El CM de Alberto, otro descamisado pardo

Por Javier Boher
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Las redes sociales son todo un fenómeno que ha cambiado las formas de relacionarse. Nada es lo mismo desde que la inmediatez virtual empezó a dejar expuestos a los participantes de innumerables intercambios digitales.

Aunque todos hemos acusado recibo de estas transformaciones (que impactaron en cómo conocemos gente, cómo nos vinculamos con familia y amigos o cómo exponemos nuestra vida privada), no todos terminan de entender los riesgos de mantener una presencia activa en el éter del ciberespacio.

La que siempre corre desde atrás a este tipo de fenómenos es la política. Dominada en general por hombres mayores de 60 (con poco conocimiento sobre las dinámicas y códigos de las redes) esa brecha entre ser responsable del diseño e implementación de políticas públicas y ser capaz de hablar el idioma digital de los millennials se agiganta cuanto menos confía el político en los técnicos de ese tipo de comunicación.

Por la imposibilidad de administrar las redes, el territorio o sus obligaciones de manera simultánea, la mayoría de las personas públicas prefieren contratar especialistas en el manejo de redes, los famosos “community manager”, o CM. Aunque éstos muchas veces son meros administradores que ejecutan las órdenes de los verdaderos estrategas de la comunicación política, otras veces obran con una libertad extendida, decidiendo por cuenta propia qué se publica, qué se retuitea o qué se favea, entendidas estas últimas como formas tácitas de expresar apoyo.

En los tiempos que corren, tener CM puede ser de ayuda para esquivar las consecuencias por errores no forzados en el manejo de las redes. Más de una vez son el fusible que permite que el político o el famoso no se queme ante la opinión pública. Básicamente, al echarle la culpa al administrador el titular se puede ganar una vida extra.

Algo de eso se ha visto en las últimas semanas, en las que el presidente Alberto Fernández ha quedado en offside por las malas decisiones (siempre según sus declaraciones) de su CM, que mostró su apoyo a tuits poco felices.

De largo historial Twittero (y de ganada fama de pendenciero y boca sucia) hoy Fernández se encuentra limitado por su nueva función de presidente. Aunque podría haber adoptado las formas de Donald Trump (que usa Twitter como atril para atacar a su opositores) optó -acertadamente- por una posición más conciliadora y antigrieta, de ahí lo incomprensible de sus últimos gestos.

La semana pasada retuiteó un posteo de Dante López Foresi, en el que el citado periodista atacaba abiertamente a Jonathan Viale, descalificándolo en base a cuestiones totalmente ajenas al ejercicio de la profesión. Ese gesto de trumpismo primitivo y bullyinero lo obligó a excusarse en el CM. Otra vida más para Alberto.

Esta semana, sin embargo, volvió a tropezar con la misma piedra, dando reconocimiento a lo planteado por una cuenta absolutamente antisemita (una tendencia que parece estar volviendo de manera preocupante, recordando las posturas de Santiago Cúneo o las recientes declaraciones del una vez casi intendente de Córdoba, Tomás Méndez).

Quizás otra vez haya sido el amplio margen de acción del que parece disfrutar el CM presidencial lo que ha dejado expuesto a Fernández, que aunque parece haber optado por la mesura en redes tiene el frente de las mismas a alguien que bien podría militar en Quebracho con Esteche, en MILES con D’Elía o en Bandera Vecinal con Biondini, todos reconocidos antisemitas del espacio político argentino. Por las dudas, nunca está de más recordar cuando Biondini rechazó condenar a Adolfo Hitler, para decir que prefería reivindicarlo. De eso también está hecha la Argentina.

Fernández no tiene demasiado margen de maniobra como para confiar excesivamente en la posibilidad de culpar al CM por los deslices tuiteros, porque -aún siendo cierto- ¿cómo se supone que la gente confíe en la capacidad de conducción de un político que ni siquiera puede mantener a raya a un tipo que sólo debe pasarse el día tipeando en un Smartphone?.

Hace unos meses -y a raíz del episodio en el que se dirigió a un auditorio de científicos militantes para decir que iba a cuidar una científica opositora- titulé una nota haciendo referencia a los “descamisados pardos” de Alberto, por su gesto abiertamente autoritario. Viendo hacia dónde viró la realidad en las acciones y gestos de su CM, quizá el eufemismo se haya quedado corto.