Pintar con canciones

Fallecido el sábado pasado a los 76 años, el cantautor hispano Luis Eduardo Aute representó como pocos ese fenómeno que llevó a muchos artistas universales a apropiarse de aquello que venía de las metrópolis anglosajonas del rock, para darle una interpretación acorde a su lugar y a su tiempo.

Las diversas oleadas de tendencias que atravesaron la cultura rock en Estados Unidos e Inglaterra, fueron arrastrando sus influencias musicales (y sociales) hacia el resto del planeta, hasta abarcar todos los continentes. Pero en aquellos tiempos, cuando no existía una red de computadoras que ayudase a que la información se desplazara en forma instantánea, ese desparramo rockero podía sufrir demoras, que hacían que mientras un lugar se encontraba en determinada etapa de la evolución sonora, en otro sitio estaban en un escalón previo o en uno posterior. Esta dispersión fue una de las características del panorama global de esos años. También tuvo que ver en ese proceso la situación interna de cada país, como por ejemplo la libertad de expresión, que en gobiernos dictatoriales sufría cercenamientos que impedían la libre circulación de la producción de los artistas extranjeros. En otros casos, existía un movimiento cultural autóctono muy fuerte, que resistía con fiereza los embates provenientes del exterior, en vez de adaptarse a ellos. Estos escollos provocaron un retraso en el desembarco de ese fervor juvenil que en un principio se propuso liberar los cuerpos, pero que luego se tradujo en una liberación mental que promovió cambios notorios en la sociedad. En la Argentina, sin ir más lejos, la alternancia de gobiernos militares y civiles durante los años cincuenta y sesenta y el fuerte arraigo del tango y del folklore, arrinconaron al rocanrol hacia el campo del mero entretenimiento descremado, que tenía como protagonistas a ídolos sin grandes cuestionamientos hacia el orden establecido. Recién entre 1966 y 1967, con la aparición de bandas como Los Beatniks y Los Gatos, se evidenció el surgimiento de una contracultura nacida al amparo de lo que llegaba desde los países centrales, aunque bajo una impronta teñida por el color local, que fue su marca en el orillo. España, que entonces ya llevaba décadas bajo el mando del dictador Francisco Franco, tampoco estaba en condiciones de prestarse alegremente a una invasión rocanrolera que jamás hubiese contado con la aprobación del generalísimo. Al igual que sucedió en el Río de la Plata, hubo allí un conato de movida que se limitaba a replicar los aspectos más frívolos del rock anglosajón, con bandas que cantaban en inglés y que solían nutrir su repertorio con los hits que ya habían probado su eficacia en sus versiones originales. Por esos años, en la península ibérica parecía que los únicos autorizados para entonar piezas en español eran los cantantes melódicos. Una de esas formaciones de covers, llamada Los Sonor, se hizo lugar en la escena madrileña entre 1960 y 1965, interpretando no sólo los éxitos rockeros, sino también arreglando a su estilo canciones tradicionales del repertorio hispano e italiano. Entre sus miembros llegó a alistarse un muchachito que tenía talento para las artes plásticas y el cine, pero que se las arreglaba muy bien con la guitarra y el canto. Nacido en Filipinas y afincado en España cuando niño, Luis Eduardo Aute no dudó en dedicarse de lleno a su gran pasión, la pintura, poco después de la separación de Los Sonor. Sin embargo, su destino estaba escrito: le bastó meterse en la discografía de Bob Dylan y Joan Baez, para zambullirse de cabeza en esa veta de los trovadores de la canción comprometida y transformarse en uno de los referentes principales de la música española del tramo final del franquismo y del periodo de recuperación democrática. Fallecido el sábado pasado a los 76 años, Aute representó como pocos ese fenómeno que llevó a muchos artistas universales a apropiarse de aquello que venía de las metrópolis rockeras, para darle una interpretación personal y acorde a las circunstancias que le tocaba atravesar en su propio terruño.