Efecto Coronavirus: Llaryora se anima donde otros no pudieron

Aparentemente, el Covid-19 podrá hacer lo que nadie pudo: reducir el costo salarial de los municipales de Córdoba. Es, realmente, un virus todopoderoso.

Por Pablo Esteban Dávila

Aparentemente, el Covid-19 podrá hacer lo que nadie pudo: reducir el costo salarial de los municipales de Córdoba. Es, realmente, un virus todopoderoso.
Ayer, el municipio anunció el tratamiento para hoy, sobre tablas, de una ordenanza que recorta una hora la jornada laboral de sus dependientes, con la consiguiente disminución de los costos salariales. De trabajar 7 horas diarias pasarán a seis (los trabajadores privados trabajan 8 o 9). Fuentes del Palacio 6 de julio estiman que el ahorro rondará el diez por ciento del total de las erogaciones por tal concepto.
El método elegido es tangencial. Técnicamente no hay una quita pero, a efectos prácticos, es lo mismo. Habrá menos dinero en los bolsillos de los municipales y, por consiguiente, en los ingresos sindicales del SUOEM. El funcionariado ha coparticipado hacia sus nominales empleados los tradicionales sacrificios de la planta política.
Hasta el presente ninguna administración se había animado a tanto. Es evidente que la situación de las finanzas municipales está en un estado crítico, a tono con las urgencias sanitarias del momento. Los ingresos propios han caído fenomenalmente, y los que devenga la coparticipación municipal deben de haber corrido la misma suerte.
Martín Llaryora sabe que, esta vez, no hay palenque donde rascarse. Su valedor, el gobernador Juan Schiaretti, tiene las mismas dificultades que las suyas y, a diferencia del pasado, ya no le es posible acudir en ayuda del intendente. La Municipalidad debe arreglárselas como pueda.
La ley de los grandes números no permite indulgencia alguna. Aproximadamente el 65% de su ejecución presupuestaria se la lleva el gasto en recursos humanos. Con el resto debe arreglárselas para pagar la recolección de residuos, el alumbrado público y el bacheo, entre otros servicios. Esto equivale a decir que, o ajusta el gasto en personal o no ajusta nada. Al decir de Cristina Kirchner, aquí no hay magia.
La medida será resistida, sin duda alguna. Por mucho menos el SUOEM ha llegado a la destrucción de numerosos bienes municipales y del espacio público. Por de pronto, ayer se declaró en estado de alerta; es el prolegómeno a acciones mucho más enérgicas en contra de la iniciativa del ejecutivo.
No obstante, esta oportunidad el gremio estará más aislado que nunca. No sólo porque la cuarentena dispuesta por la Nación ha pegado brutalmente sobre el sector privado y las empresas que pagan los impuestos, sino porque sus propios afiliados no están yendo a trabajar. Salvo las áreas operativas, el municipio se encuentra vacío de trabajadores y es posible que así permanezca, al menos por dos semanas más. ¿Concurrirán ahora masivamente a manifestarse cuando, normalmente, se privan de chillar después del horario laboral?
Podría pensarse que es una especulación ridícula, y que cualquier mortal reaccionaría descarnadamente ante un ataque al bolsillo. Sin embargo, con los municipales nunca se sabe. Con ingresos promedios superiores a los 100 mil pesos habrá que ver cual es la propensión marginal al pataleo, parafraseando la clásica teoría keynesiana.
Además, y en términos estrictamente formales, una protesta clásica les estaría vedada. Sería una acción temeraria que fomentaría los contagios, amén de una flagrante desobediencia a las estrictas normas establecidas por su jefe político, esto es, el presidente de la Nación, tan kirchnerista como ellos. Si, pese a todo, insistieran con concentraciones y marchas, la policía debería dispersarlos de inmediato y algún fiscal imputarlos por delitos contra la salud pública.
Claro que, por supuesto, esto no sucederá. Si, contra todas las recomendaciones vigentes, aun así deciden hacerlo nadie se los impedirá, por más amenaza de Coronavirus que exista en el horizonte. Es un clásico que la Justicia mire siempre hacia otro lado cuando se trata de este tipo de manifestaciones. Habrá que analizar, como se ha dicho, si los damnificados están dispuestos a salir de sus hogares para ponerle el pecho a la resistencia contra el recorte.
Pero existe una posibilidad de que, a diferencia de anteriores intentos, esta vez el intendente pueda triunfar allí donde sus antecesores no pudieron. El contexto ayuda a tomar decisiones fuertes, especialmente cuando la gran mayoría de la población la está pasando objetivamente mal y el futuro luce ominoso. Por añadidura, el realismo mágico de creer que alguien pagará por las cuentas propias (Alberto Fernández o Juan Schiaretti) se ha revelado exactamente como lo que es: un relato ficcional. El pedagogo más brutal sobre la coyuntura es el viceintendente Daniel Passerini: “si no hacemos esto no hay forma de afrontar el pago de sueldos”.
La valentía de Llaryora puede que, tal vez, se vea acompañada por buena parte del Concejo Deliberante. Más allá de que el peronismo tenga los números para aprobar el proyecto, la lógica diría que la oposición tiene sus propias cuentas pendientes con la dirigencia del SUOEM. Para los radicales que, en cualquiera de sus dos versiones, pueblan las bancas de la minoría, esta es una oportunidad inédita para hacerles morder el polvo por los agravios del pasado. Hay circunstancias excepcionales que justifican la adopción de medidas draconianas y, más allá de que protesten por el “impuestazo” con el que debutó la gestión del intendente, la oportunidad es única para mostrar que, cuando las papas queman, la política es la que manda. Es uno de efectos colaterales de la pandemia.