La cuarentena y las curvas en discordia

El presidente se enfrentaba, anoche, a dos curvas de distinta intensidad pero igual sentido. No era una disyuntiva particularmente difícil: o aplanaba la curva de contagios por el Coronavirus y enterraba aun más a la economía, o reactivaba la economía y disparaba la curva de infecciones.

Por Pablo Esteban Dávila

El presidente se enfrentaba, anoche, a dos curvas de distinta intensidad pero igual sentido. No era una disyuntiva particularmente difícil: o aplanaba la curva de contagios por el Coronavirus y enterraba aun más a la economía, o reactivaba la economía y disparaba la curva de infecciones. La primera opción significaba continuar con la cuarentena general; la segunda, optar por una limitada únicamente a los grupos de riesgo. Al cierre de esta edición optaba por continuar la primera tras consultar con especialistas y, nuevamente, con los gobernadores.

La gran pregunta es si el Covid-19 merece el precio que se está pagando por detenerlo. Ayer, el ministro Ginés González García afirmó que “por estadística, la gripe es mucho peor que el coronavirus”, y que, “desde el punto de vista del impacto, la mayoría de la gente (que se contagia) no tiene síntomas”. En el interesante artículo “La histeria interminable” del periodista español Javier Aymat, reproducido el viernes pasado por Infobae, se sostienen cosas parecidas. Por ejemplo, el preguntarse: ¿cómo España pudo “sobrevivir el año pasado a 525.300 enfermos de gripe frente a 25.000 de coronavirus y 6.300 muertes (de gripe) frente a 1.350 muertes (de coronavirus) sin paralizar el país? ¿Y cómo (lo) sobrellevaron en 2018, que hubo 800.000 casos de gripe y 15.000 muertes?”. En la Argentina, el simple cociente entre infectados y muertos revela que la letalidad del virus es muy baja, no obstante que cada vida es irreemplazable.

El plantearse estos temas, debe reconocerse, es ser casi un subversivo, y no es propósito del presente batir el parche, al menos de momento, sobre la odiosa comparación entre la influenza común y la actual pandemia. Pero ya hay algunos que se preguntan si el asunto no está llegando demasiado lejos o si el remedio no es acaso peor que la enfermedad.



Alberto Fernández no escapa de estas vacilaciones, especialmente cuando, en materia económica, la Argentina ya estaba en terapia intensiva mucho antes de la irrupción del virus de Wuhan. Sin embargo, le aconsejaron la prolongación de la cuarentena y, con ella, el afianzamiento de la estanflación que azota al país. Los expertos presidenciales tuvieron una razón poderosa para sostener la recomendación: sin vacunas disponibles y con un número limitados de camas y respiradores, un pico de infectados podría colapsar el sistema de salud, sea el público como el privado. La Argentina, a despecho de su paupérrimo desempeño económico tiene, no obstante, una longevidad media de país desarrollado. Muchos de sus habitantes son candidatos a la terapia intensiva si el virus se ensaña con ellos, aunque tengan poca plata en el bolsillo.

Nunca debe olvidarse que la democracia es el gobierno de la opinión pública. Esto significa que hay decisiones que deben tomarse aún con muchas dudas de parte de los decisores públicos. Con medios de comunicación (ni hablar de las redes sociales) llevando un prolijo y catastrófico conteo de infectados y muertes, es difícil que un gobernante no opte por las vías más seguras para detener el flagelo por sobre las más razonables pero menos espectaculares. Fernández dixit: “de la economía se vuelve, de las muertes no se vuelve más”. El espejo de Jair Bolsonaro -quién pretende regresar al Brasil a la normalidad de inmediato en contra de lo que piensan muchos de sus connacionales- devuelve una imagen incómoda para cualquier mandatario de la región.

El presidente, además, está comprobando que el Coronavirus le sienta bien. Con su vicepresidenta y mentora en auténtica cuarentena (aún más estricta que la que pudiera haberle prescripto el más despiadado sanitarista), parece estar manejando la crisis con solvencia. Además, cuenta con apoyos antes impensados. La oposición ha mostrado una llamativa unidad en respaldar sus decisiones, en tanto que los gobernadores también las han acompañado, prácticamente sin fisuras y renovando anoche su apoyo. El mendocino Rodolfo Suárez, por ejemplo, acaba de dar marcha atrás en su proyecto de flexibilizar el aislamiento en su provincia por presión tanto de sus colegas como de sus propios conciudadanos. Basta recordar que el distrito que él conduce fue uno de los principales bastiones macristas para convenir que a Fernández la pandemia lo afecta favorablemente. Será un caso de estudio para la Organización Mundial de la Salud (OMS).

La principal dificultad del presidente reside, paradójicamente, en el control de la propia tropa, específicamente en la radicada en el conurbano bonaerense. En aquella región tan particular de la geografía nacional se afianzan la marginalidad y pobreza más resilientes, sin que la plétora de planes sociales y ayudas diversas hayan contribuido a su mínima remisión en décadas recientes.

Los argentinos que malviven en muchas de las extensas barriadas del gran Buenos Aires tienen problemas muy concretos con las restricciones en curso. El primero, que sus casas son peores que la calle para sobrellevarla por las razones que cualquiera puede imaginar; el segundo, que incluso para cobrar sus planes sociales -también la reciente ayuda de $10 mil motivada por el Coronavirus- deben aglomerarse en colas interminables o en locales de la ANSES, en donde se descuenta que la transmisión viral encuentra su máxima expresión; finalmente, que no tienen ningún tipo de ahorro ni familiar que los auxilie mientras dure el período de aislamiento social preventivo y obligatorio, con las consecuencias del caso.

Esta es una bomba de tiempo, imposible de desactivarla con el mero recurso de las fuerzas de seguridad. En algunos sectores del conurbano policías y gendarmes se limitan a acordonar determinados vecindarios para que, al menos, los que circulan por las calles no excedan los límites de sus distritos. Ciertos intendentes, pretendiendo certificar que sus municipios son “libres de Covid-19” y, enarbolando tal imaginario, disponer la relajación de las limitaciones dentro de sus ejidos urbanos, se arrogan el derecho de bloquear rutas nacionales y vías de acceso, agravando el problema de por sí complejo del abastecimiento de mercaderías o de la ayuda social. Son excesos que deberían ser corregidos de inmediato, pero por ahora no hay quien le ponga el cascabel al gato, por prudencia o desconcierto.

Por ahora la cuarentena aguanta, aunque con estos condimentos. En ciudades como Córdoba, de abundante clase media y con un conurbano no pauperizado, es prácticamente total, pero en Buenos Aires y el gran Rosario todo pende de un hilo. Las razones sanitarias para mantenerla son poderosas, pero las económicas no son menos apremiantes. El presidente, allende su reciente popularidad y la eficacia demostrada hasta el presente, sabe que camina en el filo de la navaja. Si empresarios y trabajadores han mostrado comprensión en la primera etapa, no debería asumirse que continuarán con la misma paciencia ante la anunciada prórroga de las restricciones. Las curvas en discordia, la epidemiológica y la económica, están listas a cruzarse con una virulencia de la que, seguramente, el Covid-19 ni se imagina.