AF ¿en busca de la segunda transversalidad?

Calificados observadores de la política nacional ven, en las intenciones del presidente de fundar vínculos directos con los intendentes de todo el país, la silueta de una nueva “transversalidad” como el paso previo a la formulación del albertismo, ahora auspiciado desde el pináculo del poder.

Por Felipe Osman

En una extensa entrevista ofrecida por Alberto Fernández a Jorge Fontevecchia días atrás, el presidente apuntó que no tenía ningún interés en construir alrededor de sí mismo un personalismo similar al que rodea a Cristina Fernández, o al que supo cultivar Néstor Kirchner y los líderes del peronismo -y de otras fuerzas políticas- que antes alcanzaron el poder.
Por oposición a ese modelo, Fernández destacó que su apuesta es netamente “racionalista”, y que consecuentemente descree de la construcción de poder alrededor de la figura de un “líder carismático” o, al menos, no considera que esa clase de formulaciones le quepan.
Es necesario descreer de estas declaraciones. Aún a riesgo de cometer un error. Las aseveraciones del presidente bien pueden ser verdaderas, pero si sus planes fueran diferentes no sería él -claro está- quien advirtiera al respecto.
Por lo pronto, rechazar las ventajas que para sí mismo conllevaría la construcción de un espacio político referenciado en la propia persona parece tan loable como difícil de creer, y tampoco se condeciría con las instrucciones enviadas desde Buenos Aires durante los tiempos de campaña, donde la consigna en Córdoba -como en otros distritos en los que escasea tierra fértil para cultivar kirchnerismo- era sembrar albertismo.
Más allá de estas iniciativas -que al menos en Córdoba no lograron mayor receptividad entre el electorado- nadie duda de que Fernández busca mostrar un perfil distinto del de su vice presidenta, y apela principalmente a lograr el acompañamiento del progresismo y del ala alfonsinista de la Unión Cívica Radical.
Para esto el presidente instruyó a Gerardo Zamora, gobernador de origen radical de Santiago del Estero encargado de acercar intendentes radicales al Ejecutivo Nacional, y a Leandro Santoro, legislador porteño de la UCR y asesor presidencial ad honorem, para que oficie de resistencia a la figura de Martin Lousteau en Ciudad Autónoma de Buenos Aires, amalgamando a los radicales menos afectos a la permanencia de la UCR dentro de Juntos por el Cambio.
Algunos observadores calificados de la política nacional entienden que en el mismo tenor pueden también leerse las intenciones de Fernández de construir un vínculo inmediato con intendentes no alineados directamente con el Frente de Todos y, principalmente, con el ala del kirchnerismo duro, claramente predominante en oficialismo nacional.
En otras palabras, entienden que Alberto necesita construir un capital político propio, una base de sustentación propia, que le permita acomodar sus relaciones con el kirchnerismo, puertas adentro del Frente de Todos.
El paso previo necesario sería entonces una reformulación de la transversalidad imaginada durante el primer kirchnerismo, que fungiría como el medio que permitiera a Fernández apalancarse en una estructura diferente de los intendentes del conurbano y de los gobernadores peronistas más identificados con el kirchnerismo, para lanzarse luego a cooptación de estas estructuras “tradicionales” y fundar, desde el pináculo del poder, albertismo.
La reflexión luce razonable. Si además fuera certera, Fernández contaría con un contexto extraordinariamente propicio para estrechar vínculos con intendentes de todo el mapa nacional, como lo es la aguda crisis económica profundizada por efectos del aislamiento obligatorio que se impone como defensa principal -sino única- al avance del Covid-19.
En tal escenario, con una gran caída de las recaudaciones municipales como reflejo de la caída de las recaudaciones de la Nación y las provincias, muchos serían los intendentes dispuestos a cerrar filas con el Ejecutivo Nacional, a la espera de recursos que les permitan resistir la tormenta.