La batalla del entretenimiento

El panorama tan particular que estamos atravesando, demuestra que bien puede ser un terreno fértil para que algunos experimenten con una diversificación muy enriquecedora del esparcimiento hogareño, que no sólo se está limitando a las plataformas de streaming ya conocidas.

Por J.C. Maraddón

Frente a la situación de aislamiento social que afecta a un alto porcentaje de la población global, muchos sectores del comercio y la industria se han visto fuertemente afectados, debido a la imposibilidad de elaborar, distribuir y vender sus productos. De hecho, además de instrumentar las medidas sanitarias correspondientes, los gobiernos en general se preocupan por sostener las estructuras básicas de la economía, en previsión de que una parálisis del aparato productivo como la que estamos atravesando pueda acarrear consecuencias aún peores que las ya de por sí inherentes a la pandemia que desde hace semanas tiene en vilo al planeta.

Sin embargo, como en toda sociedad de consumo, aunque son numerosos los rubros que están a la baja, hay otras áreas que han debido ponerse en funcionamiento a destajo, y no son solamente aquellas vinculadas a insumos sanitarios como los barbijos, el alcohol en gel o los respiradores artificiales. Es obvio que los proveedores del esparcimiento hogareño viven un momento histórico, con una demanda extraordinaria a raíz del confinamiento que impide a los ciudadanos salir de sus casas y, de esta forma, los motiva a incrementar la dependencia de los entretenimientos que, en su mayoría, les llegan a través de internet.

Por supuesto, se trata de un segmento que viene creciendo desde comienzos de este siglo y que ha alcanzado un nivel de desarrollo envidiable, con empresas que se han posicionado con rapidez como referencia de los consumidores a escala mundial. Pero este desarrollo superlativo, cuya profundización data de los últimos diez años, se ha caracterizado por haber gestado, en simultáneo, un proceso de monopolización de la oferta, que se ha concentrado en muy pocas manos y, de esa manera, se ha transformado en mediadora exclusiva entre quienes se encargan de producir los contenidos y quienes están dispuestos a pagar por ellos.



En cuanto a los materiales de factura audiovisual, si bien Youtube lleva más de 15 años brindando su soporte, ha sido Netflix el soporte que terminó motivando a los usuarios para que acepten, en forma masiva, pagar un canon para tener acceso a sus servicios. Y es entonces esa plataforma la que aparece por estos días como la firma que mayor rédito está obteniendo de la cuarentena universal, una circunstancia que sus responsables de marketing aprovechan sin piedad, con una sobredosis de estrenos de sus títulos más populares para fidelizar a una cantidad cada vez mayor de clientes.

Lo que quizás esos grandes pulpos empiezan a advertir ahora es que, como suele ocurrir en cualquier economía de mercado, de a poco empieza a envalentonarse la competencia, que sabe imposible la disputa de igual a igual, y por eso comienza a rasguñar por los márgenes, concentrándose en aquello que Netflix pueda llegar a descuidar. Películas clásicas o de cine independiente, propuestas de corte amateur con las que la gente se identifica y otros hallazgos por el estilo, están circulando por los teléfonos sin que los gigantes del streaming puedan hacer demasiado por recuperar aquello que se les escapa.

El panorama tan particular que estamos atravesando, ha demostrado entonces que bien puede ser un terreno fértil para que algunos experimenten con una diversificación muy enriquecedora. Mientras son habituales a esta altura las quejas de aquellos que ya no encuentran nada en Netflix que pueda colmar sus expectativas, son cada vez más los que recomiendan en las redes sociales estos canales alternativos, que bien podrían llegar a consolidarse como opción antes de que la vida vuelva a su carril normal. Habrá que ver, en ese momento, si fueron flor de un día o si llegaron para quedarse y presentar batalla.