No apta para sensibles

Solo la necesidad de proveer contenidos a un mercado demandante podría explicar que Netflix haya estrenado justo ahora la segunda temporada de la serie “After Life”, escrita, dirigida y protagonizada por Ricky Gervais, quien es famoso por su estilo de humor sin contemplaciones.

Por J.C. Maraddón

En septiembre del año 2001, al ver en las cadenas de televisión las imágenes de los aviones estampándose contra las Twin Towers y provocando su posterior derrumbe, tomamos conciencia de que estábamos ante un acontecimiento inédito, que cambiaría de modo radical ciertas concepciones que habían perdurado entre nosotros desde siempre. Esa contingencia, adjudicada a un atentado terrorista, desató una sensación generalizada de pánico e impotencia, ante una calamidad que desnudaba la desprotección en que nos seguimos encontrando, a pesar de los milenios que han transcurrido desde que la humanidad empezó a desarrollar métodos para ponerse a cubierto de las adversidades.
Entre la población de Estados Unidos, que hasta ese momento se percibía como habitante de una potencia mundial poco menos que imbatible, esa angustia se volvió intolerable. Todos habían quedado sensibilizados por lo que había ocurrido y, más que clamar por venganza, la mayoría se preguntaba cómo podía haber pasado algo así en un territorio al que suponían bajo extrema vigilancia. Teorías conspirativas aparte, la versión oficial de las investigaciones tampoco tranquilizó a la gente, porque depositó la culpa en un fundamentalismo religioso cuyas acciones eran impredecibles y, por eso mismo, dejaban fuera de combate los protocolos de prevención que se venían manejando.
Para bajar esta carga de miedo y sugestión, se activaron mecanismos de censura que, con el propósito de cuidar el bienestar general, muchas veces transitaban por las zonas oscuras del autoritarismo. Al descartar la capacidad de los adultos para decidir qué cosas podían elevar su estado de ánimo y qué estímulos podían aplastarlo, desde los estudios cinematográficos se dieron de baja proyectos, en algunos casos ya finalizados, de películas que narraban historias en un contexto apocalíptico o de catástrofe. Cualquier contenido que pudiera alimentar la paranoia de los espectadores, fue proscrito sin más trámite, hasta que la marea bajó y todo volvió a sus carriles normales.
Vale la pena recordar aquellos sucesos de casi dos décadas atrás, porque existen algunos puntos en común con el pavor que ha propiciado en la actualidad la pandemia que aterra al planeta, cuyas implicancias psicológicas y sociológicas todavía no pueden ser dimensionadas. Mucho menos se pueden anticipar las consecuencias que tendrá la expansión geométrica del coronavirus, sobre todo en nuestros hábitos de conducta y, más específicamente, en nuestra manera de realizar consumos culturales. Sobre todo, si entran a tallar paternalismos como los que se pusieron en marcha en 2001, vinculados a la producción audiovisual.
Por el momento, con millones de personas cursando cuarentenas, parece imponerse la necesidad de que haya material disponible en las plataformas de streaming, más allá del efecto que provoque en los usuarios que están alterados por las noticias de un mal que se extiende sin remedio. Solo esa exigencia del mercado podría explicar que Netflix haya estrenado a fines de abril la segunda temporada de la serie británica “After Life”, escrita, dirigida y protagonizada por Ricky Gervais, quien se ha hecho famoso por su estilo de humor sin contemplaciones, de una acidez que no muchos estómagos están en condiciones de digerir.
Esta continuación de la saga nos vuelve a poner frente a un veterano periodista de un diario de pueblo, que no logra superar la muerte de su esposa y que, siempre al borde del suicidio, vomita ante quienes lo rodean las verdades menos sutiles, con un cinismo que el tono de broma no consigue atenuar. Aunque estos nuevos episodios no aportan novedades a los recursos ya conocidos en la temporada inicial, la crudeza de esta comedia sigue siendo shockeante, sobre todo en estos días en que abundan las dudas existenciales. No apta para corazones sensibles, “After Life” se empecina en reírse de lo trágico, una incorrección que agrava su atrevimiento en los tiempos que corren.