Cuarentena: de la crisis sanitaria a otra de seguridad

Por Pablo Esteban Dávila

Pocos se hacen ilusiones sobre que la cuarentena en curso mantenga, hasta el final, su carácter exclusivamente sanitario. Es probable que, en días venideros, presente desafíos más próximos a la seguridad que a la prevención del Covid-19, el villano de esta película.

El aislamiento social, preventivo y obligatorio (el eufemismo adoptado para la reclusión vigente) demanda la condigna parálisis económica, un “coronacoma”, conforme la exacta definición del Nobel de Economía Paul Krugman. Es una herramienta poderosa para detener la pandemia, es cierto, pero los daños que se irrogan a la producción son también mayúsculos. Muchos empresarios, cuentapropistas y monotributistas están padeciendo fuertemente con esta colosal profilaxis.

Desde el punto de vista financiero, hay espaldas y espaldas. La clase alta y media tienen un carcaj de recursos que, al menos durante algún tiempo, garantizan cierta paz mental con la que enfrentar las restricciones. Otro es el cantar para los sectores menos favorecidos. Los comprendidos en estos colectivos no tienen ni medios ni hábitats adecuados para sobrellevarlas. Para ellos, la calle suele ser más benévola que sus propios hogares, pródigos en hacinamiento antes que en distracciones.



La pobreza es un condicionante objetivo, que transforma a sus vasallos en obsesivos del día a día. Dado que la cuarentena detiene el cronómetro de la cotidianeidad, desaparecen para ellos las de por sí escasas herramientas de supervivencia. Y, con su extinción, surgen los fantasmas del hambre y de las necesidades básicas no satisfechas.

¿Permanecerían en sus casas -conforme la manda oficial- aquellos a quienes la reclusión se les antoja, de suyo, un océano de privaciones materiales y espirituales cuando ya no haya más de lo que privarse? Seguramente no. Será el momento, entonces, en que la autoridad se verá forzada a afirmarse como tal.

Una cuarentena a medias no sirve. Los pobres se contagian igual que los ricos; los virus son democráticos y el Covid-19 no es la excepción aunque haya viajado en costos aviones intercontinentales. Si hay sectores que, por necesidad o por placer, están dispuestos a violarla, pues deberán ser contenidos, sea con dinero o con la fuerza pública. De lo contrario el enorme esfuerzo que está haciendo la Argentina toda no servirá de nada.

Aparece aquí el espinoso problema de la seguridad. Habrá personas dispuestas a todo para sobrevivir, acorraladas por el hambre y el hacinamiento y, cuando ello ocurra, los policías pasarán a ser tan importante como los médicos.

¿Cuan lejos se está de una situación que, por hipotética, no debería ser menospreciada como inverosímil? Es difícil saberlo y puede variar a lo largo de la geografía nacional. Tal vez sea muy compleja en el conurbano bonaerense y en el gran Rosario, ambos plagados de villas de emergencia, con lo que ello significa y dada la actual coyuntura. Posiblemente repercuta con menor intensidad en otros aglomerados, con dosis de sufrimientos variables y, sin embargo, serias demandas sobre sus sistemas de contención social.

Esta es la razón por la cual el presidente Alberto Fernández se encuentra en conferencia permanente con Axel Kicillof y Horacio Rodríguez Larreta, como si la Casa Rosada fuera, en términos prácticos, el Estado Mayor que enfrenta la crisis del coronavirus exclusivamente en el gran Buenos Aires, con independencia de lo que sucede en el resto del país. Es un hecho que un estallido social en aquellas latitudes podría equivaler a un auténtico cataclismo político.

Son preocupaciones de las que ningún mandatario, por supuesto, está exento. Martín Llaryora, por caso, ha decidido curarse en salud y conformar un Consejo Social integrado por la Municipalidad de Córdoba, el Ministerio de Desarrollo Social de la provincia y organizaciones sociales, civiles, religiosas y gremiales de la ciudad. El propósito formal del armado es llevar “adelante un exhaustivo análisis de la realidad social, marcada por la situación sanitaria actual, lo que permitirá implementar acciones concretas y puntuales”, pero el objetivo es buscar legitimidad ante diferentes acciones que podrían llegar a implementarse bajo la atenta mirada del Centro Cívico.

En esto, la Administración de Schiaretti guarda las formas. La ciudad de Córdoba es, por lejos, el núcleo del problema sanitario y corresponde a su intendente llevar adelante las medidas que se consideren oportunas. De paso, el gobernador se preserva para otras batallas no menos trascendentes, entre ellas, el mantenimiento de la salud financiera del distrito. Sucede que, sin fondos ,los hospitales no podrán operar eficientemente, ni la policía actuar cuando se la requiera.

Afortunadamente para Schiaretti y Llaryora, el Gran Córdoba no es, en absoluto, homologable a otras realidades urbanas. Es cierto que la capital tiene pigmentada su geografía con barrios vulnerables y villas de pobreza extrema, pero, fuera de su avenida de circunvalación, existen ciudades de amplia clase media y condiciones de vida más que aceptables. Vale recordar que, en situaciones extremas como las de 2001, aquí sólo hubo un muerto contra decenas en Buenos Aires, y que las organizaciones sociales que extorsionan al poder central (con la fuerza, entre otras sutilezas) no tienen aquí un arraigo particularmente destacable.

Es muy posible que la “elaboración en conjunto de un mapa social único de la ciudad de Córdoba”, que se propone el Consejo Social instituido por Llaryora, certifique esta presunción sobre el territorio. Es decir, intentará identificar las áreas en las que podría ser aconsejable la utilización de premios y castigos para mantener la cuarentena dentro del ámbito de la razonabilidad, concentrando allí todo el poder del Estado. ¿Se lograrán estos objetivos? ¿Resistirán las restricciones de la hora al ciclo novedad – resignación – hartazgo que se está viviendo, y no sólo los pobres? Los próximos serán días cruciales y pronto las decisiones que se están tomando revelarán hasta que punto han sido pertinentes o simplemente han cambiado una crisis por otra.