El deseo de los solidarios es que sigamos encerrados

¿Se puede sostener en el tiempo esa curiosa forma de tener fe en la gente, negándole la posibilidad de abrir progresivamente la cuarentena pero disfrazándolo de solidaridad?

Por Javier Boher
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A esta altura ya es difícil saber si los argentinos somos solidarios. Seguramente todos nos gusta autoconvencernos de que sí, de que todavía sabemos ponernos en el lugar del otro para ayudarlo cuando lo necesita, pero quizás haríamos bien si lo pusiéramos en duda.

La cuarentena XXXL qué plantea el ala sanitarista del gobierno es defendido por muchísima gente que no parece estar sufriendo la situación actual. Empleados en relación de dependencia en sectores esenciales, gente que puede hacer Home Office, empleados públicos o gente que trabaja para el exterior no parecen muy preocupados por ponerle fin al encierro.

No hay dudas de que la convivencia es dura, que los que tienen hijos en el escolar mucho ya no los aguantan o que les gustaría comer asado con los seres queridos, pero -mal que mal- esto les resulta llevadero.

Ellos -los que defienden la cuarentena total eterna- creen que están siendo solidarios con la población de riesgo, aquellos que son más vulnerables al virus. No parecen reparar en los cuentapropistas, los empresarios PyME, los albañiles o casi todo el sector informal en general. a todos estos les reclaman solidaridad en lugar de ofrecérsela.

El encierro está -lógicamente- dando resultados para evitar la propagación del virus y la llegada de un pico, pero no puede ser eterno. Si no se apuran para enseñar a vivir con este virus entre nosotros antes de que llegue el invierno, el riesgo de la apertura se multiplica exponencialmente.

Así, los sectores más vulnerables (no los que reciben la ayuda del Estado, sino los que la pagan cuando generan riqueza) están a merced de los que creen que tener una empresa es indigno, por lo que corresponde ponerles aún más impuestos.

Por esos relatos de gente que se autopercibe solidaria (con la de los otros) hoy se corre el riesgo de aumentar las injusticias en el tránsito de la cuarentena, con un impacto social y económico mayor del que pueden imaginar. Convencidos de que la plata se imprime (y no que es el reflejo de la riqueza real) no ven lo insostenible de la situación actual. La soberbia nunca es buena consejera.

Mientras tanto, los que se creen solidarios llenan las redes y los medios con gestos en los que se puede ver cuánto les importan los otros. Casualmente, en las últimas semanas se ha visto mucho de eso de comunicar con fotos las acciones en la lucha contra el Covid-19.

Hace unas semanas fueron las camas que sindicato docente de provincia Buenos Aires conducido por Roberto baradel había puesto a disposición. Salvando que parecían armadas con madera de embalaje de repuestos de autos, las camas daban la sensación de una colonia de vacaciones como las que pueblan cada verano adolescentes lujuriosos, poco preocupados por el distanciamiento social.

ayer se viralizó una donación de sillas de ruedas por parte de una fundación que trabaja con personas discapacitadas. Los elementos en cuestión eran sillones plásticos como los que se usan en el patio cuando el día está lindo, salvo que ligeramente modificados para encajar bajo una definición laxa de silla de ruedas.

¿Eso puede entrar en la categoría de solidaridad?¿cualquier gesto que se diga solidario debe ser considerado como tal?.

Las miserias humanas no se quedan encerradas porque un gobierno diga que la gente no puede salir de su hogar. no son pocos los políticos que tratan de capitalizar en su favor ese tipo de movidas, que no buscan ayudar a otros sino ayudarse a ellos mismos.

Nadie puede desear que se abra la cuarentena por completo y sin restricciones de un solo saque. Eso sería criminal. Pero no se puede mantener lejos de la dignidad de ganarse el sustento a gente que no quiere (o no puede) depender del estado.

Los solidarios que abogan por extender el encierro compulsivo no entienden de las necesidades ajenas, pero a su vez esperan lo peor de todo el mundo, como si el que quiere trabajar no supiera o no quisiera cuidarse. ¿El gasista que trabaja a domicilio se quiere enfermar, o prefiere evitarlo, habida cuenta de que no tiene más cobertura médica que el público y que si se enferma no factura?.

Tal vez los que quieren seguir encerrados en sus domicilios sienten algo de temor por ellos mismos. más de uno se ha dado cuenta de que su ocupación no ingresa dentro de los servicios esenciales, sino dentro de aquellas por las cuales la gente empieza a pedir recortes del gasto público.

Los solidarios abrazan La falsa dicotomía entre salud y economía, como si la primera pudiese existir sin la segunda, que no es más que aquella que genera los recursos para que la gente se vacune, se atienda y se cure. Tal vez estiman que el sacrificio de no poder juntarse a jugar al fútbol o a tomar algo con los amigos es igual que el de la vecina que tiene cerrada la venta de ropa de la cochera de su casa, con la que sostiene a su familia como madre soltera.

Este pueblo se dice solidario, Aunque queda claro que sólo lo es en la medida en que le convenga. todos están dispuestos a señalar el defecto del otro como una causa para que no se modifique la asfixiante situación actual, pese a que todo el mundo sabe que es insostenible en el tiempo.

Los epidemiólogos, sanitaristas y autoridades sabrán evaluar la pertinencia -o no- de los cambios, pero no hay que disfrazar de solidaridad lo que a simple vista no lo es.