Cacerolas, el mensaje de una sociedad agobiada

Por Aristóbulo González

De manera forzada, las cuarentenas obligatorias han decretado el fin de la libertad ambulatoria. También el cese de la posibilidad de manifestarse. Se han militarizado las calles y aumentó la vigilancia policial.

El miedo es que la pandemia aumente la propensión al autoritarismo y que los gobiernos caigan en la tentación de aprovecharse de esos miedos en momentos en que el confinamiento obligatorio ha llevado a la fatiga social a grados intolerables.

Estas respuestas autocráticas, están atentando contra los derechos civiles de la sociedad. Y de hecho se advierte en nuestro país que el gobierno ha caído en la tentación de aprovecharse de esos miedos en momentos en que el proteccionismo puede matar.

Un claro ejemplo lo percibimos en nuestra ciudad sobre el cacerolazo programado por los comerciantes de Rio Cuarto en estos primeros días de mayo, cuando escuchamos al secretario municipal Guillermo De Rivas decir “Queremos creer que no hay o no debería haber intencionalidad política”, verdadera expresión macartista para criminalizar la protesta, o al menos levantar la sospecha que el cacerolazo programado por los vecinos autoconvocados de la ciudad se encuentra ideologizado, y no tienen motivos para levantar su voz.

En esa misma línea de la presión del poder, hoy existen gestiones de parte del gobierno provincial para que los autoconvocados levanten el cacerolazo programado, concediendo la habilitación de los puentes como expresión de buena voluntad politica.

La pandemia no nos impide ejercer nuestros derechos. Estamos obligados a proteger a la democracia en circunstancias en que la gente desesperada, ansiosa, preocupada y asustada ha aceptado a hacer concesiones a sus derechos, a las libertades políticas propias de una democracia.

¿Qué hay detrás de la protesta? Gente que sufre. Reclamos justos ante tanta incertidumbre; resignada impotencia. La frustración de tantos sueños, de tantos proyectos inconclusos, de tantas mentiras.

Vivimos en un país que perdió la capacidad de asombro. De un país sin justicia y al margen de la ley que, mientras se criminaliza la protesta, por otro lado fomenta la liberación de los presos de delitos aberrantes.

Es sabido que las protestas, como el primer cacerolazo, pueden ser precipitadas por un elemento socialmente irritante que ha sido el disparador –como las prisiones domiciliarias de Boudu y otros presos peligrosos sin reparo alguno- pero en general condensan otros humores, esta vez en tiempos de aislamiento.

Un país con una pobreza y desigualdad alarmantes, que no le impide al presidente de la Cámara de Diputados, Sergio Massa, haber firmado una resolución que dotó a cada diputado de 100.000 pesos para contribuir con alguna obra de bien público de su distrito. En definitiva, un pueblo que sufre las injusticias, la pobreza creciente, la inequidad social y la impotencia participativa en las grandes decisiones.

Por eso salen a la calle los vecinos de Río Cuarto porque sus autoridades políticas en general, vienen corriendo detrás de la pandemia. En esa competencia desigual muchos comentarios resultan desafortunados o fatales.

Pero también existen, a la par de estos espontáneos protagonistas, los que niegan la protesta invocando la necesidad del confinamiento, como si no hubiere otra solución, y se creen con derecho a constituirse en fiscales de la salud pública.

Estos que condenan a quienes protestan son los mismos que hacen silencio cuando liberan a los presos bajo el pretexto de descomprimir las cárceles, para atacar a las instituciones de la democracia y no a los corruptos que dicen combatir.

Estos dirigentes cínicos y egoístas que ven intencionalidad política en la protesta, son los mismos que han justificado y no han levantado su voz a la liberación de los condenados políticos que mancillaron el honor republicano atacando sus instituciones, renunciando al verdadero ámbito de investigación y castigo que es la justicia.

Son los mismos que en nuestra ciudad no investigan ni les aflige los geriátricos clandestinos, y cuanta gente muere cada día en esos guetos inhumanos y que en plena crisis les aumentan el salario a los empleados municipales pese haber disminuido mas del 50% de la recaudación.

Más allá de la voluntad de los gobernantes, en cada caso emergieron señales similares: improvisación en un contexto de precariedad, donde no se les cae otra idea que el confinamiento obligatorio de la gente.

La gente no aguanta más, y no se resigna a elegir entre dos opciones que le plantea el gobierno: o morir por el contagio del coronavirus o morir de hambre. Una trágica decisión.

¿Qué nos enseñó “La peste”, de Albert Camus? Que las peores epidemias no son biológicas, sino morales. En las situaciones de crisis, sale a luz lo peor de la sociedad: insolidaridad, egoísmo, inmadurez, irracionalidad. Pero también emerge lo mejor. Siempre hay justos que sacrifican su bienestar para cuidar a los demás.

El ser humano evocará estos días recordando la fragilidad de la vida. La peste acaba aniquilando los valores. La humanidad se desliza hacia el nivel de conciencia de una res en el matadero, que intuye su final sin reaccionar. Las epidemias matan el cuerpo y el alma.

Por eso la protesta del cacerolazo de los ciudadanos de Río Cuarto, es un emblema del pensamiento critico que se resiste a la nostalgia de la unanimidad, la invocación de un pasado mítico en el que habría existido un pueblo puro, homogéneo, inocente, “sin pecado”.

En este país, y en esta ciudad pareciere que sus dirigentes políticos se alejan cada vez más de las aspiraciones de la gente, tal vez bajo el viejo principio de que ellos pueden pensar por todos, decidir por todos y gobernar por todos, asumiendo que el poder es una designación con dimensiones divinas o superiores al común del humano.

Todo el futuro asoma condicionado a la evolución de la enfermedad. Nadie sabe hasta donde recrudecerá en nuestro país. Mientras tanto, no podemos asumir la actividad política como una actividad vergonzante, porque estaríamos negando la propia existencia de la actividad democrática esencia de un gobierno republicano.

La gente protesta porque que hay muchas cosas que cambiar. La fatiga social ya pesa como un elemento ineludible para decidir cómo será extendida la cuarentena. El compromiso debe ser por todos aquellos que sufren y tienen razón para protestar.

La gente no quiere más que lo subestimen, como si no supieran cuidarse solos. Nadie quiere morirse contagiado por la peste, saben como cuidarse sin estar prisioneros de un estado endémico, pero tampoco quiere caminar inexorablemente hacia un futuro de pobreza y hambre.

La libertad solo puede existir cuando la sociedad cuestiona el papel del estado y de las elites, pero también cuando, al mismo tiempo, existe un estado robusto capaz de defender los derechos de los ciudadanos si se ven amenazados.

En este contexto, y en cualquier otro que la política lo demande, las protestas serán el mensaje de una sociedad libre que no acepta que los gobiernos caigan en la tentación de aprovecharse del miedo de la gente para someterla a una restricción y fatiga social de grado intolerable.