El dólar vuela de fiebre; ¿coronavirus o emisión?

Por Pablo Esteban Dávila

Y el dólar, finalmente, superó la barrera de los 100 pesos. Una del tipo psicológico, por cierto (cien pesos, en definitiva, es uno de los tantos valores relativos que la divisa podría alcanzar) pero que evoca la enorme depreciación de la moneda nacional en los últimos años. Todavía algunos nostálgicos recuerdan que el billete con el rostro de Julio Argentino Roca equivalía a idéntica cantidad de dólares hacia finales de 2001. Hoy apenas que logra adquirir uno.

El gobierno siempre podrá argumentar que esta cotización no se corresponde con el dólar oficial, aquél escasísimo papel sólo disponible para importadores y exportadores, y no en todos los casos. Se dirá, a modo de consuelo, que quienes están dispuestos a pagar por los diferentes valores que ofrece el mercado constituyen una porción muy pequeña de la economía, y que, por más exorbitante que se perciba a la nueva paridad, esta no debería afectar mayormente a los precios.

Tal afirmación, en rigor y de producirse, sería correcta. Lo que impacta sobre los precios no es el dólar, sino la inflación. El dólar sube, precisamente, porque hay inflación, no al revés. Y este fenómeno existe, se arraiga y se proyecta debido a la emisión monetaria, hija putativa del déficit fiscal. Cualesquiera otras explicaciones resultan baladíes y, a la postre, excusas pueriles para justificar el peso del Estado sobre la economía.

Antes de la cuarentena dispuesta por el Covid-19 ya había inflación en abundantes cantidades. Ahora habrá mucha más. La razón es muy simple: con una economía parada por el aislamiento social, preventivo y obligatorio, la única fuente de financiamiento gubernamental es la maquinita de imprimir billetes. De los impuestos mejor no acordarse; sin actividad económica, las empresas no devengan IVA ni ganancias, los pilares de la recaudación nacional. Como ahorros públicos no existen, como así tampoco el crédito externo (el país está en un default técnico), al Estado no le queda otra que emitir moneda.

Al presidente Alberto Fernández, en verdad, no le tiembla el pulso para hacerlo, con el alegre consentimiento de gobernadores e intendentes. Sólo en los últimos días amplió el 30% de la base monetaria, agregando 600 mil millones de pesos a los que ya circulaban en plaza. Muchas provincias, que amenazaban más o menos abiertamente con emitir cuasimonedas para solucionar sus problemas de caja, han desistido por ahora de hacerlo. El peso se ha transformado, virtualmente, en una de ellas.

La mayor cantidad de pesos se encuentra con la contracara de una restricción absoluta en la oferta de bienes y servicios, debido a las limitaciones impuestas por la pandemia. Esto significa que los precios relativos, especialmente en los alimentos, tenderán a la suba por más acuerdos o amenazas que enarbole el gobierno. Es simple lógica económica que, no obstante ser incontrovertible, el presidente tiende a ignorar en sus filípicas.

Para agregarle presión al dólar debe añadirse la política de tasas que lleva adelante el Banco Central. Su presidente, Miguel Pesce, obedeciendo a la epopeya reactivadora del Frente de Todos, comenzó a recortarlas desde la asunción de Fernández. Confiaba en que, con tipos de interés sensiblemente menores a los del macrismo, la producción retornaría al sendero virtuoso del crecimiento.

Nunca se sabrá, a ciencia cierta, si aquella premisa era válida. Lo que resulta incontrovertible, merced a la acción corrosiva del coronavirus y al gasto público, es que la inflación continuará siendo alta y las tasas del Central negativas. Ningún inversionista se atrevería refugiar sus activos en un plazo fijo, cuyo rendimiento es sensiblemente inferior al índice de precios al consumidor. Para ahuyentar un poco más a los que quisieran arriesgarse en el sistema financiero local, el impuesto a la renta financiera los estaría aguardando a la vuelta de la esquina.

Con emisión récord, economía en cuarentena y tasas de interés negativas, el hecho de que el dólar suba por sobre los cien pesos debería ser tomado con resignación. Incluso el antiimperialista más ideologizado debería preguntarse si no ha llegado el momento, dadas las circunstancias, de confiar sus ahorros -no importa la cuantía- al Tío Sam y su verde moneda. El dólar vuela de fiebre porque, desde Fernández hasta Pesce, alimentan una caldera con billetes de cotillón.

Mientras tanto, algunos comienzan a preguntarse si la cuarentena no es acaso peor que el Covid-19. Mientras el gobierno responda a la pandemia con la reclusión, no hay posibilidad alguna de resolver los complejos problemas por lo que atraviesa la economía nacional, con virus o sin él. Buena parte de la sociedad acepta las restricciones con estoicismo y sin preguntarse por sus costos, pero han aparecido ciertos “partisanos virales” que, sin desafiarlas en la vía pública, señalan el desacierto de detener el complejo mecanismo del mercado -que alimenta y contiene diariamente a millones de personas- por índices de letalidad similares a la gripe y otras enfermedades estacionales.

Por ahora, el presidente resiste con el apoyo de la casi totalidad de la clase política y de los expertos en salud pública, generalmente ajenos a las preocupaciones de los economistas. Repite la letanía de que, mientras que las crisis van y vienen, de la muerte no se vuelve. Esto es correcto, especialmente cuando el mundo se ha vuelto un contable preciso a la hora de llevar las estadísticas de cuanta gente deja este mundo por culpa del Covid-19, pero el concepto se vuelve más deletéreo al comprobar que la salud, como todas las actividades de la vida, requieren una economía fuerte que la financie y evite, precisamente, las muertes prematuras.

El presidente, en definitiva, se mueve al compás de lo que ocurre en el resto del planeta y, de momento, ha tenido mayor suerte que sus colegas italianos o españoles, ni que decir del bueno de Lenin Moreno, entrampado en la caótica situación que sufre Ecuador. No obstante, Europa y Estados Unidos y, con ellos, buena parte del mundo, tienen recursos a los que echar mano durante la cuarentena sin necesidad de activar el volcán inflacionario. No es, por supuesto, el caso argentino, en donde la crisis ataca a un paciente que, para utilizar el argot de moda, ya tenía patologías de base en suficiente cantidad antes de esta calamidad.

¿El dólar a 100 pesos? Bien, gracias. Recuerde esta marca porque pronto vendrán otras, igualmente vertiginosas. No hay cordón sanitario que prevenga el contagio cambiario en un país que, desde hace tiempo, a renunciado implícitamente a tener moneda propia por decisión de quienes debían resguardarla.