Encrucijada: riesgo al virus o hambre

Los trabajadores afrontan una difícil encrucijada: como cumplir el “quédate en casa” con la urgencia económica puertas adentro. Ante esta situación, la llegada del bono de emergencia se presenta como un soplo de aire fresco, sólo que bastante efímero.

Por Gabriel Marclé

La ciudad amanece entre calles desoladas y el pulso diario que produce la necesidad de ganarse el mango. Entre menos gente y menos calle, no es difícil observar más movimiento que en días anteriores de cuarentena obligatoria. La queja por el agobio de la rutina se topó con la realidad mientras la maquinaria sigue su rumbo. Pues, esta no se enferma ni se toma días de reposo.

La imagen que nos devuelve la ciudad se va poniendo más parecida a la pre-pandemia. Una mujer le dijo basta al sedentarismo y se calzó el outfit de caminata, hizo algunas cuadras y se volvió, pero miraba por sobre su hombro advirtiendo que su actitud no era la correcta. El cadete de la empresa de delivery online se acomoda el barbijo mientras se apura para estacionar la moto y dejar el pedido de comida pasada la medianoche, como cada día desde hace meses y sin cuarentena obligatoria para él. También está quien desde el lunes está sacando números, no de ingresos o egresos, sino de los clientes que perderá durante este mes y cómo hará para recuperarlos.

Parece ser que la consigna de “quedarse en casa” tuvo su punto más alto durante la primera semana de cuarentena. Tratar de volver al ruedo es la acción del hoy, contra virus y marea. Era de esperar, puesto que la urgencia por vivir responde también a la inmediata capacidad de generar el dinero suficiente como para hacerlo. No estamos hablando del que con un sueldo superior a los cien mil puede darse el lujo de hacer la plancha. Esta vez volvemos a poner el punto en ese trabajador que le teme más a la boleta de la luz que al Covid-19.

Por supuesto que el bolsillo pide ayuda frente a un escenario inusitado. El anuncio del bono de emergencia lanzado por el Gobierno Nacional generó diversas sensaciones, en especial en los millones de inscriptos que buscan esa ayuda frente a la adversidad económica del presente. Pero los números siguen dando en rojo, a pesar de los beneficios que pueda poner a disposición el Estado.

Cabe pensar en familias que viven en la pobreza y cómo esos diez mil pesos resultarán un soplo de aire fresco. Pero muchos de los beneficiarios integran el mercado productivo y laboral, monotributistas y empleados en negro, quienes atraviesan dificultades que difícilmente sean cubiertas por un bono único. Esto no es un grito por “mayor asistencia”, sino una forma de analizar una realidad con cuentapropistas e informales representando casi a la mitad de trabajadores argentinos.

El mes a mes

“Así, acaba de pasar el repartidor de la factura de Epec. A toda velocidad como si estuviera haciendo algo indebido. Sin ninguna medida de protección, sin patente, sin nada. Si desde el Estado la cosa va a ser así no vamos a conseguir absolutamente nada”, rezaba la publicación de Facebook realizada por un riocuartense a fines de marzo. En el texto, acompañado por una fotografía, revelaba que los engranajes no se frenaron y que “la hora de cobrar” sigue siendo la misma. “Yo estaba en casa mirando la calle por la ventana cuando me pareció ver una centella. Salí y era el repartidor de facturas de Epec”, relató a Alfil el usuario.

Más allá de las medidas que buscan morigerar el impacto de las boletas por pagar, las empresas a cargo de brindar servicios vitales para una vida digna no van a querer perder tanto dinero. El Gobierno dictó que estas empresas no podrán cortar el servicio por falta de pago, pero algunos vecinos especulan respecto a cuál será el latigazo de vuelta a la mora. “Estoy acostumbrado a pagar el gas, la luz y el agua al día, y si no llego me retraso algunas semanas. Una sola vez me atrasé por cuestiones particulares y no solo me lo cortaron, sino que también me notificaron con carta documento. No quiero volver a pasar por eso”, contó a Alfil un laburante que nunca dejó la informalidad y al que un susto lo dejó acobardado hasta en situaciones extremas como las de hoy.

Si nos ponemos a pensar, las facturas empezaron a llegar días antes de terminar marzo. Incluso algunos vecinos las recibieron previo a ser anunciada la extensión de cuarentena. Alguno cayó, seguro. Y a pesar del bono de emergencia del cual se beneficiará un par de millones de argentinos, es seguro que el pago de servicios ocupará el top 3 de desembolsos.

¿Y qué me cuentan de los alquileres? Si bien no habrá desalojos y se han flexibilizado las formas de pago, el problema viene de antes. El pago de alquileres se presenta como una de las mayores dificultades para gran parte de la clase trabajadora. Desde hace años ocurre esto, incluso a comienzo de este año cuando muchos aumentaron -hasta las expensas- casi sin aviso de acuerdo a la inflación y otras variables. Fallaron los intentos por aplicar una ley de alquileres y son más los que sufrieron las subas sin contar con recursos para suplirlas.

Es difícil imaginar qué pasa por la cabeza de quienes hoy no cuentan con los recursos para mantener un lugar de domicilio, pero de seguro no es “me puedo quedar tranquilo porque no me van a echar de mi casa”, más si le resulta imposible relajarse cuando su economía no está funcionando.

“Hay que salir a comprar comida cada dos o tres días, no alcanza con un changuito lleno para toda una semana”, relató a Alfil Rio Cuarto un pequeño productor cervecero, único sostén de su esposa e hijos, hoy sin posibilidades de trabajar por el cierre de bares. “Estamos haciendo barbijos para vender, sino no comemos”, se lamentó. Él también solicitó el bono de emergencia, pero no confía en poder recibirlo. “Son muchos los que se inscribieron y no creo que todos lo recibamos”, dijo.

Volver a empezar

No hay “Naranjo en Flor”. Esta vez, sí importa el después, porque cuando salga el sol y comiencen a descongelarse las medidas, las dificultades golpearán más fuerte que antes. Los diez mil pesos ya no estarán, se habrán esfumado. Sirvieron, algo ayudaron, pero el problema sigue estando allí y mostrando su peor cara.

“Lo usaré para pagar deudas”, comentó el laburante que especulaba con recibir el bono de emergencia. Los diez mil también irán a intentar borrar el rojo de las cuentas, para tener una base desde la cual volver a empezar. Pero, se sabe, no será nada fácil.

Este pequeño productor cervecero mencionado párrafos atrás ya no duerme, pensando cómo salir del pozo que cavó este escenario. “No sabemos si volverá a ser lo mismo después que pase todo. Muchos de los negocios a los que le vendía están cerrando sus puertas, no pudieron aguantar y quebraron. Tenemos menos clientes que hasta hace dos semanas y va a ser muy duro recuperarlos”, sostuvo.

La realidad de quienes viven del día a día, de quienes manejan su pequeño negocio familiar y de quienes continúan esperando por un trabajo en blanco, continuará signada por la especulación -y no la financiera. “¿Podré pagar la cuota del auto? Si pago todos los impuestos y servicios, ¿podré llenar la heladera? ¿Seguiré estirando el pago de la tarjeta?”. Aunque el “hay gente que está peor” obliga a pensar en los que menos tienen y más sufren, el día a día es propio y la prioridad siempre se pone allí. La vieja clase media baja cedió los “lujos” a la fuerza y hoy se conforma con llegar a fin de mes, sin ahorros ni “gustitos”. Solo llegar.