El paludismo terminó con el delantero y amenazó a Talleres

CRÓNICA DE LA PESTE

Por Cirilo de Pinto

Foto: Revista El Gráfico

La pandemia del Covid-19 remite a una historia tan trágica como absurda provocada por otra peste: el paludismo. Fue en el verano de 1976.

Desde Zaire (hoy República Democrática del Congo) llegó a la Argentina una propuesta sorpresiva: una oferta para que dos equipos de fútbol viajen para participar de un campeonato en pleno corazón de África. Aceptaron la invitación dos clubes inesperados: la sensación del momento, Talleres, y uno recién ascendido que mostraba buen nivel, Temperley.

Ambos equipos fueron juntos en el mismo avión. Los esperaba un anfitrión de temer: el cruento dictador Mobutu Sese Seko, quien no escondía su alto ego y quería que ubicaran a Zaire en el mapa a través de grandes acontecimientos deportivos, para que el mundo no solo hable de su abuso de poder, que ejecutaba sin piedad. El deporte muchas veces le cayó al dedillo a los dictadores. Y este fue otro caso.

En 1974, en la Copa del Mundo que se jugó en Alemania, Zaire había participado por única vez en la mayor cita futbolística, dejando en claro su bajo nivel pero causando simpatía por la inocencia de sus jugadores. Ese mismo año Zaire, más precisamente su capital Kinshasa, fue sede de un hecho deportivo resonante: la pelea por el título mundial pesado entre George Foreman y Muhammad Ali. Inolvidable. Con un Mobutu que utilizó todo su aparato propagandístico para montar semejante show con televisión mundial, aferrándose a la imagen carismática de Ali e instando a los zaireños a alentarlo desde las gradas con la frase ´Ali bombaye´ (Ali matalo).

Pero volvamos a aquel singular campeonato amistoso del verano del ´76 en tierras africanas. Los planteles de ambos equipos se vacunaron antes de viajar, tal como indicaron los médicos. Cada uno se aplicó las dosis correspondientes contra la fiebre amarilla, viruela y tifus. Claro que no se medicaron contra el paludismo (también conocido como malaria). Las pastillas indicadas las consiguieron tarde, y tomarlas casi al pie del avión ya no iba a causar efecto. Ante eso, llevaron repelente para los mosquitos.

Y lo que asomaba como una fiesta, terminaría siendo una tragedia.

Ambos elencos compitieron con suerte dispar: Talleres ganó sus cuatro partidos (incluso uno a Temperley), mientras que el elenco bonaerense empató uno y perdió tres. Los mosquitos también hicieron su trabajo. El 6 de febrero los futbolistas ya habían regresado al país. Días después, tanto en Córdoba como en el Sur del Gran Buenos Aires comenzaron a registrarse secuelas de ese exótico y riesgoso viaje. El sanjuanino Oscar Jorge Suárez y el mendocino Benito Valencia, ambos atacantes de Temperley, y los cordobeses Miguel Oviero, Francisco Rivadero y el utilero de barrio Jardín, Adán Onoren, volaron de fiebre y tuvieron síntomas del temido paludismo. Todos se fueron recuperando, días más días menos, pero la enfermedad avanzó en Suárez, que murió el 19 de febrero en el hospital Gandulfo de Lomas de Zamora.

´El Negro´ Suárez pertenecía a una familia humilde, de esas tantas que aún hoy viajan desde el interior profundo hacia la ciudad de Buenos Aires o al conurbano bonaerense en busca de sueños y especialmente de un trabajo. Los Suárez eran mamá, papá y ocho hijos, casi todos albañiles, y les quedaba la esperanza de que los goles del centrodelantero los sacara de la pobreza. No pudo ser.

Pocos recuerdan al artillero, quien había llegado desde Estudiantes de La Plata para reforzar el ataque de Temperley. Su paso fugaz por el equipo dejó como saldo 8 goles convertidos en 16 partidos. La noticia fue una dura cachetada para el fútbol argentino, pero pasó desapercibida. Primero porque era jugador de un club chico, pero sobre todo, porque el país era un infierno político y social, ya que 34 días más tarde el gobierno de Isabel Perón sería derrocado por los militares que pondrían en marcha una cruenta dictadura denominada Proceso de Organización Nacional.

La pandemia de estos días recordó la figura del pobre Oscar Suárez, cuya vida se apagó por otra peste, aquel paludismo que lo desbordó desde el lejano Zaire. Fue una trampa mortal que terminó con su vida que solo había deshojado 23 almanaques.