Los repartidores de tortas no se percataron de lo que se está horneando

La incipiente crisis política que se está engendrando en el medio de una crisis económica parece no haber sido detectada por el oficialismo, que entiende que el sector privado debe hacer el esfuerzo que no quiere hacer el sector público.

Por Javier Boher
[email protected]

La incipiente crisis política que se está engendrando en el medio de una crisis económica parece no haber sido detectada por el oficialismo, que entiende que el sector privado debe hacer el esfuerzo que no quiere hacer el sector público.

Para algunos es muy difícil entender que la riqueza solo se genera trabajando. Esto no es un canto marxista por la emancipación proletaria ni una bajada de línea clasista desde los dueños hacia los planeros. Es, lisa y llanamente, una verdad absoluta: sin intervención humana no existe la riqueza.

Por supuesto que se puede debatir mucho sobre cómo puede repartirse, hasta qué límite es tolerable la acumulación o si el Estado puede ser un agente económico que compita con -o reemplace a- las empresas privadas. De lo que no pueden quedar dudas es que si no hay quien siembre y coseche el trigo, quien lo muela para hacer harina o quien la transporte a un comercio para su venta, es imposible que haya una torta para repartir.

Algunos de los que parecen no haberse dado por aludidos de esa realidad son, casualmente, los que viven de repartir tortas, pero no de crearlas. Aunque el soviet de la facultad de filosofía pueda salir a decir que la burguesía tampoco genera riqueza, la realidad del sistema en el que vivimos los desmentiría rápidamente. Bajo las condiciones actuales, son los empresarios los que invierten, pagan sueldos y -fundamentalmente para alimentar a una casta presupuestófaga- también pagan impuestos. No importa si a la actividad productiva la desempeña el obrero: en la situación actual son los empleadores los que deben pagar los sueldos.

Claro que sólo el Estado pueda darse el lujo de tener empleados improductivos, ineficientes, ineficaces o simplemente incapaces (en todas las acepciones del término). Aquél vive de lo que producen miles de trabajadores a lo largo y ancho del país, que generan riqueza para su empleador, pero también para que subsista el sector público. Sin impuestos no hay administración pública ni imposición del orden, como bien entendieron los monarcas europeos que emprendieron la centralización del poder a través de la caja para dar nacimiento al Estado moderno.

Casi toda la actividad económica está parada, y aunque haya razones de salud pública para que así sea (por más que la información que mandan los que supieron romper el INDEC despierte suspicacias), que casi seis de cada diez empresas estén con sus puertas cerradas sólo puede conducir al colapso de la economía nacional.

Esto, que para los economistas y empresarios es tan evidente, para los directores de control de porcionamiento de tortas marmoladas, dependiente de la subsecretaría de cálculo y racionamiento de productos horneados con gluten, no parece serlo. Mientras el sector público rechaza un recorte de salarios, al sector privado le dicen que no puede despedir, que debe tomar un crédito para pagar sueldos (una deuda que no se podrá saldar si no se reactiva la economía) y que debe ser solidario con los directores y subsecretarios que hoy están casi de vacaciones, tuiteando sobre cómo debería repartirse la torta.

Por supuesto que es irracional pedir que el presidente -que es quien pilotea la crisis- se baje el sueldo (aunque habiendo vivido sus últimos años de prestado en Puerto Madero y sin ingresos demostrados quizás estaría en condiciones de hacerlo). Tampoco deberían verse afectados aquellos que han intensificado su labor, como trabajadores de la salud y fuerzas de seguridad. Sin embargo, no son pocos los burócratas que no están haciendo nada.

Anteayer empezó la bulla de que los intendentes y gobernadores estaban pidiendo el regreso de las cuasimonedas. Nunca jamás pensaron en la posibilidad de reducir el gasto público, ni en reducir salarios para hacer frente a la merma en la recaudación o para aliviar a los sectores medios. Cuidarnos entre todos también es cuidar los ingresos de todos, no sólo de los que ya viven de la ayuda estatal.

El regreso de las cuasimonedas sería la evidencia del fracasoas previsible de todos, por el cual llevamos años discutiendo sobre cómo repartir una torta que a esta altura ya parece un muffin. Las cuasimonedas que aplauden kirchneristas sin memoria -o escrúpulos- terminarán licuando los ingresos de los que las reciban, que las más de las veces estarán dispuestos a tolerar sobreprecios con tal de que se las acepten en los comercios. Conociendo la historia, quizás la receta de emisión encubierta termine empobreciendo a los empleados -públicos y privados- y beneficiando a los grandes empresarios (como aquel dinosaurio cordobés que supo cómo no extinguirse).

No bajar los sueldos ni el gasto improductivo (y pretender financiarlo con cuasimonedas) es un tiro en el pie, que significará más presión sobre una economía que ya está condenada a hundirse. Sólo cuando entiendan que la riqueza se crea a través del trabajo, en lugar de imprimirse en papelitos, se darán cuenta de la realidad tras los reclamos de los ciudadanos que decidieron expresar su descontento caceroleando desde la cuarentena, un momento muy propicio para que en los hornos en los que hoy no hay tortas se empiece a cocinar una nueva crisis política.