¿Una cuarentena de clase media?

Por Pablo Esteban Dávila

La prórroga de la cuarentena era esperable, más no por ello una buena noticia. En los días que ha durado la primera fase del aislamiento social, preventivo y obligatorio muchos argentinos, frecuentemente agobiados por compromisos laborales y extensas jornadas de trabajo, han descubierto que aquello, en realidad, no era tan malo. “Quedarse en casa para salvar al mundo” -como sostiene, irónicamente, un meme en circulación por WhatsApp- puede ser divertido al comienzo, pero su acatamiento al pie de la letra se transforma, a poco de andar, en una verdadera prisión domiciliaria.

El confinamiento puede adoptar diferentes formas, conforme se viva solo, en pareja, con hijos o con quien sea, pero no deja de ser una reclusión al fin. Esto es, una situación que nos priva de nuestro contacto con los demás, que nos inhibe de concurrir a espacios públicos o de visitar a quien se nos antoje. No han sido pocos los que han descubierto, por estos tiempos, aquella sentencia sobre que los seres humanos somos “animales sociales”. El Covid-19 ha puesto en riesgo, precisamente, esta característica tan propia de nuestra especie, amén de, obviamente, la salud global de la humanidad.

Ahora bien, la cuarentena no ha sido pareja desde que el gobierno nacional decidió implementarla el 20 de marzo pasado. No es simpático decirlo, pero así es. Comenzó con una masiva adhesión, casi como un mantra sanitario. Pero a poco de andar se descubrió que, en un país variopinto como lo es la Argentina, el quedarse en casa no resultaba tan sencillo como parecía en un comienzo.

Uno de los primeros sectores que padecieron la instrucción presidencial fue el de la pobreza. Muchos argentinos tienen casa sólo en un sentido figurado. Antes del coronavirus ya vivían en condiciones precarias, hacinados en pequeñas habitaciones o en casillas construidas con madera y chapa. La pandemia no ha hecho sino agravar estas carencias, privándolos del contacto con la calle, que es el lugar de contacto con los demás y, también, de su fuente de sustento.

No es, por lo tanto, un descubrimiento disruptivo el comprobar que, en barriadas humildes o en villas de emergencias, la cuarentena ha sido -y seguramente continuará siéndolo- una especie de ficción política. Pocos son los que se quedan en casa porque, simplemente, no hay casa, al menos en el sentido clásico de la palabra. Es por ello que Alberto Fernández, convenientemente asesorado por los intendentes del conurbano bonaerense, haya por estas horas alterado su ya clásica consigna por otra de mayor probabilidad de cumplimiento, cual es la de “quedate en tu barrio”.

Tal vez esté ocurriendo algo similar en la contracara del espectro social. Muchas familias de clase media y media alta viven en barrios cerrados, countries o clubes de campo (hay tantas denominaciones como desarrollistas existen). En estos espacios no existe patrullaje policial y la seguridad, al menos la perimetral, está a cargo de empresas privadas. El ingreso del público, con o sin pandemia, se encuentra generalmente limitado a invitaciones de los residentes, con lo cual tampoco se verifica circulación de terceros dentro de sus calles.

Esto supone que, aunque las viviendas dentro de estos ámbitos sean, por lo general, confortables y completamente adecuadas para pasar una cuarentena sin privaciones, puede existir una tentación de, al menos, recorrer algunos kilómetros (en bicicleta o a pie) por los caminos o bulevares que ofrecen sus trazados internos sin temor a ser detenidos por la policía o la necesidad de sortear algún retén de Gendarmería Nacional por vías alternativas.

¿Sucede tal cosa? No debería pero, a decir verdad, el auténtico control está en manos de las autolimitaciones aceptadas por sus residentes o en el poder que estos puedan haber conferido a los vigiladores privados que patrullan estas urbanizaciones. En cualquier caso, el asunto está lejos del escrutinio del público en general, como sí sucede con villas de emergencias o asentamientos precarios.

Por lo tanto, y en rigor, le compete a la clase media urbana el estricto cumplimiento de las recientes pautas gubernamentales más que a ningún otro sector social. Así como, en general, se recita como una oración laica que este colectivo es el que sostiene al resto del país con sus impuestos y su trabajo parece que, en estas circunstancias, es también el que debe respetar el aislamiento preventivo sin mayor derecho al pataleo ni las excusas que pudiere brindarle su hábitat.

Convéngase que la expresión “clase media” es elástica y, hasta cierto punto, elusiva. Tiene que ver tanto con ingresos como con expectativas, y sus métricas no pueden estructurarse, exclusivamente, con niveles de estudios, metros cuadrados o tipologías residenciales. Esto significa que hay familias que viven en espaciosas casas en barrios tradicionales de grandes ciudades y otras que lo hacen en departamentos pequeños y no necesariamente con balcones dotados de idílicas visuales a algún espacio verde.

Sin embargo, vivan donde vivan, las personas comprendidas en esta categoría son las que realmente pueden ser compelidas a mantenerse en sus casas por la fuerza, sean estas mansiones o monoambientes. Con el sólo hecho de fatigar las calles quedan expuestas al escrutinio de las fuerzas de seguridad o, en el caso de vivir en algún edificio de propiedad horizontal, al de sus condóminos o al de los porteros, celosos custodios del cumplimiento de las normas dentro de estos inmuebles.

La clase media debe, pues, resignarse a seguir pagando impuestos como de costumbre y a recluirse en sus domicilios, sin los atenuantes del hacinamiento o de los límites del tejido perimetral de un barrio cerrado. La segunda fase de la cuarentena, que casualmente se inaugura hoy, está pensada específicamente para ella. No importa que sólo una porción revista como empleados de empresas que, pese a todo, continuarán pagándoles sus sueldos o que otra, quizá la gran mayoría, dependa de los ingresos que genera y que, debido a ello, se encuentra hoy al límite de la subsistencia; deberán acatar las instrucciones o atenerse a las consecuencias, como generalmente ocurre en tantas actividades y sin necesidad de que el Covid-19 venga a recordárnoslo.