asistió al Colegio Nacional de Buenos Aires. De alguna manera es como los casos del Manuel Belgrano o el Monserrat en nuestra ciudad: lo público no le quita lo elitista.

Cada uno de esos colegios construye una imagen de sus estudiantes, sus egresados y el mundo en el que se desarrollarán. En el Nacional de Buenos Aires, el pobre es un sujeto idealizado, al que conocen por relatos que lo configuran como el sufrido “proletario” de la teoría marxista, al que todo se le debe.

Ayer, mientras charlaba con un influencer (término elegante para destinar a toda una franja de jóvenes que si fuesen de alguna clase más baja serían considerados “ni-ni”) tuvo una muestra del clasismo enquistado que reside en la prédica de esos círculos pretendidamente progresistas.

En otras palabras, refiriéndose a las oportunidades de los jóvenes en situación de pobreza, dijo que las alternativas eran ser ladrones, narcos o cartoneros. Eso está mal desde donde se lo mire, sin importar contexto, formas, palabras ni intenciones.

Según la legisladora, en esa situación se puede agarrar un arma para salir a robar celulares, se puede vender droga o se puede salir a juntar cartones, como si esto último fuese digno. Sí, es más digno que la delincuencia, pero no puede ser el ejemplo de trabajo digno. Difícilmente lo entienda quien en su corta vida solo a cobrado sueldo en el sector público y no conoce de las grandes fortunas de los acopiadores y procesadores de cartón, actividad eximida de impuestos que fomenta la explotación del trabajo informal y precario por parte de empresarios que hacen un fabuloso negocio.

La juventud de Ofelia la puede eximir -parcialmente- de tan burdo ejemplo. Está claro que Argentina ha perdido gran parte de la movilidad social ascendente que la supo caracterizar, pero ¿no es acaso el espacio que ella representa el que supuestamente le dió a los jóvenes más oportunidades que robar, transar o cartonear?.

Atrás quedan años de propaganda política hablando de las maravillas y bondades de las universidades públicas en el conurbano, las netbooks en la escuela, tecnópolis, Paka Paka, Encuentro, Carta Abierta, plan Progresar, Becas del Bicentenario y toda esa sarasa de apuesta por la educación y las oportunidades. ¿Qué oportunidades se puede tener si quien debe hacer las leyes es capaz de poner la ganancia inmediata del delito como justificativo para evitar el duro camino del trabajo digno (que no es el de cartonero, obviamente)?.

Los jóvenes como Ofelia -y mi viejo interlocutor en aquel debate- han caído en una idealización proletaria que justifica todas sus acciones en la falta de oportunidades. Se les debe permitir fallarle a la sociedad porque la sociedad les falló a ellos. Mientras tanto, endiosan y convierten en doctrina los valores tumberos, los códigos de los barrabravas y la cultura villera.

Aunque a través de la retórica digan que les importan los pobres y que quieren llevarlos al progreso, sus acciones dejan en claro la visión paternalista y elitista con la que los condenan a que el tránsito para alcanzar un futuro promisorio sea cada vez más difícil.