La misma cárcel del motín y de aquella tarde de fútbol

Eran mis primeros pasos dentro del periodismo. Cubría fútbol de ascenso para un diario del interior y para la recordada revista Sólo Fútbol. Me habían mandado a ver un partido por la fecha de apertura de la Primera C. Hacía las veces de local el Club Liniers, que siempre andaba alquilando diferentes escenarios mientras terminaba de construir su cancha propia en un amplio terreno de La Tablada.

Por Cirilo de Pinto

Día 40 de encierro. Cuarentena perfecta en tiempos de Covid-19. Solo y en casa. Enciendo el televisor por las dudas. En los canales de noticias había una imagen casi en cadena: móviles en vivo transmitiendo el motín en la cárcel de Villa Devoto, en la ciudad de Buenos Aires. Noticia espesa en el marco de la peste y el encierro.

De pronto apareció en mi cabeza una vieja historia que coincidía en la geografía, aunque lejos de ser violenta, era adolescente, romántica y futbolera.

Todo giraba en la calle Desaguadero, precisamente en Devoto. Me había bajado del colectivo blanco de la línea 25 que venía desde La Boca. Caminé unos metros, tomé esa calle que pasa primero por la cárcel y, al fondo, casi como si fuera un patio del penal, aparecía tan humilde como orgullosa la modesta cancha del Club Lamadrid.

Eran mis primeros pasos dentro del periodismo. Cubría fútbol de ascenso para un diario del interior y para la recordada revista Sólo Fútbol. Me habían mandado a ver un partido por la fecha de apertura de la Primera C. Hacía las veces de local el Club Liniers, que siempre andaba alquilando diferentes escenarios mientras terminaba de construir su cancha propia en un amplio terreno de La Tablada. Recibía a Sarmiento de Junín. Era un sábado de marzo, soleado, muy caluroso, como si se tratara de un verano que no permitía la llegada de la tibieza del otoño.

Cancha con poco pasto, típica imagen de fútbol de ascenso en la que la pelota va de acá para allá a los saltitos, levantando polvareda.

Escasos simpatizantes. Pero había algunos espectadores que seguían las instancias del cotejo desde un mirador singular: presos que se asomaban a los ventanales enrejados de la cárcel que daban a la cancha. Así, seguían un entretenimiento para atenuar el encierro y olvídar aunque sean por un rato el calor insoportable de un calabozo húmedo y sombrío.

El partido tenía una sencillez futbolística acorde con la divisional, con el agregado de que era la primera fecha del campeonato. Varios jugadores recién se conocían y muchos estaban físicamente duros. No era precisamente una categoría que hacía rigurosas pretemporadas en zonas de veraneo.

Los pocos periodistas que llegamos para cubrir, lejos de haber visto el partido desde algún palco o cabina de prensa, lo hicimos sentados en un par de sillas con esqueleto de fierro negro y un tapizado gastado de plástico azul francia. No estábamos ni siquiera bajo la sombra de un árbol. No. La vista que teníamos era buena, pero complicada para esa tarde de mucho más de 30 grados. Nos ubicaron en el techo de los vestuarios, al rayo del sol.

Mi preocupación, a medida que corrían los minutos del partido no era su desarrollo ni tampoco cómo iba a titular la nota o cuánto espacio podrían darme en la revista. Sabía que era un cotejo de tercer orden y no me pedirían mucho más que la síntesis, algunas oraciones que explicaran el encuentro, una frase del vestuario ganador y algún par de apostillas.

Llegó el minuto noventa, sonó el pitazo del árbitro que marcaba el final. Ganó Liniers 2 a 1.  Bajé a los camarines para hacer alguna nota y me fui rápido.

La preocupación que comenzaba a colmarme era que, tras el partido, sin escala intermedia, debía pasar por la casa de una chica, compañera de estudio. Algo así como una cita tras el fútbol. Salí de la cancha, volví a tomar la calle Desaguadero, y caminé por uno de los costados de la cárcel.

Me inquietaba estar muy transpirado y llegar con cierto aroma a fútbol de ascenso a la casa de la chica, en el coqueto barrio de Caballito sobre la calle Cucha Cucha, a metros de la sede de Ferro Carril Oeste. Por eso, traumado, levanté mi remera y sumergí mi abundante nariz hacia mi axila derecha primero y la izquierda después, para asegurarme de las condiciones higiénicas en las que me encontraba. En ese momento, un preso que no tenía más que hacer, me divisó desde arriba y gritó: “¡Echate desodorante, mugriento!”.

Quedé helado pese al calor, no sabía si acelerar mis pasos por temor en busca del colectivo de la línea 25 o reírme. Pensé que las personas pueden mantener el buen humor aún en pleno encierro.

Claro, esa postal de tiempos idos, aunque se trate del mismo lugar, nada tiene que ver con este motín duro, violento, en tiempos de una peste que azota a todos los poros del planeta, sin distinción de credo, raza o religión.