El tsunami del covid-19 y sus consecuencias

Por Aristóbulo González.

Desde que Herodoto escribió sus nueve libros de historia hace unos veinticinco siglos hasta hoy, existe un hilo conductor de cualquier viaje por la historia humana que demuestra que pueden cambiar las circunstancias pero las pautas del comportamiento humano son muy viejas, son las de siempre.

Por ello es posible formular hoy una pregunta, que hace apenas un mes estaba más allá de cualquier fantasía. ¿Es posible pensar a un gobierno, a cualquier gobierno, sin pensar en primer término cómo ha respondido ante una crisis de escala planetaria, desconocida para la memoria viva de la humanidad?

Siempre toda reflexión acerca de un gobierno en marcha es provisoria, no tanto de lo que está ocurriendo ahora, sino de lo que haya ocurrido cuando esto termine, donde se deberá incluir las consecuencias económicas y sanitarias determinantes en los resultados para evaluar el proceso.

La crisis del Covid-19, se descuenta, tendrá gravosas consecuencias económicas y sociales. Y remodelará, además, aspectos centrales de la competencia política. La CEPAL, Comisión Económica para América Latina y el Caribe, estima una caída de 20% en el comercio y un aumento extraordinario de la pobreza y la indigencia en la región, de 185 a 220 millones de personas en el primer rubro y de 67,4 a 90 millones en el segundo. Ese cuadro asegura todo tipo de desafíos, pero claramente inestabilidad política.

Por ello, la totalidad de la gestión actual será evaluada casi exclusivamente en función del modo en que haya administrado la mayor amenaza que enfrenta la sociedad: una inédita crisis, a la vez sanitaria, económica y social.

En la Argentina, por ahora, el foco está puesto en la prevención y limitación del contagio y en reforzar el sistema sanitario para enfrentar lo que vendrá. Sin embargo, no hay una discusión sobre si las decisiones vinculadas con el confinamiento resultan sustentables económica y socialmente, ni cómo subsidiarlas.

La pandemia del coronavirus ha puesto a prueba el liderazgo de los gobernantes en todo el mundo. La manera en que se tomen las decisiones y el comportamiento de los dirigentes políticos durante esta crisis tendrá un efecto claro sobre la percepción de los votantes acerca de la capacidad de gestión de quien gobierna, y será un criterio de evaluación por parte de la ciudadanía en el futuro.

Hemos puesto la vida por encima de la economía y ha sido una decisión correcta. Ahora tenemos que pensar cómo será el mundo en el que despertaremos, porque todo hace prever que puede ser muy distinto, quizás peor, del que ya teníamos.

El presidente Alberto Fernández ha alcanzado grados de popularidad nunca imaginados. Pero no debemos confundirnos, se trata de una foto de la realidad de hoy. Esta foto es, en todo caso, una “ilusión” de la realidad, porque en política hay que ver la película completa para ver cómo termina la historia de la crisis de la pandemia.

A medida que el “día después” se aproxima, o parezca aproximarse, es de esperar que la presión por diferenciarse aumente, sobre todo en torno a temas relacionados con la distribución de los costos de la crisis. Las pujas redistributivas y la definición de medidas que determinan ganadores y perdedores reemergen y ganan terreno.

Sin la pandemia, se preveía que el PBI cayera 1,5%% en 2020. Ahora, las primeras estimaciones indican niveles de contracción del 4%, muy dependiente de la evolución de la pandemia y las medidas adoptadas en consecuencia.

El contexto de desconcierto político y el miedo social frente a la pandemia estimulan al Gobierno a no correr riesgos. El presente político del Presidente y de la dirigencia argentina los encuentra en un alto nivel de aceptación y popularidad, pero se avecina un futuro peligroso y de gran incertidumbre política.

El gran guionista del destino se empeña, sin embargo, en torcer varias veces el relato triunfante y en agregarle continuas y sombrías vueltas de tuerca. Pensar que la foto será película y enamorarse de la cuarentena son dos ilusiones que se pueden evaporar con suma rapidez.

La historia política de Rio Cuarto nos demuestra que las crisis alteran el desarrollo de la construcción política gubernamental, y pueden afectar la proyección de los candidatos, en especial si el candidato se encuentra ejerciendo su mandato en pleno derrumbe económico como se presume, y aspira a su reelección.

Desde el advenimiento de la democracia, Rio Cuarto tuvo cinco intendentes. Tres radicales: Miguel Ángel Abella en dos oportunidades, Antonio Rins en tres, Juan Jure en dos; y dos Justicialistas: Alberto Cantero en una, y Llamosas que aún no concluyo su mandato. El único que no fue reelecto fue el Cantero.

Decía el diario Clarín del día 29-11-1999: “Luego de 16 años de gobiernos radicales el PJ ganó la intendencia de Rio Cuarto. El nuevo intendente Alberto Cantero Gutiérrez, de 55 años, ex rector de la Universidad Nacional de Río Cuarto durante casi una década”. El 54,44% que obtuvo Cantero fue el porcentaje más alto en la historia política local.

Cuatro años después (14 Junio 2004), el jefe comunal más votado de la historia de Rio Cuarto, perdía la elección frente al ex intendente Rins, por cerca de 3 puntos. Su gestión tuvo que navegar en medio de la crisis de 2001, que trajo desocupación, pobreza y precariedad. Tiempo después Cantero reconocería: “Me tocó conducir la ciudad en el peor momento económico y social”. Al intendente más votado en la historia de Rio Cuarto, se lo trago la crisis.

Hoy Rio Cuarto se encuentra en pleno proceso eleccionario suspendido por la pandemia; el día 2 de julio cesan todas las autoridades, y el interventor designado fijara nueva fecha de elecciones, donde seguramente habrá nuevos candidatos y la pretensión de Llamosas a su reelección, situación que le permitiría a Cambiemos la opción de un nuevo candidato más competitivo.

Las acechanzas son tantas que nadie puede hoy seriamente pensar que el final antológico ha sido cancelado; y habrá muertos políticos que nos contarán, todavía atónitos, su malograda peripecia. Es una hora horriblemente dual y peligrosa. Y no es factible profetizar sobre el futuro: tiene la imprevisibilidad de una película de intriga pergeñada en los viejos estudios de la Warner Brothers.