Apañar a los remeros no es conducir el barco

Por Javier Boher
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Prácticamente todos los manuales de Ciudadanía y participación (la vieja formación cívica y posterior formación ética y ciudadana) arrancan su unidad sobre el gobierno haciendo una referencia a su etimología: “Del griego ‘kubernao’, timón. Así, la acción de gobernar sería como la de conducir la nave a destino”.

Bajo ese mismo ejemplo, por lo tanto, no habría lugar para más de un capitán que decida el rumbo. A lo sumo podríamos sumar a un timonel que ejecute su voluntad. Para esos puestos podríamos pensar en el Presidente y su Jefe de Gabinete. Lo que queda claro es que los remeros de ese viejo barco heleno jamás estarían habilitados a decidir el rumbo del barco o a remar en sentido contrario.

Si “donde manda capitán, no manda marinero”, ¿qué pasa cuando el capitán, su timonel y el resto de los oficiales no tienen muy claro el rumbo o les falta mando sobre los escalafones más bajos del barco?. Hay algunos indicios de que -en su afán por evitar el conflicto y fortalecerse en un puesto que le queda grande- el presidente Fernández cede más que lo que dice. Con algunos tics heredados de sus tiempos de jefe de los ministros, trata más de encontrar buenas justificaciones para las acciones de otros, que acciones que otros después deban acatar. No marca la agenda, sólo la acomoda para que no le duela tanto.

Hace unas semanas fue el revuelo por la salida de las negociaciones del Mercosur. Lo que se justificó en una defensa de los intereses nacionales ante lo que podría ser un mal trato impulsado por la necesidad de la pandemia, en realidad fue una decisión política motivada por las presiones de los sindicatos y los industriales menos afectos a la competencia.

En lugar de pelear por mejores condiciones para competir con los de afuera (Reutemann corriendo para Ferrari), se aseguran ganar adentro sin pelear contra nadie (Scioli corriendo en una categoría inventada para salir en las tapas de revistas). La presión no es novedosa. Lo verdaderamente novedoso es que el gobierno se bajó sin dar pelea ante los propios.

Otro ejemplo mucho más claro -y con ramificaciones más notables e implicancias más profundas- fue el anuncio de la flexibilización de la cuarentena con la posibilidad de tener tiempo de esparcimiento. Gente cansada del encierro festejó el anuncio a rabiar. Cuando los gobernadores anunciaron su negativa a abrir, el presidente se retractó: “la reglamentación depende de las provincias. Debería haberlo dicho, se me pasó”. ¿Quién tiene entonces el timón?.

Ese “pechazo” provincial se puede ver en otros ejemplos más. Las provincias cerrando sus fronteras, imponiendo controles fronterizos al resto de los argentinos, parece algo previo a 1862 y la unificación de la Confederación y Buenos Aires. Las amenazas de los gobernadores de que podrían emitir cuasimonedas para hacer frente a sus obligaciones suma un poco más a la sensación de Estado fallido que asoma en Argentina. Solo faltan las guardias nacionales para actuar como ejército en cada provincia para decretar la extinción de ese colectivo identificado con la bandera celeste y blanca.

En ese mismo escenario, los gobernadores van avisando que, pasado el 10 de Mayo, empiezan a abrir los comercios. Con una lánguida recaudación que solo creció 10% nominal en un contexto de 50% de inflación anual, saben que deben reactivar la economía para evitar el quiebre masivo de empresas y un estallido social que aumenten las chances de que llegue un pico de contagios. Aunque este es un Estado federal en el que las provincias tienen autonomía, ¿quien las conduce en la densa niebla del coronavirus?.

Ayer se pudieron ver en las sucursales del Correo Argentino las colas de los beneficiarios del Ingreso Familiar de Emergencia. No alcanzó con desplazar al que juntó a los jubilados sin pensar demasiado en ello, que salieron a amontonar a los que necesitan la ayuda estatal en el día más frío del año y ya habiendo circulación comunitaria confirmada. ¿Quien conduce en salud y seguridad social para que sean capaces de tomar esas decisiones?.

Las marchas de las organizaciones sociales reclamando por despidos, suspensiones y ayuda social (básicamente los alimentos con sobreprecios del ministro Arroyo) en franca violación de la cuarentena, contra todos los protocolos y en franco desafío al gobierno. ¿Quién conduce la política social?¿Quién se encarga de que ese estado hipertrofiado haga llegar efectivamente la ayuda que le cobra a los contribuyentes que hace casi dos meses no pueden facturar?.

El gobierno sigue preso de una interna que lo va inmovilizado, respondiendo de manera automática a las presiones de los distintos actores de la vida política del país. Mientras la gente está cansada del encierro y empieza a ser descuidada en las pautas de higiene y distanciamiento social, los sectores internos de la gran coalición de gobierno siguen repartiéndose cargos como si aquí no hubiese una importante crisis.

El reflejo de la conducción es echarle la culpa a los sectores que discuten o cuestionan públicamente sus decisiones. La culpa es de los de antes, la culpa es de los empresarios que quieren abrir, la culpa es de los que viajaron al exterior, la culpa es de los ricos, la culpa es de los médicos, etcétera, etcétera, etcétera. Mientras capitán y timonel buscan culpables, el timón gira loco y los marineros agitan sus remos según su propia voluntad. Con un barco inmóvil -que si se mueve corre riesgo de encallar o naufragar- quizás sea bueno empezar a ver algo de conducción política, no una puesta en escena para justificar las agendas que marcan otros.