El virus y lo mejor y lo peor de las redes sociales

El virus y lo mejor y lo peor de las redes sociales

Por Gabriel Marclé

Las redes tienen lo suyo: son variopintas, reúnen de lo mejor y también de lo peor, y en tiempos como los que corren esas diferencias se notan más. Estamos expuestos todo el día a los mensajes que llegan desde otro lado del mundo sobre cómo se vive esta crisis y hasta podemos hacer videollamadas con los familiares que no podemos visitar por la cuarentena. Podemos dar exposición a un pedido de ayuda, pero también tener tiempo para compartir “challenges” o desafíos virales que buscan más entretener que concientizar.

Pero la poderosa herramienta que tenemos a todo momento, el teléfono celular o la computadora, nos expone a ser partícipes de situaciones que no cuadran dentro de lo útil, sino que se convierten en dañinas. Denuncias en línea que en forma de escrache marcan a quienes no cumplen con la cuarentena, pero al mismo tiempo logran reproducir la más visceral bronca por parte de los usuarios de redes al mismo tiempo que falsos reportes desinforman, provocando cambios de ánimo o comportamientos que se salen de lo recomendado.

El “like” o el “compartir” y “retuitear” se convirtieron en poderosos instrumentos de exposición y reproducción. Lo viral del Covid-19 no responde solo a la enfermedad, sino también a la forma de describir los hechos más reproducidos en redes sociales. El exagerado caudal de información circulando por la web nos obliga a estar más que atentos a situaciones como las que se describen a continuación. 

Escraches y su alcance

Las redes sociales y el escrache son como el pan y la manteca, maridan perfecto y casi sin esfuerzo. La posibilidad de exponer algo sin consecuencia aparente abre un abanico de posibilidades inmenso y permite que se utilice esta herramienta como bastón justiciero de situaciones juzgadas como incorrectas.

El Covid-19 tuvo su parte en esta historia, más después de conocerse nombres e historias tras cada infectado nuevo. En Río Cuarto ocurrió de esta manera, tras conocerse el primer caso de Coronavirus, un ciudadano de Villa Mercedes que contrajo el virus tras un viaje y terminó internado en la Neoclínica local. Como era de suponer, alguien filtró datos clave que no fueron difundidos de manera oficial. Nombre, lugar de origen, el paso a paso de su viaje al sur -lugar donde habría contraído el virus- y la reacción no se hizo esperar. Críticas por su accionar negligente y contrario podían existir, pero el odio escala con rapidez y en cuestión de un par de horas la fotografía del infectado estaba en toda computadora y celular.

Algo similar ocurrió con otro vecino riocuartense que estuvo de vacaciones en Brasil y quien fue víctima de los escraches -especialmente por medio de Whatsapp y Facebook-, con versiones falsas sobre sus movimientos en la ciudad.

Así es como se pasa de publicar el video del periodista porteño que violó la cuarentena por salir a correr, a proferir amenazas violentas y duras contra personas que, de por sí, ya son víctimas del contagio.

En todo caso, de conocer situaciones irregulares y de incumplimiento de cuarentena, la línea abierta del 134 es la mejor propuesta para denunciarlas. Pero la inmediatez y el instinto del que nos proveyeron las nuevas tecnologías provocan una respuesta que resulta casi automática y sencilla como clikear el botón de “like”.

En el caso de Whatsapp, los videos caseros se reprodujeron por miles, en su mayoría con grabaciones de vecinos que circulan en espacios públicos. Uno de los más populares fue el de un vecino del oeste riocuartense quien filmaba e insultaba a una vecina que hacía running en plena cuarentena.

Es obvio que la respuesta inmediata a ello es la indignación y el enojo por la falta de compromiso con las medidas sanitarias. Pero si hurgamos más hondo nos damos cuenta que tampoco es comprometido continuar reproduciendo el video sin hacer algo significativo como avisar a las autoridades. Puede generar conciencia, eso seguro, pero no sirve de nada si después no se actúa en consecuencia.

Las noticias falsas complican

Los grupos de Whatsapp suelen ser el canal perfecto de difusión de artículos que revelan situaciones particulares, como puede serlo “Descubren la cura para el Covid-19” o declaraciones falsas de importantes referentes políticos. Cuando en dicho grupo aparece alguien que con información correcta desacredita la noticia suelen generarse pequeñas peleas, pero es necesario entender que lo que puede parecer un insulto a nuestra inteligencia es en realidad un intento por abrir los ojos.

Aquí entran las noticias falsas o “fake news” como dicen los más modernos, informaciones que lograr atrapar por lo llamativo de su título y lo contundente de su información. En tiempos donde lo que domina es la sensibilidad y la preocupación respecto al virus, todo informe que esté relacionado a ello atraerá la atención del lector.

El problema aquí es cuando una información falsa tiene tristes consecuencias, como en el caso del supermercado chino en Banda Norte que fue víctima de un audio falso en el cual se acusaba a uno de sus propietarios de estar infectado por el virus tras haber viajado a China. ¿Qué generó esto? Lo pensado: agresiones, miedo y amenazas de cierre, todo generado por lo que parece ser parte de un accionar discriminatorio y xenófobo.

En la ciudad y región hasta circularon nombres y apellidos falsos, o datos sobre visitas al exterior de gente que no salió del país. Y esas noticias son difundidas muchísimo y por todas las redes disponibles, esperando que llegue a un punto en el cual sean declaradas falsas. Pero el daño ya está hecho. 

Replicando lo útil

Lo “útil” es aquí definido como algo que apela a la acción inmediata para generar un efecto positivo, que ayude a cumplir con algo que está faltando. De los escraches o noticias falsas y su viralización, pasamos a las acciones que buscan un cambio positivo.

En los últimos días, los pedidos de ayuda y campañas solidarias han inundado los muros de redes sociales con expresiones que brindan algún tipo de alivio entre tantas malas noticias. En Río Cuarto las redes sirvieron como canal de transmisión de múltiples campañas, desde ayudas para personas con menos recursos hasta donación de barbijos caseros para los trabajadores de la salud.

Una de las publicaciones que más llamaron la atención fue realizada por un matrimonio de la ciudad, quienes se pusieron a disposición de aquellas familias que no tuvieran un plato de comida. Con donaciones y productos propios, armaron canastas de alimentos que repartieron a las familias en necesidad. Los mismos creadores de la publicación se encargaron de difundir su número telefónico en redes sociales y grupos de Whatsapp para llegar a la mayor cantidad de gente posible.

Este no fue el único, ya que otras acciones solidarias se pusieron en marcha para brindar ayuda a quienes necesiten medicaciones de uso urgente o colaboraciones para personas que por la situación de cuarentena no pueden continuar trabajando.

El abrazo digital

Si de algo sirve el encierro es para reflexionar mucho sobre lo que dimos por sentado en tiempos de aparente normalidad. Ese abrazo que no damos, ese beso que guardamos y las oportunidades perdidas con nuestros seres queridos. Una vez que todo este mal pase de seguro se habrá producido un efecto -aunque sea pequeño- en nuestra forma de ver las cosas.

Más allá de esto, esa herramienta que nos llevó a las fake news, los escraches y la inyección de miedo constante también nos permite acercarnos más a los que están en la misma situación de encierro. El abrazo digital es algo que existe, y se da cada vez que arranca una videollamada para saludar a tu amigo que está pasando el cumpleaños encerrado en su casa o de esa pareja que no pudo festejar su casamiento por la cuarentena. Pero también, de tu viejo y vieja que están preocupados y con tan solo un “hola pa, hola ma” vuelven a sentir que todo va a estar bien.