A merced de los robots

La cuarentena que nos recluye en nuestros hogares y nos conmina a pensar sólo en lo mínimo para la subsistencia, combinada con los análisis apocalípticos sobre el coronavirus, nos incita a revisar aquella mirada que la película “Wall-E”, de 2008, posa sobre el destino de nuestra raza.

Por J.C. Maraddón

La pandemia nos ha obligado a quedarnos en casa y para muchos, sobre todo quienes viven en departamentos, el aislamiento social implica también la imposibilidad de caminar o realizar demasiados movimientos. En general, la consecuencia de esta medida es que (quienes pueden) se ven tentados de comer más o con mayor frecuencia, y si a eso se le suma la merma en los desplazamientos, es fácil imaginar en que el sobrepeso será un mal común en ese ansiado día en que podamos volver a la vida normal. Mientras tanto, se come, se duerme y se acumula la grasa abdominal.

Por más que las recomendaciones indican que se debe consumir un alto porcentaje de verduras, frutas y alimentos ricos en fibra, la realidad es que las pastas, el arroz y las carnes son elementos de la dieta básica de un buen porcentaje de los ciudadanos que están acatando las órdenes de permanecer en el hogar. Apoltronados en sillas y sillones, munidos de un control remoto o absortos ante la pantalla de una PC, de un teléfono, de una tablet o de una notebook, hay quienes llevan una quincena de rutinas muy poco saludables, aunque todo sea para cuidar la salud.

La imagen de personas obesas, sentadas sin casi poder levantarse y con una compulsión hacia las comidas y bebidas, nos remite directamente a la película “Wall-E”, una producción animada de Disney-Pixar estrenada en el año 2008 que provocó cierta polémica en su momento por su particular mirada sobre el futuro del planeta. Agotada la Tierra por la sobreeplotación de sus recursos y por la contaminación, sus habitantes surcan el espacio en una nave donde, como en un crucero, son atendidos y servidos para que no tengan que levantarse: sus miembros han perdido movilidad por el exceso de sedentarismo.



En esta distopía, hay un detalle para nada menor: quienes se encargan de satisfacer las necesidades de estos humanos atrofiados no son sirvientes de carne y hueso, sino robots, cuyo aspecto varía según la función que cumplan. Y todas estas máquinas responden al comando de la corporación Buy-n-Large, que es precisamente la culpable de que el globo terráqueo haya colapsado. Mediante mensajes tranquilizadores y distractivos, la firma mantiene distraídas a las personas de la patética situación que atraviesan y las reduce a un estado de ingenuidad colectiva que les impida cuestionarse nada de lo que les está pasando.

Aunque bajo el aspecto de un filme infantil, “Wall-E” representa una inhabitual crítica a la sociedad occidental, elaborada desde adentro del propio sistema. Este origen hace que el malogrado crítico cultural Mark Fisher, en su libro “El realismo capitalista”, sospeche que la película no es sino otro mecanismo para tranquilizar nuestra conciencia… mientras seguimos consumiendo. Sin embargo, cualquiera haya sido la intención de ese producto, impacta hasta en la mente de un adulto la imagen de esos seres que han sacrificado todo otro deseo que no sea el de mantenerse en una pasividad enfermiza, con las garantías de que sus necesidades básicas serán satisfechas.

El escenario de una cuarentena generalizada que nos recluye en nuestros hogares y nos conmina a pensar sólo en lo mínimo para la subsistencia, combinada con los análisis apocalípticos que definen al coronavirus como la reacción de la naturaleza frente a la manera en que la agredimos, nos incita a revisar aquella mirada que “Wall-E” posa sobre el destino de nuestra raza. Sobre todo porque cada vez más estamos entregándonos a los designios de una avanzada robótica que, escondida tras los algoritmos y un arsenal de aplicaciones, nos empieza a generar una dependencia peligrosa.